Catarsis sobre el teatro peruano por Rubén Quiroz Ávila

por Edgar Mandujano
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El teatro peruano requiere siempre ser repensado. Si no se reflexiona sobre los eventos escénicos es altamente probable que suceda la complacencia. Cualquier sensación de comodidad en el arte es peligrosa. Forja una sensación de molicie y puede llevar al fracaso intelectual y discursivo de toda producción escénica. Una comunidad excesivamente condescendiente detendrá su evolución artística. Es por ello que la labor del crítico de teatro es fundamental, en tanto, piensa el evento escénico como un asunto cultural compuesto de significados sociales y, por esa razón, hay que leerlo como una oportunidad de discernimiento de los sucesos contemporáneos a través de las puestas de escena.

A la vez, se requiere una saludable distancia para mantener la revisión crítica. Hay que evitar, en lo posible, un acercamiento comprometedor en la que las emociones sean el factor principal para el análisis. Por supuesto, es inevitable que ello suceda, sin embargo, el tamiz racional y la caja de herramientas teóricas deben ser suficientemente sólidas, además de pertinentes, para agregar valor al teatro, desde una crítica respetuosa y a la vez incisiva, con aproximaciones a cierta objetividad. Aceptamos que una pretendida objetivad es inexistente. Es por eso que una crítica tiene que revelar los mecanismos semánticos con las cuales funciona ese evento teatral. Hay que desentrañar el suceso y comprenderlo.

A ello, hay que incorporar que muchas veces las puestas de teatro comentadas suelen ser, centralistamente, limeñas y, dentro de ellas, las de mayor poder de negociación mediática o amical. Es un mundo de relaciones que establecen combinaciones de mutuo interés y beneficios compartidos, hay que minimizar la atracción por aquellas presentaciones en las que la combinación de una porosa fama y un aparato marquetero eficaz pueden hacer confundir o seducir al crítico. Más bien, a las puestas que tienen abundantes recursos para hacer de lo suyo un ejercicio valioso de propuesta escénica es a las que hay que exigir aún más. Sin embargo, eso no significa la indulgencia compasiva de aquellas que son más bien esfuerzos de voluntarismo social y entusiasmo desbordante, pero limitadas en cuanto a propuestas que sumen al desarrollo de nuestras artes escénicas.

Entonces, el reto de esta columna es asumir la maravillosa responsabilidad de repensar el teatro peruano, en lo posible, y valorarlas en sus diversas formas, lugares y presentaciones, en la que ese gozo catártico sea también un acto cívico, ético y estético.

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