En su nombramiento el Arzobispo Carlos Castillo se quitó la mitra dejando ver su solideo en señal de humildad.
En su nombramiento el Arzobispo Carlos Castillo se quitó la mitra dejando ver su solideo en señal de humildad.
Edición 2580: Jueves, 7 de Marzo de 2019

El Arzobispo Alegre

Entrevista: Marco Zileri | En ceremonia sencilla y rompiendo protocolos, Carlos Castillo asumió como Arzobispo de Lima.

En su nombramiento el Arzobispo Carlos Castillo se quitó la mitra dejando ver su solideo en señal de humildad.
En su nombramiento el Arzobispo Carlos Castillo se quitó la mitra dejando ver su solideo en señal de humildad.

Siendo el sábado 1 de marzo a las 12:22 del mediodía, el ritual de asunción al mando del nuevo Arzobispo de Lima alcanzó su clímax. El elegido del Papa Francisco se postró de bruces, la testa en dirección al altar y fue cubierto por un manto. El acto de suprema humildad simboliza el abandono de esta vida por el más allá. Los feligreses se pusieron de rodillas mientras el coro de la Pontificia Universidad Católica cantó la letanía de la protección de los santos, tan antigua como la propia Iglesia. La lista de oraciones, de pausada y sincopada cadencia, invocó un total de 45 santos, como quien cuenta ovejas. Esto, mientras el cuerpo postrado boca abajo de Carlos Castillo Mattasoglio permanecía inmóvil en el piso y a su alrededor se desplegó lenta y calculadamente los siguientes pasos de la liturgia.

–Santa María, madre de Dios

/ Ruega por nosotros

San Miguel

/ Ruega por nosotros

Santos ángeles de Dios

/ Ruega por nosotros

San Juan Bautista

/ Ruega por nosotros

San Bartolomé

/ Ruega por nosotros

Santa Rosa de Lima

/ Ruega por nosotros.

Entre los santos cuya protección fue invocada, Castillo quiso que se incluya a San Óscar Romero, obispo de San Salvador, asesinado por paramilitares en 1980, recientemente canonizado. “La Iglesia tiene formas sutiles de manifestarse”, anotó el tenor del coro de la PUCP. Este sacerdote de 30 años tiene una voz tan dulce como su rostro de querubín. Es natural de Guatemala y estudió en el convento Santo Toribio, donde también fue director del coro. 

Por cierto, ahí no finalizaron los mensajes cifrados de la iglesia. Acto seguido se procedió con el ritual de imposición de manos. Castillo se incorporó como quien despierta de un profundo sueño y se acercó al Nuncio Apostólico, Nicola Girasoli, arrodillándose ante él. El monseñor colocó sus manos sobre la cabeza del arzobispo electo. Después, los demás obispos, uno a uno, se acercaron al hombre de rodillas e impusieron sus manos. El primero fue el Arzobispo de Lima saliente, Juan Luis Cipriani, quién tardó tanto en cumplir con el ritual como la reacción al recibir un latigazo eléctrico. Larga, sentida y profunda fue, en cambio, la imposición de manos  del monseñor Luis Bambarén Gastelumendi sobre la testa recién rapada del Arzobispo entrante.

Carlos Castillo es el primer Arzobispo de Lima, en 111 años, que Roma nombra de un solo trancazo, sin haber sido Obispo. “El Papa no quiere un hombre de oficina, un burócrata, sino un misionero”, explicó el Nuncio Apostólico en una efusiva homilía. Girasoli parecía el hombre más feliz de la tierra con el nombramiento. Grande, cano y rosado, Nicola Girasoli recordó que Castillo “gusta de la bicicleta, de manera que ahora la Iglesia no andará, sino pedaleará con él. Y vamos a necesitar muchas ciclovías, porque pedaleamos todos juntos con él”, exclamó. El Nuncio Apostólico es natural del sur de Italia, lo que explicaría el generoso despliegue de entusiasmo con el que condujo la liturgia.

Despedida de Cipriani.
Despedida de Cipriani.

