María Parado de Bellido fue fusilada por los realistas el 1 de mayo de 1822. Derecha: Natalia Sobrevilla, descendiente de la he  roína y catedrática de Historia en la Universidad de Kent, Inglaterra.
María Parado de Bellido fue fusilada por los realistas el 1 de mayo de 1822. Derecha: Natalia Sobrevilla, descendiente de la he roína y catedrática de Historia en la Universidad de Kent, Inglaterra.
Edición 2588: Viernes, 3 de Mayo de 2019

La Súper Nieta

Escribe: Marco Zileri | De la heroína María Parado de Bellido.

María Parado de Bellido fue fusilada por los realistas el 1 de mayo de 1822. Derecha: Natalia Sobrevilla, descendiente de la he  roína y catedrática de Historia en la Universidad de Kent, Inglaterra.
María Parado de Bellido fue fusilada por los realistas el 1 de mayo de 1822. Derecha: Natalia Sobrevilla, descendiente de la he roína y catedrática de Historia en la Universidad de Kent, Inglaterra.

La historiadora Natalia Sobrevilla Perea desbroza de memoria el árbol genealógico de su familia paterna y alza el mentón desafiante. No es para menos: ella es descendiente directa de la heroína de la Independencia María Parado de Bellido.

El 1 de mayo de 1822, María Parado fue fusilada en Huamanga por los realistas. Se la había capturado con correspondencia y acusado de conspirar a favor de las huestes independentistas. Era muy cierto. La valiente dama ayacuchana había abrazado tempranamente la causa de la libertad. En cautiverio se negó a revelar el nombre de sus cómplices y el desalmado general José Carratalá ordenó ejecutarla.

Ante el pelotón de fusilamiento, María Parado alzó el mentón y desafió la muerte. Se trataba de una comerciante quechua hablante casada con Mariano Bellido. Tenía en ese entonces aproximadamente 60 años –no hay registros certeros de su fecha de nacimiento– y siete hijos.

Sobrevilla enumera los descendientes como las cuentas de un rosario: Andrea, hija de María y Mariano, contrae nupcias con Avelino Pacheco. El hijo de ambos, Andrés Avelino, procrea a Olimpia, quien es a su vez es madre de David Tomás, padre de Luis y abuelo de Natalia. De ahí le zumban las balas.

Ejecución en la plaza de Armas de Huamanga.
Ejecución en la plaza de Armas de Huamanga.

Natalia Sobrevilla, 48, limeña, es especialista en el proceso de independencia en América Latina. Profesora de Historia en la prestigiosa Universidad de Kent, en Inglaterra, ha publicado varios trabajos sobre el tema y ahora está concentrada en la revisión final de su próximo libro: Ciudadanía en armas: historia del

Ejército del Perú 1800-1860. Se trata de una historia vital y convulsa de pillos y montepíos, un periodo en el que el destino de la república peruana estuvo marcado por el estampido de los fusiles.
Sobrevilla es de la escuela de Basadre, quien, en respuesta al fatalismo de Gonzales Prada, sentenció que al estudiar el siglo XIX había que “salir de la cueva de los bandoleros”. Las palabras clave: territorio, elección, Constitución, revolución, institucionalización. “Trato de entender la institucionalidad temprana hasta la época del guano”, explica la historiadora.

La trama –de caudillos militares y guerras civiles, actos de nobleza y artera traición– es digna de Netflix. En resumidas cuentas: “En la guerra de la independencia, el Ejército se convierte en el Estado”. Y en medio de la incertidumbre, “los caudillos vivían obsesionados con la Constitución, las elecciones y la legitimidad. No era suficiente con ser dictador, sino dictador con su propia Constitución”, describe la investigadora. Cabe preguntarse si, doscientos años después, el subdesarrollo nacional se debe al protagonismo del Ejército y a esos convulsos orígenes. Sobrevilla se frota el mentón, mientras medita, y concluye: “No creo, aunque esto puede haber inhibido la formación de otras instituciones”.


La Fusilería

Dictadores y la legitimidad constitucional.

En 1841, en plena anarquía militar, el diario cusqueño Libertad Restaurada sentenció: “El soldado, que es un ciudadano, no recibe su carácter superior cuando viste una casaca y toma un fusil, ni se sustrae de la sujeción de las leyes cuando ciñe una espada; no con el morral puesto debe de dejar de representar a las autoridades constituidas según la Ley”. De ahí el título del libro de Sobrevilla: Ciudadanía en armas.