Bueno, gracias por esta conversación. Quería primero que nos comentes qué es Kairós, cuál es la forma de enfocar la editorial, por qué existe y cuál es su razón de ser.
Kairós es una palabra griega que significa el momento oportuno, el momento idóneo, el momento preciso. En los años 60, a mi padre, Salvador Pániker, un filósofo medio hindú, medio español, se le ocurrió la idea de fundar una editorial que llamó Kairós, donde recoger libros de no ficción y ensayo. No hacemos literatura; publicamos libros de pensamiento.
Siempre los primeros años son de tanteo, pero muy pronto encontró una línea que era la introducción del pensamiento de lo que entonces se llamaba Oriente en lengua española. Esto, a finales de los años sesenta, hace cincuenta y pico de años, no era muy común. No había muchas editoriales, y menos en España. En Latinoamérica aún había alguna en Argentina, que sí había publicado alguna cosa, pero en España todavía estaba el régimen del General Franco. Es verdad que al final ya era más light y este pensamiento, en principio, no le parecía conflictivo.
Y a partir de ahí fue publicando libros de lo que se llamaba en aquella época el pensamiento de Oriente, de meditación, de budismo, muy en diálogo con la tradición cristiana en sus orígenes. También libros de la contracultura, es decir, de aquellos movimientos, sobre todo en Estados Unidos y en Europa. En Europa era más politizado —el mayo del 68 francés—; en Estados Unidos, en California, era más hippie. Pero eran movimientos de jóvenes que protestaban contra la sociedad de consumo burguesa de los años 60.
Kairós nace en ese contexto y nace divulgando una serie de autores y de temáticas. Yo entré más tarde, obviamente, pero a finales de los 70, siendo yo muy jovencito, entré en la editorial. Llevo allí casi 50 años, porque yo ya tengo una edad. Entré en el 78, pues hace 48 años.
Hay gente que nace con un pan bajo el brazo. ¿Y tú naciste con un libro bajo el brazo?
Pues más o menos. De hecho, es realmente así, porque yo leía muchos libros con 14 o 15 años, y entre ellos algunos de Kairós, de pensamiento. Luego entré a la universidad a estudiar Filosofía y luego Antropología. Y la verdad, le dije un día a mi padre: “Bueno, es que no sé por qué tengo que hacer una carrera, porque tengo la universidad en casa”.
Dos de los libros que más me influyeron fueron uno de taoísmo —el pensamiento chino— y otro de bioantropología del filósofo francés Edgar Morin, todavía vivo, tiene 104 años en estos momentos. Con 15 o 16 años a mí me impresionó mucho la lectura de Edgar Morin, y me planteé entrar, y mi padre me dio confianza. Yo entré muy jovencito haciendo todo tipo de cosas; soy un autodidacta.
Él muy pronto vio que podía confiar en mí. A partir de finales de los años 80 ya me permitía dirigir la editorial. Él supervisaba sobre todo la parte de editor, la selección de los títulos a publicar, en lo que siempre estuvo bastante presente. Pero luego, toda la otra parte más comercial o incluso financiera, me decía: “Haz lo que quieras”.
Por lo tanto, Kairós es una editorial familiar. Nos hemos mantenido bastante fieles durante estos 60 años al espíritu inicial. Es decir, hacer buena divulgación, alta divulgación, pero no elitista; libros de ensayo de no ficción, pero con rigor, en lengua española. Siempre para introducir estos pensamientos de espiritualidad, de filosofía, de psicología profunda, de ciencia, las distintas temáticas que seguimos tocando.
Hay una suerte de puente que se muestra entre tu búsqueda de tu propio descubrimiento personal —por eso estudiaste Filosofía— y tu trabajo. Yo sé que son a veces preocupaciones personales que justamente hacen vínculo o match con proyectos de esta índole.
