Hay artistas que encuentran muy pronto un lenguaje capaz de darles reconocimiento. Lo difícil no es alcanzarlo, sino tener el coraje de abandonarlo cuando comprenden la trampa que ese mismo éxito puede llegar a representar. Sylvia Fernández pertenece a ese reducido grupo. Sus primeras exposiciones en la Galería Lucía de la Puente obtuvieron una extraordinaria acogida. Era una pintura cercana al universo pop, realizada sobre telas previamente impresas que luego intervenía con óleo. Aquellas imágenes poseían una gran eficacia visual y establecían una comunicación inmediata con el espectador.
El reconocimiento llegó temprano y una artista menos exigente habría permanecido estancada en los halagos. Sylvia Fernández hizo lo contrario. Advirtió que ese camino tenía un límite y decidió abandonarlo antes que repetir una fórmula destinada a agotarse muy rápidamente. Conocí ese proceso desde sus comienzos. Fue mi alumna durante cinco años y ya entonces llamaba la atención por una cualidad poco frecuente: nunca estaba satisfecha con lo que había conseguido. Siempre quería ir un paso más allá. Esa inconformidad terminó definiendo toda su trayectoria. La ruptura se hizo evidente en su última exposición limeña. Desaparecieron las referencias pop y, con ellas, la preocupación por la representación como finalidad del cuadro. Pero el cambio fue más profundo. Descubrió que la pintura podía aspirar a algo más que la eficacia de la imagen. La materia, el color y el gesto pasaron a ocupar el centro de su investigación.
Su traslado a Los Ángeles consolidó esa transformación. No cambió el rumbo de su trabajo; le permitió desarrollarlo con mayor libertad. Poco a poco fue dejando atrás todo lo accesorio y la materia pasó a convertirse en el verdadero soporte del cuadro. El color dejó de describir para sugerir y la pintura comenzó a sostenerse por la intensidad de sus propios recursos. Ese recorrido alcanza hoy uno de sus momentos más logrados en Pertenecer, la exposición que presenta en Crisis. La muestra parte de una pregunta sencilla: ¿a qué pertenecemos? La respuesta surge desde la propia pintura, donde cuerpo, naturaleza y memoria terminan formando una misma realidad. El resultado es una obra de plenitud. Pueden advertirse ciertas afinidades con el modernismo norteamericano —Georgia O'Keeffe y su generación, entre sus referentes más cercanos—, pero esas resonancias lejos de ser sus modelos se integran naturalmente a un lenguaje profundamente personal. Los textos que acompañan la exposición ayudan a comprender distintos aspectos de esta obra.
Max Hernández Calvo entiende la pertenencia como un vínculo antes que como una posesión. Sarah Swan destaca la capacidad de Sylvia Fernández para convertir en pintura la luz, la atmósfera y la persistencia del recuerdo. En realidad, uno de los mayores intereses de Pertenecer es que confirma la madurez de Sylvia Fernández y los hallazgos de una investigación iniciada antes de su partida. En sus actuales cuadros la imagen ha dejado de ser el centro de la experiencia. Permanece únicamente la pintura: Ella basta para sostener la intensidad de la obra. La pintura de Sylvia Fernández ha alcanzado un notable grado de depuración. Todo aquello que podía resultar accesorio ha desaparecido. La anécdota no desaparece, pero queda reducida a una presencia mínima que solo se revela cuando el espectador logra penetrar en ese universo, de predominio acuático, profundamente femenino.
La verdadera transformación comenzó cuando decidió abandonar un lenguaje que ya le había dado reconocimiento para construir otro, mucho más libre y personal, en abierta oposición al conformismo que suele predominar en nuestro medio. Ocurre que vivimos en una época dominada por imágenes destinadas al consumo inmediato, en cambio Sylvia Fernández hace exactamente lo contrario. Devuelve a la pintura la cualidad de la contemplación. Todo mercado suele premiar los hallazgos. La historia del arte, en cambio, recuerda a quienes tuvieron el coraje de abandonarlos para seguir creciendo. Sylvia Fernández asumió ese riesgo hace muchos años, por eso, Pertenecer confirma la madurez de ese recorrido. Después de muchos años de búsqueda, Sylvia Fernández ha llegado a un territorio donde ya no necesita demostrar nada. La pintura habla por sí sola.
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