Podrán seguir diciendo lo que quieran de Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido mundialmente como Bad Bunny, pero nadie puede discutir que ese muchacho que hace diez años era empacador de un supermercado, en una semana haya logrado tres cosas históricas: ganar la mayor categoría de los premios Grammy (no los latinos, sino los norteamericanos), con un álbum hecho totalmente en español, ser el primer latino en hacer el show del medio tiempo en el Super Bowl, el evento más gringo que existe, íntegramente en español y haber roto el record de audiencia del mismo, alcanzando la cifra de 135.4 millones de espectadores alrededor del mundo, según los datos oficiales de la cadena NBC y Nielsen.
Al margen de si sus temas nos gusten o no, algo totalmente subjetivo, las cosas son como son, le duela a quien le duela. Así que seguirán amargándose, como se amarga Trump, quien no se demoró en afirmar en la red social Truth Social que “fue un show horrible… una bofetada, una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”. Thanks sir, punto para Benito.
Él, como muchos, se agarran de que “no se entedía lo que decía”, pero al parecer, el mensaje fue imposible de ignorar: el show del Super Bowl 2026 no fue solo un show, fue una declaración, fue identidad convertida en espectáculo. Fue orgullo latino sin traducción.Y aunque su música no sea del agrado de muchos, hay una verdad que retumba más allá del gusto : “Juntos somos América”, frase inscrita en un balón de fútbol americano que mostró a la cámara, luego de pronunciar “God Bless America”, mientras desfilaban todas nuestras banderas (la peruana estuvo sostenida por nuestro compatriota, el coreógrafo Patricio Quiñones), dejando en claro que América no es un solo país, sino un continente entero.
Bad Bunny logró en trece minutos, lo que otros espectáculos, probablemente más espectaculares jamás lograron. Que se siga hablando hasta ahora de ese show, que se debata, que se analice, que desde el oficialismo hayan intentado boicotearlo haciendo otro alternativo que ni el mismo Trump vio, ya que por su pronto comentario, es obvio que estaba viendo al Conejo.
El artista usó esos trece minutos para exponer la cultura latina en un show lleno de símbolos que nos habla de un orgullo latinoamerano y que no ven solo los que no quieren ver: telenovelas, puestos de comida callejera, boxeo y referencias populares construyeron una narrativa visual profundamente latina, celebrando raíces compartidas más allá de Puerto Rico.
Quizás no tuvo una pronunciación perfecta o una diccción pulcra. Quizás no tuvo la afinación académica que reclaman los puristas, pero nos regaló un espectáculo cargado de nostalgia, identidad y memoria colectiva,
Nos regaló a Lady Gaga cantando y bailando salsa, a Ricky Martin siendo Ricky Martin, a figuras como Pedro Pascal, Jessica Alba y Carol G., entre otras exitosas figuras latinas , bailando en ‘La Casita’.
Nos dio perreo sin pedir permiso, nos dio reguetón de la vieja escuela con ecos de Tego Calderón y Daddy Yankee y salsa de la buena homenajendo al Gran combo con Un verano en Nueva York. Nos dio una boda real (sí, los novios que aparecieron se estaban casando en ese preciso instante). Nos trasladó a esa infancia en la que nos quedábamos dormidos en una silla en plena fiesta. Nos habló de la fe en los demás, cuando se tiró de espaldas para que lo sostenga un grupo de bailarines.
¿Quieren más mensajes? Los hay: “Si estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Así que tú también tienes que creer en ti” Y, por supuesto la que nadie puede objetar, uno tan hermoso como simple, sobre todo en tiempos como los que vivimos: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.