Sí, un poco. Yo soy heredero del propio vínculo personal de Salvador, de mi padre, que yo he heredado de alguna manera porque he crecido en ese mismo caldo de cultivo. Y en este sentido soy editor un poco a la antigua. A la antigua en el buen sentido de que todavía publico aquello que me interesa.
Hay temas que pueden ser fascinantes, pero que yo no domino, que personalmente no me interesan; yo de eso no publico. A mí me interesan una serie de aspectos del pensamiento, de las humanidades, de los diálogos. Los Pániker, al ser una familia muy mestiza, de origen en la India —mi abuelo era hindú, pero mi abuela era catalana—, tenemos este diálogo casi en los genes: Oriente-Occidente.
Entonces, todo lo que sea diálogos entre formas de pensar distintas —una forma más racional, otra más intuitiva, la ciencia y la espiritualidad—, que a veces en Occidente se perciben como antagónicos o que no tienen nada que ver, sin embargo, considero que sí tienen mucho que alimentarse mutuamente. Puede haber un diálogo muy fructífero que no quiere decir reducir una a la otra.
Nos hemos mantenido como editorial independiente, independiente económicamente de los grandes grupos, pero ideológicamente también, a nivel político o a nivel de ideologías, siempre abiertos, atentos. Yo no rechazo nada porque provenga de un lado o de otro lado, a priori.
Preocupación y subrayado por tender puentes. El catálogo es consecuencia de ese enfoque; no es solo un enfoque epistémico, es un enfoque además ético, porque se trata del diálogo. Has también indicado que hay una suerte de curaduría constante para ver la consistencia de ese enfoque con los autores posibles: cómo los vas seleccionando.
Totalmente. Es la labor del editor. Ahora somos mi hermana Ana y yo quienes seleccionamos. Por un lado, están las editoriales afines que existen en Estados Unidos, en Reino Unido, en Francia, conocemos su catálogo, y que para mí ya es una garantía. Yo me fijo muy bien en esos catálogos para ver si me podría interesar traducir ese material al español.
Y luego, por otro lado, tenemos los autores en lengua española, que eso ha ido creciendo más y más. Al principio casi todo lo que hacía Kairós en los años 70 y 80 eran traducciones. Yo ahí sí que aposté mucho a partir de los 90 por incluir más pensadores de España o de América Latina.
Y hoy en día estamos abiertos a lo que se genera en lengua española: pensadores, psicólogos, científicos, divulgadores, que nos envían el material. Yo publico poco y quiero mantener la velocidad de crucero de publicar treinta y dos, treinta y cuatro novedades al año, incluso menos. Para seleccionar esos treinta y pico títulos, tengo que ver las distintas temáticas que me interesen para que el catálogo esté compensado, que tengan calidad, que tengan rigor, que sean interesantes.
Hay una primera selección de calidad que para mí es esencial. Luego, obviamente, también un criterio de comercialidad, que sean libros bien escritos, legibles. Tenemos varios registros, algunos más académicos, otros más para el gran público, pero siempre tiene que haber un criterio literario.
Yo soy profesor en la universidad de Filosofía de Oriente, filosofía budista de la India. En general, es mi especialidad; por lo tanto, yo me muevo muy cómodo leyendo un libro en inglés o en español sobre temáticas afines.
Yo tenía un amigo maestro que murió ya también bastante mayor, que tal vez has escuchado por tu experticia en el área, que se llama Fernando Tola.
¡Hombre, claro! Hasta le publiqué. Amigo mío.
Claro, claro. Yo cuando iba a Buenos Aires, lo iba a ver y pasaba todo un día con él; desayunaba con él, almorzaba con él y acababa yo en su biblioteca.
La biblioteca, sí, por supuesto que la conocí. Él era un erudito, dominaba el chino e incluso el persa, un hombre de otra época. Yo le publiqué cinco libros y era una eminencia, aparte una persona encantadora. Tratar con este tipo de autores es muy gratificante. En el mundo editorial, o en este tipo de libros que hacemos, lo hacemos mucho por amor y por interés personal.
