Día soleado, fresco y sin ruido. Andrés Vílchez está tranquilo mientras mira su teléfono. No hay prisa, no de momento, pues una llamada podría alterar abruptamente el horario de sus próximas 24 horas. Habla sentado, con pausas largas. Algo curioso para alguien cuya carrera ha sido todo menos pausada.
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