El debate de 1990 entre Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori inauguró en el Perú una tradición tardía pero intensa. Más que un intercambio de ideas, fue un choque de estilos: el intelectual liberal frente al ingeniero desconocido que supo capitalizar el miedo. La escena del “sable de samurái”, con Vargas Llosa denunciando la agresividad de su rival, y la jugada de Fujimori exhibiendo una portada alarmista sobre el shock marcaron un precedente: el debate como teatro político. Allí quedó claro que la televisión no solo transmitía, sino que construía percepciones.
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