José Carlos Yrigoyen: “Guillermo Chirinos Cúneo y su obra nos guían por senderos inéditos en nuestra tradición con una voz única y singular” | Entrevista

por gruiz
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En 2006, asomó la obra de Guillermo Chirinos Cúneo con el rescate del poemario Idiota del Apocalipsis (1967), incluido en el volumen Los otros, editado por Gonzalo Portals, Rubén Quiroz y Carlos Carnero. Librito oscuro, psicodélico, cinemático, sexual e iluminador en su desarraigo. Desde entonces, la referencialidad de GCHC ha ido creciendo. La circulación de Poemas reunidos (Lumen, 2023) es también otro acontecimiento. José Carlos Yrigoyen, encargado de la edición y el trabajo de investigación, dialoga con CARETAS.

—¿Por qué es importante leer la poesía de GCHC?

Es importante leerla porque supone una expresión distinta que reconfigura la mirada que teníamos acerca de la generación del sesenta. Ya con Juan Ojeda o Walter Curonisy habíamos comprobado que dentro de ella existían otros rumbos distintos a los canónicos, los amparados en el británico modo, como los de Hinostroza o Cisneros. Chirinos Cúneo y su obra nos guían por senderos inéditos en nuestra tradición, al fusionar la narratividad, el simbolismo, el lenguaje arcaizante y la cultura popular en una voz única y singular. Y es importante leerlo porque, al margen de consideraciones generacionales, es un estupendo poeta, que ha trascendido su condición de caso, de extrañeza, de curiosidad. Haber publicado este libro nos presenta a un autor mayor, original, a un diestro constructor de imágenes insólitas y memorables.

—Su vida y poesía atraen a los lectores.

Creo que en el caso de Chirinos Cúneo —como ocurre con Leopoldo María Panero o Gómez Jattin—, vida y poesía se entrelazan de una manera indesligable. Su leyenda, la del poeta alejado de los cenáculos literarios, recluido en clínicas psiquiátricas debido a su enfermedad mental, siempre viviendo en la marginalidad, se refleja en esa poesía ajena a la razón. Hay varios poemas en Madrigal, por ejemplo, que narran la visión de un hombre solitario, derrotado, fumador impenitente, que vaga por las calles suburbanas, luchando contra la indiferencia general y en busca del consuelo de una iluminación. Ese fue Chirinos Cúneo. Pero también fue un lector voraz que asimiló diversas influencias para generar una posibilidad distinta de aprehender una realidad elusiva mediante fusiones y quiebres fulgurantes, estridentes, inconcebibles muchas veces. Ese fue su mérito mayor: tomar el legado de otros y ofrendarnos algo distinto. Eso es lo que separa a los grandes poetas de los epígonos entusiastas.

—Se le asocia mucho con el malditismo y la locura.

Confieso que no me gusta utilizar demasiado el calificativo de maldito porque suele darle carta de ciudadanía poética a la bravata y el exhibicionismo. Pero en el caso de Chirinos Cúneo no me parece desafortunado colgarle tal membrete, pues efectivamente define a una personalidad que desde muy joven se afilió a la bohemia más desaforada, a actitudes radicales que cumplían con el requisito primordial de epatar con la burguesía. En cuanto a la locura: fue una condición que lo mantuvo en una posición exaltada y doliente a la vez, que le otorga esa rara tensión a los poemas que conservamos de él. Lo que sí sería incorrecto es considerar a Chirinos Cúneo solo en esos aspectos. Su personalidad era mucho más rica y compleja que esas facetas puntuales, aunque comprendo que son las más visibles y las que han servido para tejer la leyenda en que su imagen reposa.

Escritor y crítico José Carlos Yrigoyen. (FOTO: VÍCTOR CH. VARGAS).

—¿La influencia del cine ha mantenido fresca su poesía?

Sin duda. Es cierto que otros poetas peruanos antes de él ya habían jugado con referencias cinematográficas, pero en el caso de Chirinos Cúneo es el primero que no se sirve del mainstream, sino de ingredientes visuales más propios de la serie B, como las películas de extraterrestres o hasta de cachascanistas. Incluso en Madrigal hay un excelente poema, “Práctica ovibunda”, que parece inspirarse en el género mondo, lo que demuestra que Chirinos Cúneo estaba muy atento a ese filón. Su poesía se mantiene fresca y mantiene el interés de los jóvenes por ese factor, aunque hay también otros que colaboran a su vigencia.

—Su madre Aída Cúneo Navach y su hermana Aída cuidaron su obra.

Como sabes bien, muchas veces los familiares de los escritores muertos se tornan obstáculos insalvables para la difusión de su obra. Pero en el caso de Chirinos Cúneo es todo lo contrario. Primero, su madre costeó la bella plaqueta de Idiota del Apocalipsis. Luego, su hermana es una persona generosísima que me abrió las puertas de su casa y accedió a que publicáramos los inéditos que guardaba celosamente, sin pedir nunca nada a cambio. Es más: ella me dijo que el sueño de su hermano era publicar esos poemas. Esa confidencia me emocionó profundamente y me dio más impulso para el largo trabajo de edición que significó publicar este libro. Creo que el solo hecho de cumplir ese deseo justifica todo el esfuerzo realizado. A veces pienso cómo habría recibido Guillermo este volumen. Creo que le habría satisfecho: después de todo, contiene veinticinco años de terca labor con las palabras, en que llegó hasta extremos inéditos en nuestro imaginario. 

—Por el título, se deduce que no es una edición definitiva de su poesía.

Vale la pena recordar que este libro no reúne todos los poemas que he hallado de Chirinos Cúneo, sino la parte más orgánica. El próximo año, si todo sale bien, aparecerá un segundo tomo con decenas de poemas sueltos. Eso demandará una edición bastante más quirúrgica que la del primer volumen, pero con su publicación se cerrará —al menos por ahora— un ciclo en la vastísima obra de Guillermo.

—¿A qué otro poeta habría que hacer un seguimiento?

Nuestra tradición está repleta de escritores por descubrir y de libros inéditos por exhumar. Solo en la generación del setenta hay varios, como Benito Gutti y Catalán, Jorge Kun o Isaac Rupay. Mi expectativa es poder rescatar esas y otras voces en los próximos años. Lo de Chirinos Cúneo es solo el comienzo de esa labor.

(Gabriel Ruiz Ortega).

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