En el Perú, la política se ha convertido en un espectáculo de sobremesa. Se sirve caliente en campaña, se enfría en el poder y, casi siempre, termina siendo indigesta. Pero antes de todo eso —antes del mitin, del discurso memorizado, del tuit calculado— hay un momento que ningún candidato puede maquillar del todo: el desayuno.
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