En cada comienzo de año, Pancho Guerra García anuncia una nueva colección que ayuda a que seguidores celebren el Año Nuevo chino. Esto lo viene haciendo desde el 2014, cuando ofreció unos caballitos pintados por él porque, como este 2026, se celebraba el año del caballo. “Este año estoy dando la vuelta”, dice Guerra García, que el resto del año trabaja como docente. En enero, al no haber ingresos para él, tuvo que inventarse un “sueldo”. Entonces, lo que comenzó como una solución práctica se ha convertido en una tradición celebratoria cargada de afecto. Pancho no habla de fe ciega en el horóscopo chino, sino de energía: “Es empezar el año en buena vibra”. A cada pieza que interviene con su arte le añade símbolos cuidadosamente pensados: dulces como alimento, monedas como prosperidad, objetos que invocan creatividad, amistad y descendencia. Nada está puesto al azar. El caballo de este año —en fuego— representa acción, decisión y avance. Una mezcla poderosa que empuja a no quedarse igual. Aunque el caballo tenga una historia ambigua en el imaginario andino, Pancho lo resignifica desde el mestizaje cultural, integrando siempre elementos de Pucará, colores intensos y referencias ancestrales. Cada animal es igual y distinto a la vez: la huella inevitable de lo hecho a mano. Detrás de estas piezas que él interviene hay una red de cocreadores: ceramistas, artesanos amigos, maestros que trabajan en talleres de Ayacucho, Puno o Lima. Pancho no teme que otros hagan sus propios caballos. Al contrario, sueña con que esta “nueva artesanía” se replique en todo el Perú, porque, más que un objeto, lo que propone es un gesto: celebrar, agradecer.
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