Poeta y amigo Juan Larrea.
Poeta y amigo Juan Larrea.
Edición 2479: Sábado, 18 de Marzo de 2017

El ‘Cholo’ en París

Escribe: Percy Gibson | Crónica de cómo Percy Gibson por fin conoció a César Vallejo en el café Le Dôme en Montparnasse, Francia.

Poeta y amigo Juan Larrea.
Poeta y amigo Juan Larrea.

Sólo en París conocí al Cholo César Vallejo personalmente. Nada en él me fué extraño, por identificarse con su correspondencia, entre Lima y Arequipa, desde 1915 hasta que se marchó a Europa, esto es, París. Al instante le descubrí en la alegre terraza del “Dóme”, de Montparnasse, y entramos en un prolongado “clinch” amistoso, ante los braseros invernales y las ardientes pupilas “Demi-Mondaines. Después pasamos a la “Petite table”, como él se expresara en francés, frente a nuestras correspondientes “Demi blondes (chops) que el pidiera, también, con un auténtico sonreír volteriano y una marcada pronunciación santiago-chuquense. El gran poeta y el gran humorista surgían desde las profundidades del cholo de Santiago de Chuco en el exótico habitué de Montparnasse con los agradables borteos de su voz cantarina. Era una fiesta estar con el Cholo, así que es un dolor la certidumbre de no volver a encontrarle en el mundo. Yo le acompañé al cementerio, poco antes de mi vuelta al Perú, y estoy seguro de que le han enterrado, aunque le siento muchas veces junto a mí.

Después de ese inicial “Rendez vous” (palabras con que me citara el Cholo), al día siguiente de mi llegada a la capital del mundo gentílico-cristiano, con frecuencia nos veíamos, hasta que partí a Suiza. En mis escapatorias de ese inconmensurable sanatarío de nieve, de lagos, de pinos, de montañas y de vacas, que es el pintoresco acantonado país de la S.D.N. donde me parecía vivir en una tarjeta postal. Mi primer “Pneu-matique” en París (según indicación del Cholo) era para Cesar Vallejo, en la Rue Voltaire, entre la Opera y la Comedia, o en el Hotel Garibaldi, cuando –como él me dijo– le diera “Congée” Voltaire al Cholo. El Hotel Garibaldi está situado en el boulevard del mismo nombre, pues, el Cholo tenía el dón del domicilio y el “Adresse” inolvidables, a fin de que los amigos le echaran de menos, pues, también, poseía el sentido de lo social y de las “conexiones”: —“Hay que estar atento al “enchufe”, mi viejo”, o “...“Mon vieux”, según la procedencia del “enchufado”. Es de advertir que tanto el departamento volteriano como el hotel garibaldino, pese a las manes del filósofo galo y del “condottieri” de los “camisas rojas”, carecían de teléfono. No me quedaba, así, medio más rápido de comunicación que el “Bleu, acordado en el primer “Téte a téte”, al “Rendez vous” y a la “Demi blonde”.

“Nadie menos cesarista ni más cesáreo que el ‘Cholo’”, dice Gibson sobre Vallejo.
“Nadie menos cesarista ni más cesáreo que el ‘Cholo’”, dice Gibson sobre Vallejo.

Estas tres expresiones las empleaba tan oportunamente y con tanta “sans facon”, que convencían de su francés y lo limitaba en un círculo vicioso del cual no era fácil salir, a menos que apeláramos a nuestro español... viciado igualmente.

En uno de los frecuentes “Téte a téte, Rendez vous” y “demi blonde” nos reunimos una noche, el Cholo, al mexicano Riquelme (“Guajolote”, nombre azteca del pavo de corral); nuestro gran amigo y gran escritor Juan Larrea; el poeta chileno, creador del “creacionismo”, Vicente Huidobro. el excelente músico folklorista” peruano Gonzalo More y yo. Una “midinette” acercóse a inquirir nuestras nacionalidades, atraída por lo heterogéneo del grupo. Respondíle que todos éramos peruanos. Huidobro pretendió protestar; pero le adelanté asegurando que era peruano del Sur, mientras el cholo le impugnaba su falta de patriotismo, al singularizarse chileno en las aguas pacificas del Viracocha, mostrándose protestante en Europa y chauvinista en la mágica “Ville Lumiere” porque París para César Vallejo como para Julio César era Lutetia, y nadie menos cesarista ni más cesáreo que el Cholo. El araucano Huidobro se quedó mudo y como sumido en la barbarie con su pipa luterana, por primera vez en un silencio estupefaciente, tal un hindú en el “shamadd” (éxtasis “creacionista”). Entre tanto, en justificación de la peruanidad del conjunto, traté de convencer a la “midinete” de que América no es América, nombre italiano dado al continente por la ignorancia de los aventureros españoles de aquella época del navegante Colón y el cartógrafo Vespucio, y cómo del Cabo de Hornos a Panamá se ha llamado y debe llamarse Perú; y desde las esclusas, para arriba, hasta Alaska, ha sido y debe ser México.

A estas alturas geográficas “Guajolote” protestó de ser identificado con el yanqui, e intervino el Cholo para convencerle de que él, “Guajolote”, no era –“y no podía ser!”– yanqui, sino que los yanquis eran –“¡y debían ser!”– mexicanos. Alegóse razones de orden religioso, ya que nunca los norteamericanos han tenido dioses propios, desde Viracocha, Brahma y Jehová, hasta Pachacamac, Budha y Jesús, dejados de la mano de Dios, con plumas y taparrabo en las márgenes místicas del Amazonas, el Ganges y el Jordán. Oía yo que entre el Cholo y “Guajolote” barajaban vocablos difíciles: apaches, iroqueses, alonquines, aztecas, quetzales divinos, teotohuapoti, topocatepelt, iztasihualt... mientras la “midinette” alejábase prudente y civilizada, por no comprender aquel bárbaro lenguaje o con el buen sentido democrático de la “no intervención”. Juan Larrea estaba de acuerdo con todos y en pugna consigo mismo, con la Madre Patria y los dioses de todos los diablos.

Fueron despidiéndose uno a uno, y Huidobro se marchó en completo silencio. El Cholo me dijo:
–Nunca lo he visto tan callado. El que siempre está habla, habla, habla.... y ahora es “Vicente el Taciturno”.

Ante dos nuevas “Demi blondes” nos quedamos “teté téte” en un amanecer de Murguer. Volvió la “midinette” en nuestra “petite tabla” y los dos le dimos un “rendez vous ” y una “demi blonde”.

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