Eudocio Ravines, Pedro Beltrán, Haya de la Torre y Manuel Odría almuerzan donde Fernando León de Vivero, presidente de la Cámara de Diputados (1958). En 1962 Manuel Seoane criticó aproximaciones del APRA con Odría.
Eudocio Ravines, Pedro Beltrán, Haya de la Torre y Manuel Odría almuerzan donde Fernando León de Vivero, presidente de la Cámara de Diputados (1958). En 1962 Manuel Seoane criticó aproximaciones del APRA con Odría.
Edición 2532: Miércoles, 28 de Marzo de 2018

Con las Manos en la Mesa

Por: Jaro Adrianzén | Un repaso histórico al papel conciliador de la cocina en la política peruana mientras se come (y se transa) rico.

Eudocio Ravines, Pedro Beltrán, Haya de la Torre y Manuel Odría almuerzan donde Fernando León de Vivero, presidente de la Cámara de Diputados (1958). En 1962 Manuel Seoane criticó aproximaciones del APRA con Odría.
Eudocio Ravines, Pedro Beltrán, Haya de la Torre y Manuel Odría almuerzan donde Fernando León de Vivero, presidente de la Cámara de Diputados (1958). En 1962 Manuel Seoane criticó aproximaciones del APRA con Odría.

“Demos a los más feroces oposicionistas una cuchara para meter en la olla del presupuesto, y ya veremos si encuentran sabroso el guiso que segundos antes juzgaban desabrido y malo”, escribía con pluma profética Manuel González Prada hace más de 100 años. “Lo que en Lima se hace es comer”, sintetizó el ensayista en Nuestros ventrales, del libro Horas de Lucha (1908), con una precisión que se expande al resto del territorio, donde la democracia a veces se siente solo a través del hambre. Aquí se come, se engulle y se bebe. Y durante ese ritual casi religioso se mastican tratos y se digieren alianzas, como lo evidencia nuestra historia.

El almuerzo de la “concha su madre” al que se refirió Kenji Fujimori en los videos amateurs que grabó Moisés Mamani –en ángulo contrapicado y plano montesinista–, revela mucho más que las exageradas formas del benjamín para describir el bitute. Pone sobre la mesa, o debajo de ella, el rol jerárquico de la comida sobre el que escribió Raúl Vargas en La Academia en la Olla. Reflexiones sobre la comida criolla (USMP, 1995), en el que se refiere a los banquetes como una demostración de poder que se remonta a las formas ancestrales de la tribu y el clan.

Nicolás de Piérola preside la cena de una estampa satírica en La Rebelión de los Lápices (BNP, 2012). El cordero representa  al país, próximo a ser devorado.
Nicolás de Piérola preside la cena de una estampa satírica en La Rebelión de los Lápices (BNP, 2012). El cordero representa  al país, próximo a ser devorado.

A inicios del siglo pasado, González Prada ya había explicado otra dimensión del poderío culinario. “Los grupos no se constituyen por asociación de individuos bien intencionados, sino por conglutinación de vientres famélicos: no se alían cerebros con cerebros, se juntan panzas con panzas”, ensayó el escriba sobre la capacidad de la gastronomía para unir intereses particulares y limar asperezas. Como bien supieron Víctor Raúl Haya de la Torre y Manuel Odría, quienes en 1958 se sentaron a compartir un almuerzo criollo en casa del presidente de la Cámara de Diputados, Fernando León de Vivero, junto a Eudocio Ravines y Pedro Beltrán.

Hoy, Pedro Pablo Kuczynski (el exjefe de la tribu) habría utilizado ‘piqueítos’ y platillos para sazonar las tertulias conciliadoras con las que planeaba librarse de la vacancia, según lo dicho por Kenji Fujimori y compañía. La charla durante o después del bitute, ojo, no implica la comisión de un delito. Pero en casos particulares, es un sano escepticismo el que cubre con un mantel de sospecha estos encuentros, gracias a sus interlocutores y el contexto en el que se desarrollan.

Agustín Mantilla, López Meneses y Javier Ríos en restaurante Fiesta.
Agustín Mantilla, López Meneses y Javier Ríos en restaurante Fiesta.

Como el caso de Agustín Mantilla en un privado del Fiesta miraflorino (2007), donde el exministro aprista ejercitó la mandíbula a la par del operador montesinista Óscar López Meneses, el general del Ejército en actividad Roberto Vértiz y el candidato al Tribunal Constitucional Javier Ríos, entre otros. O el entripado culinario de Omar Chehade en Las Brujas de Cachiche (2011). Al exvicepresidente se le acusó de promover la cena de su hermano, el congresista Miguel Chehade, con miembros de la Policía para coordinar el de-salojo de la azucarera Andahuasi en favor del grupo Wong.   

En el Perú los platillos nacieron de la necesidad. Allí tenemos a los anticuchos, el arroz chaufa o el tacu tacu, cuyo nombre se origina en el vocablo quechua takuy, que significa mezclar una cosa con la otra. Allá por el 2011, fue precisamente la incontenible necesidad de llevarse algo a la boca y la reacción fisiológica que implica lo que motivó a Alberto Químper a violar su arresto domiciliario y darse un salto a La Bombonniere sanisidrina para comer uno de sus míticos bizcochos.

“Almuerzos de la csm” y la comida como complemento de pactos.
“Almuerzos de la csm” y la comida como complemento de pactos.

En su declaración del pasado 28 de febrero, Jorge Barata dijo que “Perú tiene una característica, doctor. Le gusta mucho hacer almuerzos, cocteles. Era natural, durante la semana, tener dos o tres eventos (…). Era parte del día a día empresarial”. No se trata de una confesión sobre tratos ilegales sobre la mesa pero pone un reflector sobre la cultura institucionalizada de resolver disensos con buena comida. Y con sospechosas sobremesas. Como dijo Jean Brillat-Savarin, autor de Filosofía del Gusto, “dime lo que comes y te diré quién eres”. Y no hay que ser muy diestro (ni zurdo) para deducir que el menú nacional ha sido encabezado por la yuca frita y el cebiche de conchas negras. En especial el fujimorista.

MGP: No se alían cerebros, sino panzas. Derecha, Jorge Barata: acuerdos en el almuerzo.
MGP: No se alían cerebros, sino panzas. Derecha, Jorge Barata: acuerdos en el almuerzo.

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