Andrés Roca Rey, el príncipe peruano de los ruedos del mundo, de 21 años, ofrendó su primer capote a las custodias del Señor de los Milagros, patrono del Perú.
Andrés Roca Rey, el príncipe peruano de los ruedos del mundo, de 21 años, ofrendó su primer capote a las custodias del Señor de los Milagros, patrono del Perú.
Edición 2513: Jueves, 9 de Noviembre de 2017

La Faena de Andrés

Lució el arte del capote entre la algarabía de las monjitas nazarenas.

Andrés Roca Rey, el príncipe peruano de los ruedos del mundo, de 21 años, ofrendó su primer capote a las custodias del Señor de los Milagros, patrono del Perú.
Andrés Roca Rey, el príncipe peruano de los ruedos del mundo, de 21 años, ofrendó su primer capote a las custodias del Señor de los Milagros, patrono del Perú.

Era una promesa que hacía varios años quería cumplir, pero que su vertiginosa carrera taurina fuera  del Perú se lo había impedido en los años recientes. Hasta que el sábado pasado, en vísperas de abrir la Feria de Octubre, Andrés Roca Rey, convertido en la estrella intercontinental del arte del capote,  pudo llegar hasta el legendario convento de las Nazarenas, en el viejo centro de Lima, y ofrendar su florido capote de niño al Señor de los Milagros.

Beso  a sor María Soledad, la priora.
Beso  a sor María Soledad, la priora.

No se recuerda otro acontecimiento más inusitado y festivo en esos claustros varias veces centenarios –que las carmelitas nunca pueden franquear– que este en muchísimo tiempo.  Allí estaban todas, desde las más ancianitas hasta las angelicalmente pizpiretas, arrobadas por ese mancebo espigado y de expresión inocente que se cuadra con valor frente a los toros más bravíos en las plazas de España, Francia y toda la América hispánica.

Las monjitas se dejaron besar en la mejilla, se hicieron selfies con el ídolo, ensayaron algunos pases con el capote ofrendado y se animaron a cantar con él el emblemático Himno al Señor de los Milagros luego de orar piadosamente ante la sagrada imagen. Y como si todo ese derroche de súbita y genuina amistad no fuera suficiente, Andrés, en vista de que las devotas mujeres nunca podrán salir a verlo en una plaza, les prometió llevar a sus huertas conventuales “una vaquita para hacerles una demostración y enseñarles a dar algunos pases con el capote”.

Decididamente, esta tradición ha ido siempre de la mano de la fe y del amor por la vida que, aunque a veces trágica, siempre prevalecerá.

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