Carlos Castillo Mattasoglio, de 68 años de edad, cura diocesano, no pertenece a ninguna orden religiosa, es sociólogo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con un doctorado de teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Descubrió su vocación religiosa siendo adolescente, pero solo se ordenó de sacerdote a los 34 años de edad. Luego, obedeciendo a sus mentores, los padres Hugo Risco y Gustavo Gutiérrez, acumuló “experiencia de vida” en las alturas de Cerro de Pasco como profesor de sociología en la Universidad Alcides Carrión a finales de la década  de 1970. Su nombramiento representa una suerte de viaje a la semilla de la iglesia católica limeña y mazamorrera. La última parroquia en la que le tocó servir a Castillo fue la de San Lázaro, en el Rímac, que es a su vez el primer templo cristiano de Lima, construido en 1563. En él operaba un leprosorio  que otorga el nombre. Tan antigua es la humilde iglesia que el Obispo Martínez de Compañón pernoctó ahí antes de ingresar finalmente a Lima por el Camino Inca en 1768. Desde entonces es tradición de la Iglesia que el ritual de cambio de mando del nuevo Arzobispo de Lima se inicie en San Lázaro y luego la nutrida comparsa camine por el Jirón Trujillo hasta la  Catedral de Lima a cinco cuadras de distancia, a la otra vera del Río Hablador. Así fue con Juan Luis Cipriani, Juan Landázuri Ricketts y el único antecedente de Castillo en una centuria que pegó el brinco jerárquico de sacerdote a Arzobispo sin ser obispo en 1907, Pedro Manuel García Naranjo.

A medida que se acercaba a la iglesia de San Lázaro el ambiente era crecientemente festivo. Un alegre cordón humano resguardaba el pasaje por donde la comitiva marcharía rumbo a la Plaza de Armas. Precedería la comparsa un sexteto de tamborileros abriendo cancha a ritmo de batucada. Lo seguirían las monjas de riguroso negro, seminaristas de rostros iluminados,  unos vestidos de laico, otros en sotanas blancas tan marciales como arrogantes soldados de Cristo. Solo faltaba a los ‘Saqras’  (diablos) caminando por los tejados para que fuese el espectáculo un símil de la fiesta de Paucartambo en Cusco.

En eso abrióse paso entre el gentío un verdadero peso pesado de la iglesia con un cartapacio bajo el brazo. Era tan grande que no giraba, sino rotaba sobre su eje, a la espera del resto de la comparsa, deteniéndose a pocos pasos de este escriba

–¿De dónde es usted, padrecito?

–Polonia, respondió contundentemente.

–¿Nombre?

–Padre Gregorio.

–¿Qué lo trae por estos lares?

–Soy el consejero de la Nunciatura.

–¿Cuál es el significado político del nombramiento de Castillo?

–La Iglesia no se mete en política, aclaró secamente.

–¿Y el significado teológico?

–El Papa etc. etc.

En eso el mundo se puso nuevamente en movimiento. Castillo es un cura progresista, partícipe del sentido teatral de la iglesia y su cerrada coreografía, sin perder la alegría. En el núcleo de la comitiva, el arzobispo electo lucía, a su salida de San Lázaro, un hábito lila y una ancha sonrisa. Cuatro tenderos sostenían los soportes de un tapasol dorado de terciopelo. Los camarógrafos de la prensa precedían la escena como una coraza marchando de espaldas. Castillo saludaba a diestra y siniestra a los muchos vecinos de bajo el puente que lo admiran. La partitura musical pasaba del huaylarsh a la salsa. A la altura de Jirón de la Unión, colateral a Palacio de Gobierno, la banda tocó “Semilla de Mostaza” que a la letra dice:

Si pudiera ser como un granito de mostaza, eso dice el Señor

Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. En la Plaza de Armas una alfombra de flores tapizó el último trecho del camino del carismático cura Castillo rumbo al Arzobispado. Lo acompañaron a su ingreso a la Catedral sus dos mentores: Hugo Risco, quien lo animó a ser cura diocesano, y el padre Gustavo Gutiérrez, el ideólogo de la Teología de la Liberación, a sus 89 años al lado de su consagrado discípulo con cristiano estoicismo.