Jesse Eisenberg se puso en el mapa internacional cuando protagonizó, en 2010, “La red social”, la obra maestra de David Fincher, suerte de biopic de Mark Zuckerberg, creador de Facebook. Desde entonces, se ha mostrado como un actor multifacético, capaz de ser parte de producciones comandadas por Woody Allen, hasta de encarnar a un villano de Marvel. Lo cierto es que, cuando de escribir y dirigir sus propias películas se trata, su espacio natural es el de las pequeñas historias familiares, esas que van desde la anécdota hacia la hondura vital.
Su ópera prima “Cuando termines de salvar el mundo” (2022) —protagonizada por Julianne Moore y Finn Wolfhard—, presenta a una madre y a un hijo adolescente en permanente conflicto por la diferencia de sus anhelos e intereses. No obstante, lo que hace que este título destaque entre otros muchos que retratan esa dinámica (y hay que decirlo, también sus clichés) es que, a lo largo del metraje, ese continuo desencuentro de sus personalidades les permite redescubrirse para, por fin, mirarse el uno al otro sin las anteojeras de sus propios egoísmos y prejuicios.
Esa forma de recorrido esencial se mantiene en “Un dolor real” (2024), en donde Kieran Culkin —nominado al Oscar por este papel— y el propio Eisenberg, son dos primos hermanos, de origen judío, que visitan Polonia para conocer la tierra de su abuela fallecida. La presentación de ambos, en las primeras secuencias, nos hace pensar que estamos frente a una buddy movie que, pronto, se va convirtiendo en un tipo de película de carretera. Sin embargo, a diferencia de otras cintas que se acercan a una celebración cómica de ese contraste de sus personalidades, “Un dolor real” hace honor a su título, al estar atravesada por la tristeza. Una que no solo tiene su origen en el luto que los embarga, sino también en una serie de duelos que encarna, principalmente, el personaje de Culkin.
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Así, lo vemos buscar, en su primo (con una vida estable, muy distinta a la suya), al niño que protegía en los campamentos, con el que tomaba clases de piano, y al adolescente con el que fumaba porros sin preocuparse por el futuro. Un estado de melancolía que se entremezcla con chispazos de alegre desborde y breves exabruptos rabiosos que retratan, como pocas veces en el cine, la complejidad de la depresión. Por su parte, el papel de Eisenberg pone en pantalla la contrariedad de aquellos que, con impotencia, pero también con culpa, presencian ese tren al borde del descarrilamiento.
Al igual que en su primer trabajo como cineasta, Eisenberg se acerca a sus personajes sin aspavientos visuales: de los planos generales, pasa a los planos medios, y a los travellings y panorámicas que acompañan el andar de sus personajes. Solo cuando se trata de momentos confesionales, o muy íntimos, aplica lentos zoom in que guardan la respetuosa distancia de un plano medio corto, o terminan en algún eventual primer plano. De esta manera, Eisenberg demuestra que lo suyo no es la manipulación sentimental, sino el brindar la experiencia de observar la humanidad —en su nimiedad y su grandeza— fuera del gesto aplicado y correctamente actuado.
Para el actor y también director, se trata de que —como apunta el guía turístico de la película, refiriéndose a la ciudad que recorren—, podamos distinguir, más allá de lo que es identificable a simple vista, esos “pedazos de historia” que esperan ser descubiertos en sus personajes. “Un dolor real” es de esas películas que, en su aparente sencillez, crece en la memoria. No dejen de verla.