Técnicas de inmersión en agua. Parte del tratamiento.
Técnicas de inmersión en agua. Parte del tratamiento.
Edición 2475: Jueves, 16 de Febrero de 2017

Historia de la Locura

Escribe: Carlos Cabanillas | Libro Guía Demente (2017) narra la génesis de los manicomios en Lima.

Técnicas de inmersión en agua. Parte del tratamiento.
Técnicas de inmersión en agua. Parte del tratamiento.

Prólogo de Mariano Querol y Enrique Verástegui.
Prólogo de Mariano Querol y Enrique Verástegui.
Este es un ambicioso relato que recorre los pabellones de los tres grandes manicomios que ha tenido Lima. La historia empieza en el Hospital Real de San Andrés, acaso el más antiguo del continente. Fue construido en 1552 y, posteriormente, fue inaugurado por el virrey Andrés Hurtado de Mendoza. Allí solo se trataba a los españoles. Los negros eran llevados al Hospital San Bartolomé (1646), los indios eran enviados al Hospital Real de Santa Ana (1548) y las españolas iban a parar al Hospital de la Caridad (1559).

El patio del Hospital Real de San Andrés se hizo conocido como el “patio de los locos”. La leyenda dice que allí se enterraron a los últimos Incas. “El hospital era el símbolo de la misericordia cristiana, era la zona de tránsito hacia el descanso final”, explica el autor. Por eso el lugar estaba siempre cerca de una iglesia y un cementerio. La loquería funcionó hasta 1859. El Hospital de San Andrés es hoy una construcción abandonada en el Jr. Huallaga 846, donde se cae a pedazos.

En 1859 se construyó el Hospital Civil de la Misericordia en la Quinta Cortés,  también en Barrios Altos. También se le llamó el Hospicio de Insanos y el Manicomio del Cercado. Se inauguró el 16 de diciembre del mismo año. El lugar recibió a todos los locos de los demás hospitales. Casimiro Ulloa fue su primer director. Entre sus célebres huéspedes estuvieron Mercedes Cabello de Carbonera, Jorge Miot y, al menos como reportera, Juana Manuela Gorriti.

“En las cárceles están mejor tratados que en los manicomios”, dice Prieto.
“En las cárceles están mejor tratados que en los manicomios”, dice Prieto.
Finalmente, el 1 de enero de 1918 se inauguró el Asilo Colonia de la Magdalena. Hace casi 100 años. Al año siguiente, el 1 de enero de 1919, se nombró al filántropo trujillano Víctor Larco Herrera como su inspector general. “Él se encargó de modernizar el lugar”, precisa Prieto. El hacendado donó un millón de soles de la época para su ampliación. A partir de 1930 el establecimiento pasó a llamarse Hospital Víctor Larco Herrera. “Hoy existen dos propuestas: una para modernizarlo y otra para convertirlo en un museo o centro cultural”, cuenta el autor. El problema es que no existe otro hospital de sus características para llenar ese vacío. “El Larco Herrera tiene al 50% de los locos del Perú”. El resto está en la calle”.

El tratamiento ha cambiado. Lo que en un inicio era brindar una muerte digna se convirtió en un tratamiento moral. De los rezos se pasó a la enseñanza de valores y al deporte. Y de ahí a las camisas de fuerza, los tratamientos con agua y electroshock, las cadenas y los aparatos mecánicos que aún se ven en el Larco Herrera. “Ahora todo es pura bioquímica. Pastillas, inyecciones”.

Patio del Asilo Colonia de la Magdalena. Luego se llamaría Larco Herrera.
Patio del Asilo Colonia de la Magdalena. Luego se llamaría Larco Herrera.

Arquitectónicamente hablando, el manicomio ha cambiado mucho con el paso del tiempo. “Al inicio el loquerío era un apéndice del hospital, generalmente un patio”, narra Prieto. “Luego predominan los claustros, con monasterio y arcadas”. Finalmente, la modernidad trae dos escuelas. Por un lado, el estilo Kirkbride del siglo XIX. “En el centro se ubicaba todo el sistema administrativo y en los brazos se ubicaban los pacientes”, como el antiguo Hospital Obrero o el Hospital Dos de Mayo. Por el otro lado, el estilo Cottage, donde varios edificios o bungalows se construyen en medio de un amplio campo abierto. “Las áreas verdes promueven la conexión del paciente con la naturaleza. Con ese criterio se hizo inicialmente el Asilo Colonia de la Magdalena”. El tratamiento implicaba cortar los árboles, trabajar en los establos y pasear por los jardines. “La elevación del terreno evitaba que el paciente vea el cerco que lo separa con la calle”.

Art brut. La pintura es parte del tratamiento manicomial moderno.
Art brut. La pintura es parte del tratamiento manicomial moderno.

El estudio de Prieto también rememora a personajes que supieron caminar al filo de la navaja. Desde Santiago de Cárdenas ‘el volador’, precursor de la aviación en el Perú, hasta Inés de Castro, reina consorte de Portugal. Las tradiciones locales apuntan nombres entrañables como el del ex candidato presidencial Pedro Cordero y Velarde, el popular Benito ‘Saca la pierna’, el Alfredo Castellanos de las memorias de Ribeyro, el ‘Loco Combi’ que ‘maneja’ un timón por las calles de Lima (ver archivo de CARETAS), el ‘Führer de Surquillo’ Jorge Pohorylec, Bruno Roselli ‘el loco de los balcones’ y un largo etcétera. Prieto prosigue su inventario. “En un texto de 1794 el Mercurio Peruano habló de tres personajes peculiares: Manuel de Torquemada, el señor Montero y Don Diego López González de la Peña. El primero se empeñó en construir una máquina con la que iba a empedrar de metales todas las calles de Lima. El segundo buscó durante toda su vida un tesoro enterrado. El tercero se hizo llamar el ‘Monstruo de las Matemáticas’ y, luego de perder dinero y vivir pidiendo limosna, se embarcó a descubrir el enigma de la cuadratura del círculo. Murió esperando su premio”. El investigador también cita a personajes que eran utilizados como bufones. “había un indiecito chocarrero que se dirigía a su majestad diciendo “vuestra pestilencia”.

Desfile anual de Fiestas Patrias de los pacientes del Hospital Larco Herrera.
Desfile anual de Fiestas Patrias de los pacientes del Hospital Larco Herrera.
Guía Demente. Soñadores y manicomios en la historia de Lima complementa el estudio previo Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima, del psiquiatra Santiago Stucchi Portocarrero. Además, la investigación de Guía Demente traza algunas conclusiones interesantes. Por ejemplo, la sorprendente tendencia al alza en la proliferación de enfermos mentales en la capital. “Hay factores como la migración del campo a la ciudad, lo que afectó la neurosis y demás problemas”, dice el autor. “El aumento del uso de drogas también es un factor”, agrega. Es revelador, además, leer lo que sucedió durante la guerra con Chile. “Sacaron a todos los locos y los botaron a las calles para hacer atender a los chilenos”.

Para el autor, y más allá de evolución médica y arquitectónica, siempre ha habido una constante en todos los hospitales mentales de Lima: la crisis. La ausencia de recursos, la presión por los recortes y el lamentable estado de los equipos médicos. Razonable conclusión.