Hay algo más de 30 candidaturas para las elecciones peruanas del 2026. Sin embargo, ha surgido un nuevo candidato tan inesperado como provocador: Donald Trump. Es probable que esta referencia suscite un justificado asombro o una sarcástica sonrisa, ambos comprensibles, pero en el escenario que vivimos la figura no resulta extravagante.
Veamos. Desde que inició su segundo mandato, Trump ha buscado marcar la agenda mundial en todo orden de cosas. Y lo viene logrando. Venezuela es un elocuente ejemplo: está imponiéndose la hegemonía que Estados Unidos pretende en la región. Para explicarlo con claridad: según Trump, Latinoamérica ya no será “el patio trasero” sino “el jardín delantero” de la política norteamericana. Se trata de un rediseño de la conocida doctrina Monroe, ahora rebautizada como Donroe (un corolario trumpista de dicha doctrina), que se resume en que ningún país del hemisferio puede afectar los intereses estadounidenses. Esto se desprende textualmente del documento oficial publicado por la Casa Blanca sobre la estrategia para la defensa estadounidense, hecho realidad en Venezuela.
Está dicho sin eufemismos ni tapujos: la seguridad norteamericana debe ser garantizada de manera prioritaria. Para ello, ningún país latinoamericano puede —ni debe— desatender y, mucho menos, desafiar ese objetivo. Esta prioridad implica la legitimación del uso de la fuerza y la intervención, directa o indirecta, en asuntos internos soberanos, sin auxilio del derecho internacional. Estados Unidos se atribuye, así, el derecho exclusivo de decidir qué país de la región podría amenazar su seguridad nacional y actuar en consecuencia.
El Gobierno de Trump sostiene que Estados Unidos enfrenta una severa amenaza a su seguridad nacional por diversas actividades originadas en Latinoamérica, que deben eliminarse de raíz. Se menciona específicamente el crecimiento de las oleadas migratorias ilegales, los carteles de la droga y las organizaciones criminales. No habrá contemplación alguna en la lucha contra tales flagelos, según se afirma. De hecho, la política represiva ya se aplica dentro del propio territorio estadounidense, sin observar la ley ni respetar derechos. Y la masiva movilización de la fuerza militar no debería entenderse solo porque se quería derrocar a Nicolas Maduro (aunque manteniéndose la dictadura chavista intacta), sino como un despliegue que sostendría este nuevo enfoque de defensa norteamericana. En otras palabras, aun con Maduro preso, esa fuerza militar eventualmente permanecería allí para asegurar la hegemonía estadounidense.
Estamos, pues, ante un giro radical en la visión que históricamente hemos tenido en nuestro hemisferio. Para Estados Unidos, ahora, no son relevantes en lo absoluto la democracia y los valores que conlleva, ni la soberanía de cada país. Son sus intereses los que priman y los que se deben respetar, al punto de que cualquier incumplimiento puede dar lugar a una intervención, incluyendo la militar.
No debe quedar duda alguna, entonces, acerca de la indiscutible trascendencia que este asunto debe merecer en el proceso electoral en curso en el Perú. Cada candidato deberá fijar una posición clara, no sobre Maduro, sino sobre la hegemonía que Estados Unidos busca imponer por la fuerza; y la ciudadanía tiene el derecho de conocerla.
Lo que está en juego es demasiado significativo como para eludir el debate.
*Abogado y fundador del Foro Democrático.