Escribe: Luis E. Lama
Tratamos sobre ella a propósito de su exposición “Medir es un acto de fe” en la galería Revólver. Admito, además, que mi interés en su obra se acrecienta por nuestra apasionante tradición de arquitectos que han derivado al arte. El caso mayor es Emilio Rodríguez Larraín. Pero los ejemplos son múltiples y puedo dar fe de artistas como Elena Damiani –quizás la artista de su generación más internacional que tenemos– que abandonó avanzados estudios de arquitectura para dedicarse a una carrera artística con resultados espléndidos. Ya en el siglo anterior, Szyszlo y posteriormente Ramiro Llona, habían hecho lo mismo. Hay muchos más.
Maya Ballén se inició estudiando arte en los muy prestigiosos cursos de Mirtha Dermisache, en Buenos Aires. Son legendarias las experiencias pedagógicas organizadas por ella en el Taller de Acciones Creativas y las Jornadas del color y la forma. No dudo del impacto de esas experiencias en su futuro.

Concluida su carrera de arquitectura, Ballén trabajó en el estudio de Raimund Abraham en Manhattan y posteriormente fue socia de importantes estudios como el de Peter Seinfeld, un hombre marcadamente preocupado por la estética de quien ya he visto obras realizadas junto a Claudia Paz en el MAC. De manera paralela se dedicó a la docencia de Arquitectura en la PUCP hasta que en 2012 dio un giro hacia la Facultad de Arte de la misma universidad.
Ignoro las razones de esta decisión, pero considero que ella ha logrado enriquecer a sus alumnos con distintas experiencias que son ajenas a la enseñanza tradicional, pues ella, además, estudió en School of Visual Arts – Nueva York– donde recibió el título de MFA.
Lo que me apasiona de Ballén es cómo ha logrado imbricar el arte a la arquitectura –o viceversa– en trabajos tan complejos como arte público en Pisco, Barranco, et al., museografía como la de Elena Tejada para Amil y pabellones como el de ARCO 2019, la obra más grande que le conozco.

De ella me impacta su sólido conocimiento multidisciplinario cuando me sostiene: El núcleo duro de la experiencia de ser arquitecto tiene que ver con el uso y con resolver los problemas del habitar. La experiencia estética es el residuo, lo que se cuela por las grietas. Los arquitectos que tienen una práctica próxima al arte trabajan en ese lugar.
Sin embargo, hay algo que es núcleo duro del arte y que es un parteaguas con la arquitectura, que es la capacidad de interpelar. Por ponerlo de una manera muy burda, la arquitectura tiene siempre que buscar el bienestar. En mi experiencia personal, es por esta razón que cuando hago arte o hago arquitectura se activan dos lados del cerebro que son distintos. La arquitectura utiliza la materia prima del arte, la forma, la masa, la composición, etc. Y en ese sentido hay muchos vínculos. Pero la naturaleza de la expectativa de quien lo experimenta es muy distinta, sería una locura estar constantemente interpretando el habitar, te volverías loco.
Y si lo que te sucede, como en mi caso, que te das cuenta que lo que te interesa de la arquitectura es sobre todo su dimensión artística, entonces el salto al arte es simplemente precisar tu interés. Aunque en la práctica sea algo tan grande como migrar de una disciplina por otra.

Dicho esto, hay prácticas de arquitectura que se acercan al arte y prácticas de arte que se acercan a la arquitectura o al diseño.
Cuando entrevisté a Jean Nouvel en Lima me dijo que el trabajo de un arquitecto era la creación del placer. En realidad, lo admiro mucho pues después de Pallasmaa de él es quien más he aprendido la correspondencia entre la arquitectura y el cine. Sin embargo, creo que esta interrelación entre la práctica del arte y la arquitectura se debe a la sólida formación estética de Ballén. No todos los egresados la tienen y eso es algo pendiente de revisar en nuestra educación arquitectónica.
La actual exposición de Maya en Revólver puede apreciarse como una prolongación de “Literal”, presentada en el MATE en 2019. Si antaño ella se basaba en las escaleras, hoy recurre a la experiencia de mandar a hacer un mueble y que lo realizado no es lo encargado en el diseño. Este desencuentro abre un espacio para repensar la naturaleza del plano como herramienta de anticipación de la realidad y la distancia inevitable entre lo pedido y lo construido.

Ballén se aproxima de esta manera a un libérrimo surrealismo en donde todo es posible en la interpretación de lo proyectado. El principio de estas dos muestras puede partir de su propuesta “Una maqueta para André Breton”, constituida por bellísimas miniaturas escultóricas inspiradas en la visita de Breton a México en 1938. Cuenta la leyenda urbana que Breton, fascinado con la calidad del trabajo artesanal, esbozó una mesa (o una silla) y encargó su construcción a un ebanista local. Cuando llegó al taller a recoger el mueble, se dio con la sorpresa que el carpintero había seguido literalmente su dibujo en perspectiva: había fabricado el mueble con una superficie romboide y cada pata con una altura distinta. Breton aprovechó esta anécdota para afirmar que México era el país más surrealista del mundo. (MB).

Con un trabajo fuera de las convenciones del mercado local ella ha mantenido un perfil más bajo del deseado. Sucede que la suya es una obra para museo o para centro cultural. Es íntima e intelectual, exige nuestra participación y demanda inteligencia del espectador. No son obras para decoración o venta, son piezas para el pensamiento, manifestaciones de una mujer que nos habla de que se puede ser madre, profesional y trabajadora aquí y ahora.
Los trabajos que figuran en su página web (https://www.mayaballen.com/bio) constituyen un catálogo que nos hace optimistas frente al arte del Perú.