En medio de la ciudad fantasma de Pripyat destaca su Rueda de la fortuna, inmóvil y contaminada desde el accidente. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)
En medio de la ciudad fantasma de Pripyat destaca su Rueda de la fortuna, inmóvil y contaminada desde el accidente. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)
Edición 2597: Lunes, 8 de Julio de 2019

Turismo con el medidor de radiación en la mano

Escribe: Giuseppe Albatrino | Con un área algo mayor que medio Tumbes, la zona de exclusión de Chernóbil ha cobrado vigencia gracias a la nueva serie de HBO que rememora la catástrofe nuclear de 1986. Con acceso controlado y el peligro constante de la radioactividad, el lugar se ha convertido en una atracción turística de Ucrania.

 En medio de la ciudad fantasma de Pripyat destaca su Rueda de la fortuna, inmóvil y contaminada desde el accidente. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)
En medio de la ciudad fantasma de Pripyat destaca su Rueda de la fortuna, inmóvil y contaminada desde el accidente. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)

Es curioso notar que en Hiroshima y Nagasaki viven más de 1.6 millones de personas mientras que en kilómetros a la redonda del reactor número 4 de Chernóbil nadie puede hacerlo. Y es que, a pesar de no haber sido arrasada por un arma nuclear, la zona sufrió una radiación doscientas veces mayor que la de ambas ciudades combinadas. Como resultado, se requerió el trabajo de más de medio millón de personas para intentar descontaminar el lugar.

Si a lo anterior le sumamos el secretismo ruso de la época y el hecho de que, de no haber sido controlada la situación, el continente europeo podría haberse vuelto inhabitable por la contaminación radiactiva, estamos ante un evento que podría interesar a los productores televisivos.  Tal como ocurrió con HBO, que este año lanzó una serie que dramatiza los eventos sucedidos tres décadas atrás.

Y drama humano no falta.

Empezando por el de los primeros bomberos que llegaron al lugar de la explosión, asistidos tan solo con agua para apagar un fuego nada convencional. O el de los pilotos de helicóptero, convocados días después, volando sobre los escombros contaminados para arrojarles sacos de boro. O el de los “Tres héroes de Chernóbil”, que enfundados en sus trajes de buzo se sumergieron en aguas venenosas para abrir válvulas que prevendrían una nueva y más grande explosión. Todo ello, bajo el acecho de la radiación iónica que dejará a su paso a nuevos cancerosos y quemados.

Lo más cercano que puede acercarse el visitante al reactor nuclear son 300 metros. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)
Lo más cercano que puede acercarse el visitante al reactor nuclear son 300 metros. (Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic)

El eco de este drama es el que los turistas pueden revivir al visitar la zona de exclusión, aquella área a la que el gobierno de Ucrania controla su acceso, por tener aún vestigios de radioactividad. Las agencias de turismo ofrecen, por precios que van de 99 a 149 dólares, visitas guiadas de doce horas. Incluyen el paso por una villa a la que el bosque viene engullendo, con algunas hojas rojas a causa del uranio. Una caminata por la hoy famosa Pryat, ciudad fantasma, cuyos cuarenta mil habitantes tuvieron que ser evacuados por estar tan solo a tres kilómetros del lugar de los hechos. En ella, se visita su hospital, cafés, un cuartel y la famosa rueda de la fortuna que ilustra algunas versiones del libro “Voces de Chernóbil” de la ganadora del nobel Svetlana Aleksiévich.

Como no podría faltar, los visitantes pueden observar el sarcófago, una enorme estructura de cemento construida para cubrir lo que quedaba del reactor, desde una distancia de 300 metros.

Para los que no podemos ir, diversas experiencias están compartidas en Youtube, dónde se podrán encontrar vídeos que van desde lo que buscan el morbo a partir de los restos de la zona, a aquellos grabados profesionalmente y que capturan con sobriedad cómo una ciudad ha sido congelada en el tiempo. Eso sí, nadie puede llevarse nada del lugar. Esto está controlado por las autoridades para proteger la salud de los turistas, aunque de seguro el frecuente sonido del medidor de radiación basta para recordárselos.