El Estadio Nacional tenía el aspecto de un barrio portátil que estaba esperando con ansias el espectáculo. Afuera, el concierto parecía un día más del verano limeño con vendedores de cerveza, posters y pavas puertorriqueñas; polos con la cara del Conejo Malo flameando como banderas no oficiales y un desfile de asistentes interminable. Hombres en gamas claras, camisas abiertas, shorts y lentes oscuros; mujeres con tops, faldas ligeras, pañoletas y florecitas en la cabeza. El dress code era una mezcla de sensualidad caribeña y otros estaban más orientados a la faceta urbana del artista.
La república tropical
No faltaron los excéntricos con vinchas de silla plástica, símbolo del universo DTMF, ni los más hinchas con pavas tradicionales de Puerto Rico. Esos sombreros, tan vistosos como incómodos, provocaron reclamos directos de quienes no podían ver el escenario o temían que una fibra rebelde les cobrara un ojo.
La segunda fecha llegaba con una anécdota fresca: la noche anterior Bad Bunny había confundido Chile con Perú y las redes lo habían convertido en chiste. Pero el rencor digital se evapora rápido cuando hay música de por medio. Pasadas las ocho, el grupo Chuwi —colaborador en “Weltita”— asumió el rol de telonero. Treinta minutos de percusión caribeña, calor humano y banderas de ambos países ondeando como hélices. El público los escuchó y bailó, mientras esperaban el número principal.
El salsero que llegó del reguetón
Minutos antes de las nueve apareció él. Una intro breve, un corazón dibujado con las manos y las camaritas entregadas al ingreso encendiéndose al mismo tiempo de blanco. Bad Bunny saludó con un “feliz año nuevo” tardío y abrió con “La Mudanza” entre juegos de luces. Luego vino “Callaíta” en versión salsa.
Lo que irradia en esta gira es distinto a sus visitas anteriores. Dejó de ser únicamente el ídolo urbano para vestirse de crooner caribeño con traje caqui, elegante, casi un salsero común para quien no conociera su historia. La orquesta era de primera y se permitió un gesto local: “Alma, corazón y vida”, interpretada por uno de sus músicos, como un puente improvisado entre el caribe y el Perú.
La primera parte estuvo dedicada principalmente a los éxitos de su último álbum DtMF: “Pitorro de coco”, “Weltita”, “Baile inolvidable”, “Nueva Yol”. De pronto, el Sapo Concho apareció en pantallas —animal endémico de Puerto Rico convertido en cara del disco— para enumerar las tantas cosas que le gustó de este país como la Inca Kola, pisco sour, Machu Picchu, Lima, el calor. Remató con un “Perú es clave” que el estadio devolvió con el mismo entusiasmo que ha posicionado a nuestro país de la forma más curiosa.
La casita y el otro Conejo
Entonces se prendió la casita. Con buzo rojo y look más urbano, el cantante abrió el baúl de su lado más conocido. Este artefacto escénico, sin embargo, parecía incómodo. Así que terminó cantando desde el techo para ganar movilidad. Ahí cayeron, una tras otra:
“Veldá”, “Tití me preguntó”, “Neverita”, “Si veo a tu mamá”, “Voy a llevarte a PR”, “Me porto bonito”, “No me conoce (Remix)”, “Bichiyal”, “Yo perreo sola”, “Efecto”, “Safaera”, “Diles”, “Mónaco”, “Café con ron”.
El pico llegó con la canción sorpresa. El invitado irrepetible fue Ñengo Flow, y el estadio gritó como si se abriera una compuerta. “Safaera” alborotó al estadio.
Hubo escenas paralelas que merecen come ntarse. Cerca de la casita alguien le regaló un girasol y él lo recibió como reliquia. El elegido para gritar “ACHO PR” fue un muchacho nervioso que bebió agua antes de dar el alarido y, al saludar al artista, lo abrazó con una ternura desbordada que terminó en besos al cuello. Gracioso, un poco incómodo, absolutamente real. También apareció el guiño a los inicios con el cántico “Moda te mueve, moda te mueve”, recuerdo de cuando Radio Moda lo presentaba como promesa y no como monarca.
Entre el público se colaron figuras conocidas —Melissa Paredes, Natalie Vértiz, Yaco Eskenazi, Luana Barrón, Vanessa López, Miranda Salaverry, Gabriela Álava—, pero la verdadera protagonista fue la multitud anónima, tomándose fotos con las camaritas que convertían el estadio en un cielo doméstico.
De vuelta al escenario principal, el tramo final tuvo calibre de estadio:
“Ojitos lindos”, “La canción”, “Kloufrens”, “Dákiti”, “El apagón”, “Bokete”, “DTMF”, “Eoo”.
Un álbum familiar de 40 mil personas
Antes del cierre, Bad Bunny habló desde el corazón. “Una vez más, muchas gracias Perú. Gracias por todo el amor que me han dado durante muchos años. Gracias por regalarme tantas memorias que me llevo por siempre. Disfruten las cosas sencillas de la vida. Valoren las cosas y no desperdicien el tiempo en cosas negativas”.
Era el discurso coherente con su nueva mística: desenfado, aceptar lo que toca y, como dice en “Baile inolvidable”, amar mientras uno esté vivo. Acto seguido pidió sacar los teléfonos y borrar las fotos de quienes ya no están. En las pantallas, con estética DTMF, aparecieron retratos de asistentes sonriendo. Un estadio convertido en álbum familiar.
Las luces finales —rojas, azules y blancas, características de la Bandera de Puerto Rico— sellaron la ceremonia. Parejas se tomaban fotos con las camaritas; otros miraban en silencio con nostalgia, como si la canción les hubiera pasado un trapo por encima. Acabado el espectáculo dejó sus guantes, lentes y sombrero en el piso.
La fiesta tuvo, sin embargo, una grieta. En redes se conoció la denuncia de una joven que acusó discriminación por su contextura y jalones de cabello dentro del recinto. Un recordatorio áspero de que la euforia no termina de mitigar actitudes nocivas propias de nuestra sociedad.
Mientras el público salía con la voz rota, era inevitable pensar en el trayecto. Qué curioso: el mismo Bad Bunny que alguna vez se presentó de forma discreta en pequeñas discotecas de Puente Piedra y San Juan de Lurigancho, o en el estadio de Sport Boys, volvía ahora al país que lo ayudó a afianzarse para llenar dos Nacionales y despedirse rumbo a Colombia y, pronto, al Super Bowl. Siempre espectáculos de primer nivel.
Bad Bunny se fue con traje de salsero, pero no dejó de hacer perrear al público. Multifacético, contradictorio, imposible de encerrar en una sola jaula. Perú lo despidió como se despide a los viejos conocidos: sabiendo que cambiará de piel otra vez, y que, cuando regrese, ya será alguien distinto, pero no por eso menos interesante. Para cuando eso llegue, ya debemos estar dispuestos a seguir tirando fotos.