Eyvi Ágreda
Eyvi Ágreda
Edición 2542: Lunes, 11 de Junio de 2018

Reflexión y acción para erradicar todo tipo de violencia

Escribe: Patricia Sánchez Urrego | Decana de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.

Eyvi Ágreda
Eyvi Ágreda

01 de junio de 2018. Este día debe marcar un hito. Ese día una mujer más ha muerto en el Perú, víctima de la condición en que la dejó el brutal ataque de un hombre que se creyó con derecho a violentarla. En un país en donde las cifras indican que al día se denuncian 70 actos de violencia sexual, donde el 65% de las mujeres señala que han sido víctimas de un acto violento por parte de sus esposos o compañeros, esta muerte no debe ser una más, debe ser el hito que necesitamos todos para empezar a hacer algo, para llamar no sólo a la reflexión sino también a la acción.

Si bien la violencia no se puede erradicar por un decreto, mucha falta nos hace legislación que apoye a las víctimas. Pero también nos hace falta cambiar, cambiar en las pequeñas cosas que forman esquemas de pensamiento. ¿Nos hemos puesto a analizar cómo es la comicidad peruana, por ejemplo? Les pido que recuerden un chiste o situación “graciosa”, ya sea en forma oral o audiovisual. Con honrosas excepciones podrán darse cuenta de que en la mayor parte existe una gran carga de violencia, siempre haciendo “víctima” a una persona ya sea por su condición de género, edad, raza, nivel educativo, entre otros.

Lo más triste es que seguramente nos reímos al recordarlo. ¿Lo consideran justo? ¿Han escuchado a sus hijos repetir similares narraciones frente a ustedes y no han hecho nada por enseñarles lo incorrecto de sus palabras o acciones? ¿Siguen haciendo “chistes” en la oficina que tengan como centro a una mujer? Estas situaciones son comunes porque permitimos que lo sean. Y ciertamente tienen mucho que ver con la violencia de género o la violencia en general.

Esas narraciones “graciosas” llevan consigo una representación de lo que está bien o lo que está mal en una sociedad. Si hacemos mofa denigrando a una persona por su raza, estamos avalando que ese comportamiento es normal en la sociedad en la que vivimos. Si en una oficina comentamos que una mujer gana más no necesariamente por su valía profesional, estamos perpetuando el pensamiento según el cual una mujer no puede ser buena profesional y no merece ser mejor evaluada que un hombre.

¿Nos hemos puesto a escuchar la letra de las canciones que muchos niños y jóvenes escuchan y bailan? Hay que hacerlo. Démonos tiempo para ello y podremos darnos cuenta del grado de exposición a la violencia en que estamos.

En un mercado libre, donde existe no sólo libertad de empresa sino también libertad de expresión, se generan millones de flujos de información cada minuto. Debemos decidir cómo queremos consumir esa información. No es con intolerancia que se generan los cambios, sino con apertura. Si partimos del hecho de que todos, sin importar ninguna característica en particular, queremos vivir en un mundo feliz, tenemos que valorar el derecho que todos tenemos a ser iguales. Con derechos iguales, seremos tratados de la misma forma.

Nuestra Constitución, una unidad narrativa que establece lo bueno en nuestra sociedad, señala en su primer artículo:

“La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”.

¿Cómo concordamos con esta expresión si en nuestras narraciones cotidianas no respetamos a nadie? Los hombres, como especie, hemos sobrevivido gracias a narraciones que nos permitieron crear construcciones imaginarias como las sociedades. Si queremos cambiar como sociedad, tenemos que cambiar aquellas narraciones con las que convivimos todos los días. La tarea es titánica, pero tenemos que emprenderla.

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