La biodiversidad dejó de ser un asunto ambiental para convertirse en una variable central de la economía. Esa fue la principal conclusión del panel “Los Retos y Oportunidades de la Acción Climática y la Biodiversidad: ALC Región de Soluciones”, realizado en el marco del Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por la CAF. El mensaje fue claro: la convergencia regional en torno a la naturaleza como activo estratégico será determinante para el futuro económico de la región.
El debate reunió a Juan Carlos Navarro, ministro de Ambiente de Panamá; Inés Manzano, ministra de Energía y Minas de Ecuador; Gustavo Manrique, exministro del Ambiente, Agua y Transición Ecológica de Ecuador; y Rachel Biderman, vicepresidenta senior para las Américas de Conservación Internacional. Más allá de sus distintas trayectorias institucionales, todos coincidieron en que América Latina y el Caribe cuentan con una ventaja comparativa única: concentran cerca del 40% de la biodiversidad del planeta.
Navarro sostuvo que la riqueza natural debe ser tratada como infraestructura económica estratégica. “Tenemos que dejar de ver nuestros recursos naturales como algo opcional. La biodiversidad es nuestra gran ventaja competitiva en el mundo de hoy”, afirmó. En el caso panameño, recordó que sectores como la energía, el agro, el ecoturismo e incluso la operación del Canal dependen directamente de ecosistemas sanos. La última gran sequía, subrayó, tuvo un costo cercano a los mil millones de dólares.
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Desde Ecuador, Manzano presentó una visión integrada de política pública que articula ambiente, agua, energía y sectores extractivos bajo un mismo enfoque. “Sin agua no hay conservación, no hay minería, no hay energía”, señaló, al tiempo que defendió una mayor inversión regional en investigación científica, innovación verde y desarrollo de patentes vinculadas al uso sostenible de la biodiversidad.
Manrique fue más directo: “La biodiversidad es la principal moneda de América Latina”. Para el exministro, el desafío está en generar valor económico manteniendo los ecosistemas vivos, mediante modelos productivos que combinen conservación, empleo e ingresos sostenibles. La clave, dijo, es cambiar la narrativa de desarrollo de la región.
Biderman, por su parte, destacó que la bioeconomía ya no es una promesa, sino una realidad en expansión. Proyectos de carbono azul en manglares, bioeconomía amazónica y canjes de deuda por naturaleza muestran que América Latina puede liderar mercados globales basados en soluciones naturales, siempre que existan marcos regulatorios claros y confianza del sector privado.
En este contexto regional, el caso del Perú resulta especialmente relevante. El país es uno de los más biodiversos del mundo: alberga más de 80 ecosistemas, lidera la diversidad de aves y mariposas, y posee una Amazonía clave para la estabilidad climática global. Sin embargo, su potencial económico asociado a la biodiversidad —en bioeconomía, servicios ecosistémicos, innovación farmacéutica o turismo sostenible— sigue estando subexplotado frente a su enorme capital natural.
El panel cerró con un llamado a acelerar la cooperación regional, fortalecer la inversión en innovación verde y construir marcos regulatorios que permitan escalar soluciones basadas en la naturaleza. El consenso fue contundente: el futuro económico de América Latina y el Caribe dependerá de su capacidad para transformar su biodiversidad en desarrollo sostenible, inclusión productiva y liderazgo climático global.
Perú, país diverso
El Perú es uno de los países más megadiversos del planeta y concentra una riqueza biológica que va mucho más allá del valor ambiental. Alberga más de 70 mil especies de flora y fauna, ocupa el tercer lugar mundial en diversidad de aves, el primero en peces de agua dulce y el quinto en mamíferos, con una alta proporción de especies endémicas. Esta biodiversidad se extiende por 84 de las 117 zonas de vida existentes en el mundo, desde la Amazonía y los Andes hasta los ecosistemas marinos y desérticos de la costa.
Más allá de las cifras, la biodiversidad sostiene dimensiones clave del desarrollo nacional: salud pública, seguridad hídrica y alimentaria, empleo verde, turismo sostenible y resiliencia frente al cambio climático. Es también una fuente de identidad y cohesión social, especialmente para comunidades locales y pueblos indígenas. Sin embargo, este capital natural enfrenta presiones crecientes por la deforestación, la contaminación, el tráfico ilegal de especies y el calentamiento global, lo que refuerza la urgencia de integrarlo como eje central de las decisiones económicas y de desarrollo del país.