Dibujaba en su casa y en el Parlamento. El ilustrador Gonzalo Mayo trabajaba los bocetos para el suplemento dominical Estampa.
Dibujaba en su casa y en el Parlamento. El ilustrador Gonzalo Mayo trabajaba los bocetos para el suplemento dominical Estampa.
Edición 2484: Jueves, 20 de Abril de 2017

Ciro, El Caricaturista

La insospechada faceta del gran novelista indigenista peruano, Ciro Alegría, a 50 años de su muerte.

Dibujaba en su casa y en el Parlamento. El ilustrador Gonzalo Mayo trabajaba los bocetos para el suplemento dominical Estampa.
Dibujaba en su casa y en el Parlamento. El ilustrador Gonzalo Mayo trabajaba los bocetos para el suplemento dominical Estampa.

“No tema. Si usted tiene una obsesión, escriba una novela, y si sus personajes se le aparecen en medio de los sueños, hágase amigo de ellos”. Me lo dijo Ciro Alegría. Se acaban de cumplir cincuenta años de su fallecimiento y, en homenaje a su recuerdo, me he pasado todo el mes en mi casa de Salem transportando los personajes y la acción de un cuento pequeño hacia un espacio mayor. Hace media hora he terminado de escribir de esta manera una novela.

“Llegaron a casa de Rosendo su hija Juanacha y el marido”. El mundo es ancho y ajeno (Ercilla, 1941)
“Llegaron a casa de Rosendo su hija Juanacha y el marido”. El mundo es ancho y ajeno (Ercilla, 1941)

Por eso, quiero recordar el lugar y el momento en que me dio ese consejo uno de los escritores que más ha influido en mi vida.

En 1963, cuando aún no había terminado mis estudios universitarios, viajé a Lima y comencé a trabajar como periodista de la sección locales de Expreso.

En esos días, el gran novelista estaba en el Perú y, entre otras actividades, colaboraba en el mismo diario. Su tarea consistía en convertir El mundo es ancho y ajeno en una historieta gráfica que se publicaba un día por semana.

Esa era la razón por la cual no paraba yo de coincidir con ese caballero que llegaba corriendo y mostraba al dibujante los garabatos que representaban a sus personajes.

Era Ciro Alegría. Tenía el pelo revuelto. Era un poco más delgado de como me lo imaginaba. El saco del terno le bailaba.

“Por las noches ‘Candela’ aullaba”, escribió Alegría en su cuarto boceto. La Luna y el perro, elementos característicos.
“Por las noches ‘Candela’ aullaba”, escribió Alegría en su cuarto boceto. La Luna y el perro, elementos característicos.

A pesar de que el caballete del dibujante estaba al lado de mi escritorio, nunca me había acercado a saludarlo porque siempre parecía él estar de prisa o porque acaso soy un poco tímido.

Quien lo hizo fue él. Estaba explicándole al dibujante cómo era la ropa de Rosendo Maqui cuando de pronto volteó hacia mi escritorio y me preguntó:

–¿Viene usted de Trujillo?

–¿Por qué lo sabe?

Señaló con el dedo el periódico que yo tenía sobre la mesa. Era Norte. Me lo habían enviado mis amigos de allá. Alegría recorrió las páginas del tabloide que entonces se hacía en tipografía y encontró un artículo mío al lado de mi foto.

–Parece que tenemos muchas cosas en común, me dijo. También yo trabajé en El Norte y estudié como usted en la Universidad de Trujillo…

Se publicaron en marzo de 1964.
Se publicaron en marzo de 1964.
–¿Y qué le ha parecido el mundo literario de Lima?, me preguntó.
Le conté que había ido un par de veces a un bar del centro donde se hacían tertulias literarias y que me había quedado asustado. Los contertulios detestaban a todos los escritores famosos y parecían saberlo todo acerca de la literatura, pero no daban la impresión de escribir con mucha frecuencia.
–Piensan más de lo que escriben, conjeturó Alegría. Y agregó: –Quienes piensan mucho, beben con frecuencia y envidian demasiado no suelen escribir mucho después.

Felizmente yo había terminado mis tareas. Alegría era un infatigable conversador. Hablamos de nuestra Alma Mater, de los intelectuales de su época, y sobre todo, de Antenor Orrego y de César Vallejo, quien fuera su profesor de primaria.

A propósito de ello, en el artículo acerca de cómo conoció al poeta, Ciro dice que Vallejo comenzó las clases diciendo: “NIÑOSH LA TIERRA ESH REDONDA COMO UNA NARANJA”… A mí me pareció que el habla del novelista era muy similar a la de su maestro.

Me conocía la historia del hombre que hablaba conmigo. Admiraba su coraje durante la revolución popular de 1932. Me sorprendía su empecinamiento en una causa perdida. Me maravillaba que hubiera podido escribir incluso en la celda de la cárcel cuando estaba condenado a muerte.

Pero esta vez lo aprecié más porque era capaz de hablar de igual a igual con un joven que apenas se iniciaba en la tarea de escribir, y por eso fui capaz de narrarle algunas cuitas que había experimentado en el oficio, como la repetición del personaje o del ambiente.

–¿Sabe usted cómo escribí La serpiente de oro?... Reescribiendo mi cuento El Marañón. Lo reescribí varias veces y por eso insisto: Si usted tiene una obsesión, ¡escriba!… Y yo me he visto obligado a seguir ese consejo y, para variar, escribir una novela.

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