El antecedente es imposible de esquivar. Susy Díaz, con más intuición que consultor, entendió en los noventa que el voto también entra por los ojos. Se pintó el número 13 con lápiz labial en una nalga, salió a la calle y convirtió el gesto en campaña. No fue un exabrupto: fue una tesis. Con 10 280 votos, alcanzó una curul por el Movimiento Independiente Agrario (MIA) y dejó instalada una lección que la política peruana no ha olvidado: en un país saturado de promesas, lo inolvidable cotiza más que lo programático. Y la imagen, cuando impacta, gobierna.
Suscríbase al contenido
Esto es material premium. Suscríbete para leer el artículo completo.