Sin embargo, sí se requiere que sea sostenible.
Por supuesto, por supuesto. Y ahí tenemos que buscar la armonía, el equilibrio entre la calidad y la amenidad, que no quiere decir que sea superficial. Fíjate que, en Kairós, por la trayectoria y la coherencia editorial que tenemos, a veces yo he publicado un libro pensando: “Mira, esto se va a vender muy bien porque es para el gran público”, aunque quizás no tenga la profundidad de otros títulos. Pues no, Kairós no me ha funcionado con alguno de esos títulos.
Mientras que, si digo “esto lo tengo que hacer porque por prestigio Kairós lo tiene que publicar”, quizás como novedad no es un gran éxito, pero este es un punto para mí clave: yo cuando escojo un libro enseguida pienso si esto va a aguantar 15 años, 20 años, o sea, el paso del tiempo. Si yo percibo que es un libro muy del momento, tiene muchos números para que no lo publique, porque yo vendo bien a largo plazo.
Nuestros libros son longsellers que se van vendiendo año tras año y al cabo de 30 años siguen vendiéndose. Es la clásica editorial de fondo por las temáticas que hacemos.
Eso no quiere decir que hay libros que tienen vida más corta, obviamente. Por ejemplo, los libros de divulgación científica tienen una vida bastante corta, porque la ciencia se recicla muy rápido y un libro de ciencia que tenga 10 años ya está desfasado. Pero los libros de pensamiento, de filosofía, de espiritualidad, ahí sí que yo miro mucho si pueden ser atemporales, si pueden despertar el interés durante años.
Y en esa visión de futuro, no necesariamente, uno acierta en la mezcla de experiencia, intuición y deseo.
Correcto, totalmente.
Y de tus experiencias ¿cuáles han tenido un impacto notable y cuáles han sido más bien cortos?
Todo libro tiene que salir en su Kairós. Un libro no puede salir antes de tiempo porque puede pasar desapercibido. Yo empecé a publicar libros de Ecología hace 40 años. Hablar de los problemas del medio ambiente en el año 80, en el año 81, era demasiado pronto. Fueron un fracaso, pero aprendí que no era el momento para ese tipo de libros.
Yo empecé a publicar libros de meditación y de mindfulness cuando esa palabra ni existía. De hecho, fue Kairós quien la puso, utilizó el neologismo en inglés. Por eso, cuando eso ya se puso de moda, Kairós ya estaba muy bien posicionada, porque era quien había abierto el campo.
Yo no quiero caer en lo que se llama el supermercado de lo espiritual. Toco libros de espiritualidad, de práctica, de ética, de yoga, de meditación, un mundo que se ha banalizado y superficializado mucho. Por ello creo que hay que mantener un rigor y unos mínimos de calidad y no pensar que los lectores son tontos.
Ahí creo que el editor, si quiere mantenerse a largo plazo, tiene que surfear bien las modas. Hay una mezcla de intuición, de experiencia, de conocimiento y de ingenuidad.
Es un sector que requiere también cierta experiencia, cierto conocimiento. Para publicar filosofía, psicología profunda, libros de ensayo, de pensamiento, de sociología, de política, creo que es importante que el editor tenga conocimiento. En inglés tienen el publisher y el editor. El publisher puede no saber de nada; es un businessman. Pero el editor sí que tiene que saber de lo que se va a publicar. En mi caso, yo soy el publisher y el editor; por lo tanto, la pelea es interna. Creo que la clave está en mantener ese equilibrio, porque yo necesito no perder mi prestigio, pero tampoco puedo hacer libros que solo vayan a leer 40 personas.
Ahora, en la búsqueda de ese equilibrio, el catálogo de herencia familiar ha ido bien. Has indicado también que hay que surfear las modas, pero el mundo contemporáneo tal vez requiera de nuevas sensibilidades editoriales. Así como tú visionaste ciertas líneas posibles —el mindfulness, la ecología—, ¿qué olfateas ahora como editor? ¿Por dónde vamos a ir? ¿Qué ves?
