Hay escenarios donde el deporte deja de ser una competencia para convertirse en resistencia pura. El Lago Titicaca es uno de ellos. A más de 3,800 metros sobre el nivel del mar, con aguas que apenas superan los 12 grados, el cuerpo enfrenta un doble desafío: el frío y la falta de oxígeno. En ese entorno, el nadador peruano Gustavo Lores completó una travesía de 24 kilómetros en cerca de nueve horas.
La hazaña no se mide solo en distancia. Durante el recorrido, Lores avanzó sin neopreno, expuesto a condiciones que ralentizan los músculos, alteran la respiración y exigen una concentración sostenida. Cada brazada, en esas circunstancias, es un cálculo entre energía y supervivencia. No hay margen para el error cuando el cuerpo empieza a perder temperatura y la altitud reduce la capacidad pulmonar.
El trayecto, seguido por embarcaciones de apoyo, fue también un ejercicio de precisión logística. Equipos de seguridad monitorearon su avance en todo momento, conscientes de que en este tipo de pruebas el entorno es tan determinante como la preparación física. El Titicaca, vasto y engañosamente calmo, puede cambiar de condición en cuestión de minutos.
Lores no es ajeno a los desafíos extremos. Su trayectoria en aguas abiertas lo ubica entre los nadadores que han completado circuitos de alta exigencia internacional. Sin embargo, el Titicaca introduce una variable distinta: la altura. Aquí no basta con resistencia; se requiere adaptación.
La marca está en proceso de validación por Guinness World Records. De confirmarse, no solo consolidaría un hito personal, sino que sumaría un nuevo capítulo a la presencia peruana en la natación de larga distancia.
En ese espejo helado, donde el horizonte parece inmóvil, el tiempo se mide de otra manera. Nueve horas pueden parecer un número. En el agua, a esa altura, son una prueba sostenida de voluntad.