ENTRÓ a la Fiscalía como si no escuchara las atropelladas preguntas de la veintena de reporteros que pugnaban por arrancarle una declaración. Como quien ya no tiene margen para la sorpresa. Piero Alessandro Corvetto Salinas, hasta el martes 21 jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, caminó resguardado por cuatro policías, entre cámaras y micrófonos, con una sobriedad que contrastaba con el ruido que dejaba atrás: el de una elección fallida, el de miles de ciudadanos sin votar, el de una institución que, de pronto, parecía haber extraviado su razón de ser.
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