Sí que hay líneas. En realidad, no han cambiado mucho; nos mantenemos en el rubro de lo que sería la espiritualidad laica. Yo sigo buscando el encuentro entre un libro de gran interés intelectual y que además se venda muy bien, en las distintas temáticas.
Por ejemplo, yo ahora me preocupa mucho y nos fijamos mucho en todo lo que sea neurociencia. Es un tema que ya desde hace un tiempo se está tocando más y que creo que es importante. Sin caer en el imperialismo científico, la neurociencia puede aportar un ángulo de visión que otras especialidades no tienen. Y creo que en el mundo del libro hay buenos libros de neurociencia que además se venden muy bien.
Aparte de ahí, están los temas candentes. La colección en la que yo publico más libros se llama Sabiduría Perenne. Por tanto, no son cosas muy pasajeras, son cosas muy atemporales. El que un autor tenga un gran número de seguidores, sea porque es un maestro espiritual o un filósofo, o sea porque es muy activo en redes sociales, eso hoy en día facilita mucho y el editor no puede despreciar este aspecto comunicativo. Es muy importante que los autores participen también en la promoción de los libros.
Ahora, es verdad también que uno comienza a preocuparse o preguntarse qué sigue. Me refiero al asunto cronológico, es decir, tu padre te legó la editorial y tú ¿qué estás viendo? ¿Hay una preocupación tuya de manera personal o íntima para un legado familiar también?
Sí, es una propuesta familiar que ya veremos si tiene recorrido. De momento ni mis hijos ni mis sobrinos manifiestan demasiado interés. Es un sector difícil, yo lo entiendo; es muy difícil ganar dinero con la editorial si no hay un interés personal por las temáticas. Yo ahora estoy en una situación en la que tendré pronto que tomar alguna decisión.
Ahora, la forma como uno a veces se alegra con lo bonito, con la forma como uno colabora con la humanidad a través de libros. Sin embargo, también has indicado que no necesariamente puede retornar con cierta rapidez para la propia sostenibilidad financiera, porque uno está involucrado al 100% en este proyecto. ¿Cómo ha ido manejando la sostenibilidad financiera, en momentos que la editorial podía tener vacíos?
Yo soy muy prudente, desde un ángulo empresarial, soy muy conservador. He mantenido una estructura muy pequeña, Kairós somos seis personas. Y eso nos permite estar muy saneados desde hace 30 años o más. Yo no tengo créditos, no le debo nada al banco.
Tenemos una vocación latinoamericana que otros no han cultivado y se han centrado más en España. Yo empecé a venir a América Latina, al principio fue en México, con 20 años. Desde hace mucho tiempo, ya se lo hablaba con mi padre: el futuro de la editorial no está en España o no necesariamente solo en España.
Nosotros vendemos muy bien en Argentina, en Perú, en Chile, en Colombia, en México, en Costa Rica, en Estados Unidos. Más de la mitad de nuestras ventas no son en España y eso sanea mucho. Es verdad que para un editor español el libro exportado es menos rentable porque tiene que dar muchos descuentos, pero eso nos abre un mercado de 500 millones de personas.
Justamente en ese puente interoceánico, cuéntanos un poco tu visita a Perú, o sea, la razón por la cual estás estos días.
Sí, yo vengo cada año o cada dos años a visitar a mi distribuidor que es Hipatia Libros, que funciona muy bien. Yo conozco a Jessica ya de otras épocas, porque hace 15 años decidí la aventura con otros editores españoles de abrir una distribuidora en Lima para atender solo el mercado Perú. Luego hice otro tránsito hasta que ella abrió Hipatia hace 5 años, y entonces fui con ella.
