Edición 2504: Jueves, 7 de Septiembre de 2017

John Ashbery

Por: Renzo Porcile | (1927-2017)

Este lunes 3 de septiembre, el nombre de John Ashbery se sumó a la acaudalada lista de escritores que nos van dejando. Poeta, teórico y traductor incansable del francés, Ashbery es autor de una obra que se ubica dentro de “esa secuencia americana que incluye a Whitman, Dickinson, Stevens y Hart Crane” (Harold Bloom dixit). 

Nació el 28 de julio de 1927, en Nueva York. Su segundo libro, “Unos áboles”, le valió el primero de muchos premios, el Yale Younger Poets Prize de 1955, y marcó el inicio de una exitosa y prolífica carrera. En él se dejan notar dos rasgos centrales que recorrerían toda su obra posterior: una tendencia hacia el poema de largo aliento, y una desconcertante pero a la vez misteriosa y bella inteligencia.

Reconocido desde mediados de los cincuenta como parte de la Escuela de Nueva York, Ashbery se muda a Paris hasta 1965, donde escribe la que fue, quizá, su obra más controversial, “El juramento de la pista de tenis” (1962), libro que incluso fue llamado “basura” por algún crítico de turno, pero que hoy permanece como una marca en la poesía avant-garde.

En los años siguientes, de vuelta en Nueva York, publica otros títulos, como “El doble sueño de la primavera” y “Tres poemas” (1970 y 1972, respectivamente), pero es “Autorretrato en un espejo convexo” (1975) aquel que sella su nombre como absoluto innovador de la poesía en la lengua de su tiempo. Se trata de una colección de textos magistrales fraguados por un torrencial poema homónimo acerca de una meditación a partir de la obra del pintor manierista Parmigianino. Considerado por muchos como su obra maestra, este libro le valió el Pulitzer de Poesía, el Premio Nacional del Libro  y el Premio Nacional de la Crítica, los tres galardones más prestigiosos de poesía en EE.UU.

En adelante, la historia no es otra que la de la canonización. John Ashbery ha sido, desde entonces, un autor referencial, alcanzando cada vez mayor prestigio, volviéndolo, incluso, un candidato recurrente para el Nobel; que no obtuvo. Sin embargo, deja tras él una obra aplastante, con esa claridad inefable que lo dota —parafraseando a Mark Ford— de una suerte de intimidad whitmaniana. Universal, pero en el sentido de aquello que nos llega únicamente de soslayo, por especulación. A decir del poeta: “Las palabras son sólo especulación / (Del Latín speculum, espejo)”.

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