Dos años menor, Nicolás Yerovi (Lima, 1951-2025) primero fue mi alumno, en 1968, en las clases prácticas del curso de Lengua que dictaba Luis Jaime Cisneros, en la Universidad Católica (allá, en la Plaza Francia). Luego, fue mi principal cómplice en el “activismo” con que, en 1969-1970, viví la efervescencia poética de esos años de irrupción de la generación del 68 (o 70), coordinando a Cirle (Círculo de Letras), grupo formado ante la convocatoria del Centro Federado de Letras (vía Mariano Benites) para promover las actividades literarias. Entonces, Nicolás me presentó a sus compañeros con los que, desde fines de la secundaria en La Salle, publicaba la revista Collage: los poetas Luis La Hoz e Iván Larco, y el artista plástico Carlos Cornejo. Fiesta continua de la poesía en ese contexto irrepetible, pródigo en poemarios innovadores y manifiestos colectivos. Fiesta que encarnan indelebles la carcajada solar de Nicolás, su ingenio desbordante y su alegría de vivir.
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Poco a poco, fue madurando en él su sintonía congénita con su famoso abuelo. Es el caso más admirable que conozca de “herencia” literaria en el Perú. Se llamaban igual: Leonidas Nicolás. Compartían la sensibilidad poética, el humor entroncado con nuestra secular tradición satírica y costumbrista, el fervor por la dirección de revistas (sobre todo, la imprescindible Monos y monadas rediviva) y el dominio del lenguaje teatral. Nicolás le agregaba la pericia narrativa, con logros tan notables como su excelente novela La casa de tantos (protagonizada, justamente, por su abuelo) y sus añoranzas (microrrelatos de no ficción, cuando no poemas en prosa) perennizadas en Los años inmóviles.
La semejanza mayor radica en la fluidez de sus versos y sus prosas: manantial fresco y cristalino, preciso y sugerente a la vez. Esa sensación de “facilidad” y “naturalidad” resulta más llamativa en Nicolás, lector entusiasta del barroco Martín Adán (le dedica su tesis universitaria), de la aventura vanguardista (ahí Vallejo, ahí Oquendo de Amat) y el aporte de la poesía contemporánea de lengua inglesa (con la reelaboración peruana a cargo de Luis Hernández y Antonio Cisneros).La muestra superlativa de su generosidad constituye cómo se dedicó a reunir todos los cuadernos entrañablemente lúdicos que Luis Hernández (gran amigo al que convenció que recitara con Cirle en 1970, en la librería Castro Soto) obsequiaba sin control, y aseguró su difusión, mediante la primera edición de Vox Horrisona.