Es raro escuchar música de cámara de Ludwig van Beethoven en una iglesia. No por irreverencia del compositor —aficionado a las declaraciones grandilocuentes sobre Dios y la naturaleza— sino porque la acústica de los templos suele hacer lo que más detestaba: borrar los detalles. La resonancia diluye el contrapunto; los pianissimos apenas sobreviven. Y, sin embargo, el miércoles por la noche, en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, el Cuarteto Allegro consiguió que esa misma reverberación jugara a su favor.
El concierto inauguró el ciclo Cuerdas de Verano 2026, primera entrega de una serie presentada en condiciones inusuales. La sala habitual —el auditorio del Colegio Santa Úrsula— permanece cerrada por reparaciones y la parroquia ha sido adoptada como sede transitoria. No es el espacio ideal para la transparencia milimétrica que exige el género, pero tampoco es hostil: es, más bien, interesante. La reverberación alarga las notas y concede peso a los graves; a cambio, sacrifica nitidez.
El Cuarteto Allegro —con Alejandro Machado (violín primero), Reina Dios (segundo violín), Leo Barraza (violonchelo) y la invitada Delia Suniaga en la viola, en reemplazo de Abraham Rodríguez— exhibió un sonido empastado y cohesionado. Machado lideró con claridad y vitalidad rítmica; el conjunto respondió con atención y equilibrio.
La primera parte estuvo dedicada al Cuarteto N.º 1 en mi bemol mayor, Op. 12, de Felix Mendelssohn, compuesto en 1829, cuando el autor tenía dieciocho años. La misma travesía que inspiró la obertura Las Hébridas produjo este cuarteto más íntimo y menos celebrado. Mendelssohn dialoga abiertamente con el Beethoven temprano —en idéntica tonalidad— en un gesto leído como homenaje y también como medición de fuerzas frente a la sombra del maestro. En la iglesia, los trinos del segundo movimiento adquirieron una cualidad casi líquida: la reverberación restó precisión, pero añadió encanto a los remolinos ornamentales.
Tras el intermedio llegó el Cuarteto N.º 4 en do menor, Op. 18 N.º 4, compuesto hacia 1800 y dedicado al príncipe Lobkowitz. Comparte atmósfera con la Sonata “Patética” y deja entrever a un Beethoven joven, impetuoso, aún al borde de la tempestad. Es el único del Op. 18 sin bocetos conservados, lo que ha alimentado la hipótesis de una escritura casi de un solo trazo. El Allegro lo abordó con solvencia, pese a leves desajustes de afinación. Destacó el violonchelo de Barraza, cuya presencia en el templo adquirió una resonancia casi espectral, cercana a la del órgano, pero más etérea.
El contrapunto sufrió en los pasajes densos, como era previsible. Pero el carácter —urgente, oscuro— se acomodó al entorno. Beethoven en una iglesia no es tan incongruente como parece: sus últimas obras, después de todo, abrazan un vocabulario de lo sagrado.