En una democracia estable, un ciudadano necesita cuatro décadas para ver pasar ocho presidentes. En el Perú reciente bastaron diez años. Un niño que hoy no termina la primaria ya conoció más mandatarios que sus padres o abuelos en toda una vida cívica. No acabó la secundaria ni cambió de oficio, pero aprendió —demasiado pronto— que el poder es frágil y la promesa política resulta descartable. Ningún otro país del mundo vivió algo igual. Esto ocurrió solo en el Perú, en pleno corazón de Latinoamérica.
Suscríbase al contenido
Esto es material premium. Suscríbete para leer el artículo completo.