Edición 2466: Jueves, 15 de Diciembre de 2016

Szyszlo y la Vida Sin Dueño

Son cinco, a nuestro criterio, los peruanos vivos más ilustres: Juan Diego Florez, P. Gustavo Gutiérrez, Javier Pérez de Cuéllar, Fernando de Szyszlo y Mario Vargas Llosa.

Cada uno de ellos, además de ser inalcanzables en sus logros y respectivos campos de acción, tiene una fibra muy peruana y prestigian nuestro país en el mundo entero.

No sorprende, entonces, que el maestro Szyszlo haya publicado sus memorias bajo el sugestivo título La vida sin dueño (Alfaguara, 276p.) y relieve en ellas la sencillez de un camino signado por una verdadera sinfonía de colores y la constante búsqueda de la perfección objetivo en el cual, como él mismo reconoce, generalmente fracasa pues cada una de sus obras, citándolo textualmente, es el “homicidio de un sueño”.

Las obras de arte de Szyszlo son peruanísimas y eso enorgullece la cultura peruana y contribuye a darle una dimensión universal al arte pictórico de nuestro país. Sobrino carnal de Abraham Valdelomar, la cultura fue un hecho infeccioso desde su tierna infancia y aunque el grandioso vate murió seis años antes de nacer él, pareciera que su influencia se prolongó más allá de la muerte.

Ha sido, por eso, emocionante releer Tristitia, el bellísimo  poema de Valdelomar que se reproduce en el libro y que, según declara el sobrino al que aludo, el propio Pablo Neruda le confesó que lo sabía de memoria. No llama la atención.

La vida de Fernando de Szyszlo está signada por su pasión pictórica, por su vinculación con el mundanal ruido y por su muy afortunada capacidad para establecer relaciones estrechas con sus congéneres. No hay, ciertamente, personalidad de la cultura hispanoamericana con la que en su larga vida no haya establecido una amistad cercana o, incluso, una complicidad cultural, desde Borges hasta Neruda, desde Octavio Paz hasta Botero, desde Vargas Llosa hasta Breton. Vallejo se le escapó en París, en aguacero, por pocos años pero la cercana relación establecida con la inefable Georgette y el mechón del cabello de nuestro glorioso poeta que conserva como un tesoro lo compensan ampliamente. En fin, nadie se escapa.

Todo eso hace de La vida sin dueño un libro muy singular. Siempre he creído que para publicar  memorias la vida del autor no solo tiene que ser digna de contarse sino que, además, debe ser una obra de arte en sí misma. Ciertamente, la trayectoria vital de un ser humano puede ser una creación artística  y parece que este es el caso.

No puedo hablar mucho  de pintura porque no paso de ser un simple entusiasta de este arte pero sí creo interpretar al país entero si digo que la vigencia del sistema democrático y de los derechos humanos en el Perú se debe, en buena parte, no solo al pincel sino a la pluma exquisita de Fernando de Szyszlo y a su lucha sin cuartel contra el autoritarismo y las lacras contraculturales que le son inherentes.

Falta retratar, entonces, al Szyszlo directamente comprometido con el pueblo y su libertad. Esa asignatura está aún pendiente. (Harold Forsyth)