Vengo a verla y a todo el equipo. Hoy hemos tenido, por ejemplo, una reunión con libreros de Lima, como 60 de los principales de Crisol, SBS, etc. Yo aprovecho y les explico las novedades, las futuras novedades de Kairós. Podría no hacerlo perfectamente, muy pocos editores lo hacen, pero los libreros agradecen mucho que venga el editor en persona. Luego tomamos un café y hay un contacto más humano.
Es un viaje muy rápido; a veces he hecho alguna presentación de libro, pero básicamente vengo a visitar a los libreros. Donde voy con más frecuencia es a México, por el volumen y porque la distribuidora que monté hace 25 años sigue existiendo y va muy bien. Mis viajes a América Latina tienen un cariz más comercial, promocional.
Ahora, ya entrando a la parte final, la idea de un fondo editorial, de un movimiento editorial, a veces ha ido chocando con la percepción de que la gente lee menos. ¿Leen menos o leen otras cosas?
Yo creo que sí, que se lee un poco menos, aunque a lo mejor las cifras de volumen de ventas no coincidan. Pero eso es un poco un autoengaño que se hace el sector. A mí me da igual que lean en papel o que lean en libro electrónico o que lo escuchen; para mí todos los formatos son válidos y son todos libros. El libro electrónico representa no más del 8 o 9% de mi facturación, por lo tanto, es muy pequeño.
Sí que veo que los jóvenes, sobre todo, tienen cambios de intereses más que de formatos. Competimos con el mundo audiovisual, que realmente lo absorbe todo, ya no digo solo las plataformas de Netflix, sino el scrolling con TikTok o con Instagram. Eso absorbe muchísimo ocio.
Sin embargo, yo publico temática que para las personas que lo compran es importantísima. Aquellos que les interesa esa dimensión, de hecho, compran más ahora libros sobre estas temáticas que no hace 50 años. Hay mucho más interés en esas temáticas y se compran muchos más libros.
Los grandes grupos como Planeta o Penguin Random House, que hasta ahora despreciaban ese nicho —“estos esotéricos, estos espirituales”—, ahora vienen a meter la nariz en ese sector porque ven que se vende mucho. Ese libro ahora es más asequible a un gran público y yo lo vendo más.
Mi posición es un poco ambigua en este sentido. Por un lado, estoy preocupado, pero, por otro lado, no soy un pesimista. Llevo tantos años escuchando que el libro va a desaparecer, la han enterrado 40 veces y veo que sigue. Sí que hay transformaciones, y ahora va a haber una que nos va a tener que reconfigurar a todos, que es la inteligencia artificial, pero ya lidiaremos con ella. Normalmente, en tiempos de mucha crisis, las temáticas serias y profundas ganan, porque la gente se refugia en lo seguro.
Para finalizar, ¿te gustaría dejar un mensaje a aquellos que van a descubrir recién Kairós, a unas generaciones tal vez, y con ello una invitación a la lectura?
Yo invitaría a la lectura de Kairós o de cualquier editorial, porque es insustituible. En una novela el lector es tan partícipe de la trama, del desarrollo y del universo que te abre, como el autor, o más. Uno lo hace suyo, se imagina los personajes, las tramas, de una manera que muy pocos otros medios culturales consiguen. Ni el cine.
Ahí la actividad es mucho más pasiva, porque te dan tanta información que entra por el ojo. En el libro, el ojo lee letras, pero es la mente la que tiene que hacer el esfuerzo de imaginarse. Por eso normalmente la gente que lee un libro, cuando luego ve una película sobre ese libro, no le gusta la película porque él o ella se había imaginado otra historia.
Eso es de una riqueza mental, creativa, intelectual, que, si la desaprovechamos, creo que sería una gran pérdida. Sería perder la capacidad de imaginar, la capacidad de tejer con los autores. Por tanto, defiendo a ultranza la lectura. Me atrevería a decir que el sistema educativo debería reestructurar su método para que el libro no sea algo pesado, que tengan que leer por obligación los niños, sino buscar la fórmula de que los niños y las niñas entren en la lectura y vibren con eso.