Edición 2522: Lunes, 22 de Enero de 2018

La Iglesia que recibió al papa Francisco

Escribe: Rolando Iberíco Ruiz*

El Concilio Vaticano II – asamblea de obispos de toda la Iglesia católica reunidos entre 1962 y 1965 para leer el Evangelio a la luz de los tiempos contemporáneos – significó un “nuevo pentecostés”, es decir un tiempo de creatividad y dinamismo para la práctica pastoral y la reflexión teológica en el mundo católico. Como afirma el teólogo canadiense Gilles Routhier, con el Vaticano II la Iglesia se embarcó en el proceso de constituir un “nuevo catolicismo” en diálogo con el mundo, capaz de reconocer la presencia de Dios en él, para promover la justicia, la paz y la misericordia. En América Latina, el espíritu del Concilio se aplicó desde una lectura de los grandes problemas de pobreza e injusticias estructurales asociados al sistema económico-político. En la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín en 1968, los obispos de la región definieron que la fe implica un profundo compromiso con el prójimo, especialmente con los más frágiles, en el desafío de construir una sociedad solidaria, digna y justa. Esta tarea, afirmó en 1969 el cardenal Juan Landázuri Ricketts, es “para la Iglesia en Latinoamérica […] la esperanza, la lucha, el sueño que ahora se está convirtiendo en realidad: ser un servidor de la sociedad en revolución”.

La implementación del Concilio Vaticano II y de Medellín implicó un giro radical para la Iglesia peruana, pues la pastoral se enfocó en formar comunidades cristianas críticas frente a la realidad política, económica y social. Esta nueva actitud se inspiraba en una lectura de la Biblia que interpelaba la acción y el compromiso del creyente con su realidad, como ya lo había hecho Jesús en su tiempo con parábolas tan provocadoras como el Buen samaritano o el Hijo pródigo. De esta manera, en medio de estas comunidades surgieron iniciativas solidarias como los comedores populares, los programas de alfabetización o el compromiso con la defensa de los derechos humanos. En los años ochenta, cuando nuestro país era golpeado por una cruenta guerra interna y una lapidaria crisis económica, la Iglesia supo estar a la altura de las graves circunstancias que aquejaban a la población. La opción preferencial por los pobres, ratificada en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla (1979), y la pastoral comprometida con la realidad del país, forjaron una Iglesia sólida y presente en la vida del país.

Cuando en 1985, Juan Pablo II visitó el Perú encontró una Iglesia organizada, dinámica y viva. Víctor Chero, laico católico y vecino de Villa El Salvador, al dirigirse al papa Juan Pablo II resumía la labor de la Iglesia en esos primeros veinte años: “Santo Padre, tenemos hambre, sufrimos miseria, nos falta trabajo, estamos enfermos. […] Pero, a pesar de todo esto, creemos en el Dios de la vida, de la vida plena, de la naturaleza y de la gracia. […] Desde los inicios caminamos con la Iglesia y en la Iglesia. Y la Iglesia camina en nosotros y con nosotros. Ella nos ayuda a reconocer y a vivir nuestra dignidad como hijos de Dios y hermanos de Cristo”. Las palabras de Víctor Chero daban cuenta del trabajo pastoral realizado por la Iglesia católica en el país.

Desde la década de 1990, a raíz de las diferencias teológicas y pastorales al interior del catolicismo, no solo peruano sino internacional, el trabajo pastoral de la Iglesia ha perdido fuerza en medio de las comunidades cristianas. A veces, el temor al compromiso político de los laicos y sus comunidades, ha atemorizado a la jerarquía de la Iglesia. La pérdida, en estos últimos años, de la presencia pública de la Iglesia en el país y de su participación en los debates públicos ha sido notoria. En este sentido, el profetismo del episcopado peruano de las décadas de 1970 y 1980 necesita ser recuperado. Además, se corre el riesgo de reducir la riqueza del mensaje cristiano solo a los temas innegociables (aborto, familia y educación), sin recordar que la defensa de la totalidad de la vida y la familia se realizan por la exigencia mayor de defender y promover la dignidad humana, como recordó en 2006 el papa Benedicto XVI.

La Iglesia que hoy recibe al papa Francisco necesita escuchar a su pastor para volver a repensar sus estructuras pastorales y teológicas. Hacer una revisión del camino presente es un ejercicio recogido por la espiritualidad cristiana. Además, recordar la historia ya recorrida para enriquecer el presente, puede continuar revitalizando la vida de la Iglesia hoy. La visita de Francisco puede ayudar a dar nuevos impulsos a la vida de la Iglesia peruana para, como dice el propio papa, “ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”  (Evangelii Gaudium n. 33).

*Rolando Iberico Ruiz, historiador y profesor del Departamento de Teología de la PUCP.

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