Hay obras que nacen de la urgencia de decir algo antes de que sea demasiado tarde. El Cuarteto n.º 13 Rosamunde de Schubert y el Cuarteto n.º 3 de Tchaikovsky son dos de ellas — aunque la urgencia, en cada caso, tiene una forma distinta: en el primero es la conciencia de la propia muerte; en el segundo, el peso de la muerte de un amigo.
El Cuarteto Allegro se prepara para cerrar el ciclo Cuerdas de Verano 2026 el miércoles 29 de abril en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima con estas dos obras separadas por cincuenta y dos años. Schubert escribió la suya en 1824, a los veintisiete años, sabiendo que la sífilis no le daría mucho más tiempo. Tchaikovsky, en 1876, meses después de la muerte inesperada de Ferdinand Laub, el violinista que había estrenado sus dos cuartetos anteriores. El primero mira hacia adentro; el segundo construye un ritual.
Schubert había pasado el año anterior una temporada en el Hospital General de Viena; para enero de 1824 los síntomas reaparecían con renovada crueldad. En una carta a su amigo Leopold Kupelwieser, escrita el mismo mes en que terminaba el cuarteto, describió su estado con estas palabras: “Imagínate a un hombre cuyas más brillantes esperanzas se han desvanecido, para quien el amor y la amistad no son más que tormentos”. Y sin embargo ese año produjo algunas de sus obras más extraordinarias: el Octeto, la Sonata para arpeggione, el Cuarteto en re menor La muerte y la doncella —y este, el Rosamunde, la única obra de cámara que vería publicada en vida.
El apodo no lo eligió Schubert: se lo asignó la posteridad en reconocimiento a su segundo movimiento, cuyo tema proviene de la música incidental que había escrito un año antes para una obra teatral de Helmina von Chézy, retirada del Teatro an der Wien tras dos representaciones. La melodía sobrevivió a la obra que la inspiró —reaparecería también en uno de sus Impromptus para piano— como si Schubert no pudiera desprenderse de esa canción de una dulzura tan melancólica.
Pero lo que hace fascinante al Rosamunde es la oscuridad que acecha bajo la superficie. El primer movimiento abre con una figuración en el segundo violín que recuerda el acompañamiento de Gretchen am Spinnrade, la canción que el autor vienés había escrito a los diecisiete años sobre Margarita hilando obsesivamente mientras piensa en Fausto: la imagen musical de algo que gira y no puede detenerse. El Minueto, en tanto, cita su lied Los dioses de Grecia, una elegía por la belleza perdida. Schubert dialoga consigo mismo, examina su propio pasado — como si, sabiéndose cerca del fin, necesitara hacer inventario de todo lo vivido.
Tchaikovsky, en cambio, construye un memorial. Su Tercer Cuarteto está dedicado a Ferdinand Laub, violinista checo, colega en el Conservatorio de Moscú y uno de sus amigos más cercanos, fallecido en marzo de 1875 a los cuarenta y tres años. Tchaikovsky comenzó la obra en París en enero de 1876 —en el mismo período en que terminaba el Primer Concierto para piano y trabajaba en El lago de los cisnes— y la terminó en Moscú en febrero. Es su cuarteto más extenso y más ambicioso, y también, inexplicablemente, el menos conocido de los tres.
El tono elegíaco se establece desde el comienzo del primer movimiento, en los dos temas fúnebres de la introducción. El Allegro moderato que sigue guarda una sorpresa: uno de sus temas reaparecerá dos años después en Eugenio Oneguin, como si Tchaikovsky estuviera excavando, sin saberlo todavía, la misma veta emocional que daría forma a su ópera más personal. Pero el corazón de la obra es el tercer movimiento, marcado Andante funebre e doloroso. Unos acordes iniciales de carácter imponente dan paso a una marcha fúnebre; su repetición conduce a un pasaje que evoca el canto litúrgico de la iglesia ortodoxa rusa, sombrío y ceremonial. El finale es vigoroso y resuelto —sus temas principales se nutren de la música folklórica del sur de Rusia— pero no ofrece una resolución clara: el material del movimiento lento regresa un instante, y su sombra no se disipa del todo.
El ensamble que interpretará todo esto el 29 de abril llega a esta tercera velada con una ventaja que no tenía en la primera: sabe exactamente qué esperar de la Parroquia de Fátima. En la primera noche tanteaban todavía la acústica —esa reverberación que alarga las notas—; en la segunda ya la usaban a su favor. Hubo además una novedad significativa: Reina Dios asumió el rol de primer violín en el Serioso de Beethoven, intercambiando papeles con Alejandro Machado, y lo hizo con una autoridad que no dejó dudas sobre la talla de estos músicos. Un ensamble en el que los roles pueden rotarse sin que la cohesión se resienta es un ensamble que sabe escucharse.
Es exactamente lo que estas dos obras exigen. Que Schubert y Tchaikovsky —cada uno cargando su propio duelo— hayan elegido esta forma para decir lo que tenían que decir no parece casual. El dolor despoja: de las poses, de las jerarquías, de la distancia. El cuarteto de cuerdas también: cuatro voces iguales, completamente expuestas, cada una indispensable, ninguna suficiente por sí sola.
Día: miércoles 29 de abril de 2026
Hora: 8:00 p.m.
Lugar: Parroquia Nuestra Señora de Fátima (Av. Armendáriz 350, Miraflores)
Entradas: desde S/20 en Ticketmaste