Hablar de ciudad sin hablar de transporte público es, en realidad, no hablar de ella. La calidad de vida urbana no se mide por la cantidad de autos, sino por la eficiencia y cobertura del transporte público. Lima —y el Perú— arrastran aquí una deuda estructural.
Para ejercer ciudadanía, los servicios deben funcionar. Los servicios públicos —que no son gratuitos— son lo que, en la práctica, define nuestra condición de ciudadanos.
No fragmentemos la sociedad en identidades que nos separan. Reafirmemos lo que nos iguala: la ciudadanía. Y esa igualdad no es retórica: se materializa —o se quiebra— en el acceso a servicios como el transporte público, donde fallar no es una opción.
En urbes medianamente desarrolladas, el transporte público es el eje de la movilidad. Cubre tanto el día a día como los desplazamientos de mayor escala. No se necesita auto.
Lima debería estar, al menos, en la quinta línea del Metropolitano, y replicándose el servicio en otras localidades del país. Sin embargo, seguimos con una sola. La mezquindad política, sumada a la falta de visión y continuidad, explica esto. El transporte masivo no puede depender de ciclos políticos; debe asumirse como política pública.
La decisión de retirar la priorización de la Línea 3 del Metro confirma que el transporte público no está en el centro de la agenda nacional. Saludamos que la ATU se haya comprado el pleito de pelear por corregir esto.
El caos del transporte responde a un crecimiento desordenado: usurpación de terrenos por mafias, autoconstrucción informal sin asistencia técnica y expansión sin servicios. La planificación, habilitación y desarrollo de vivienda formal siguen siendo la excepción, pero sin estos componentes el transporte no llegará, o lo hará mal y tarde como los demás servicios.
La evidencia es clara: densificar en corredores de transporte público —bajo desarrollo orientado al transporte (TOD)— reduce tiempos de viaje, costos urbanos, y mejora el acceso a oportunidades. No se trata solo de construir transporte, sino de estructurar el desarrollo alrededor de él.
Lima ha crecido de forma plana hacia los llamados “conos”, alejando a la población de los servicios y encareciendo la provisión de infraestructura como agua, desagüe y transporte. Se requiere consolidar el tejido urbano, crecer hacia arriba y acercar a las personas a las oportunidades.
El impacto es directo: cada minuto en una combi o en transporte informal es tiempo expuesto a inseguridad. Y ese tiempo no desaparece; se lo quitamos a nuestras familias, a nuestros estudios y a nuestra capacidad de generar ingresos.
Con un nuevo gobierno en camino, la prioridad no puede seguir siendo la obra visible de corto plazo. La verdadera agenda es el transporte público de calidad, acompañado de vivienda formal y planificación territorial, pilares inseparables del desarrollo.
No se trata de autos, sino de personas. No se trata de pistas, sino de organización urbana. No basta con tener un DNI; la ciudadanía se mide en la experiencia cotidiana de servicios públicos que funcionan bien.
Escribe: Alfredo Lozada