Cada vez que hay escándalos faranduleros como el de Said Palao y Alejandra Baigorria nunca falta la persona que suelta un ª o “¿y qué tiene?”, que suele anticipar un discurso moral sobre la influencia de los medios en la agenda y la opinión pública. Yo discrepo. Algo tan insustancial a primera vista puede revelar mucho de nosotros.
No hay que mentir. Todos hemos tocado el tema con familia, amigos y hasta en la oficina. ¿Cómo algo así se vuelve el tema del momento?
Hay quienes lo viven tan en serio que hacen tiktoks coléricos defendiendo a un bando. Otros se sienten identificados a muerte y lo exhiben en redes, historias, comentarios y compartidos de Instagram o TikTok. Tal vez para intentar recibir cierta aceptación a través de la mediática pareja.
Unos no tardan en inventar apodos alusivos a las estructuras córneas con las que etiquetamos a las víctimas de la diversificación afectiva.
Hay incluso quienes fantasean con convertirse en Said o Alejandra, aunque sea por 24 horas, para dejar atrás sus vidas rutinarias y así darse el lujo de preocuparse por estos problemas.
No faltan los que esperaban exactamente un suceso así para reprenderle a Ale su apoyo a Keiko en las elecciones del 2021. Después de todo, estamos en tiempos electorales y Dios no perdona.
Un grupo de pacifistas irrumpe para argumentar sensatamente que es un asunto de la pareja en cuestión y que nadie debería meterse en la vida de los demás.
Una maquinaria de usuarios acelera la creación de memes porque la única manera de sobrevivir en este país es llevarlo todo a la joda.
Pero el más insoportable de todos es aquel tonto que le busca un sentido lógico a un simple ampay farandulero que nos va a dar de comer hasta que Domínguez vuelva a la promiscuidad pública o jure el primer gabinete de Balcázar. Si para ese entonces aún lo tenemos con nosotros, claro.