Más político que académico, Alejandro Toledo siempre quiso que lo vieran como un  economista.
Más político que académico, Alejandro Toledo siempre quiso que lo vieran como un economista.
Edición 2475: Jueves, 16 de Febrero de 2017

Confesiones

Escribe: Luis Jochamowitz | Las siempre difíciles relaciones entre la escritura y el poder.

Más político que académico, Alejandro Toledo siempre quiso que lo vieran como un  economista.
Más político que académico, Alejandro Toledo siempre quiso que lo vieran como un economista.

Alejandro Toledo solo tiene un camino, regresar y contarlo todo. De lo contrario, adquirirá otro grado de parentesco con Alberto Fujimori y ni siquiera se ahorrará la cárcel. Confesarlo todo, incluso lo que no le pregunten los jueces. Sería la única forma de redención ulterior, además de los años de cárcel, por defraudar a quienes vieron en él, en algún momento de su historia, la carta para dejar atrás el ominoso pasado, o la posibilidad del futuro.

Y ya que recomiendo la más completa confesión, debo hacer la mía, ahora que sobre todos desciende la mancha borrosa de una culpa colectiva. Es la confesión de un observador interesado pero distante, que en algún momento le entregan los materiales más valiosos para que arme el rompecabezas casi sin darse cuenta. Comienza un día de 1993 o 94, con una llamada de Alejandro Toledo citándome fervientemente en el café Haití, muy cerca de donde vivía en esa época. Él ya era el político de máximas ambiciones y quería convencerme para su causa. Escuché su historia con interés pero con insalvable escepticismo. Mi virginidad política era demasiado delicada para ser entregada a un economista, intelectualmente rudimentario, con obvios vacíos de formación, pero dotado de una simpatía natural, una inteligencia despierta y una voluntad inconmovible. Si tuviera talento para la política, me habría fijado en sus virtudes y no en sus defectos, pero siempre me ha sorprendido el abismo que separan las ambiciones de las aptitudes en nuestros hombres públicos. En Toledo, sin embargo, había un puente, su voluntad de triunfar a todo trance. Alberto Fujimori le había abierto los ojos. El poder se sorteaba en el Perú cada cinco años, ganaba el que presentaba la mejor historia. Había leído mi libro de un tirón durante un vuelo al Japón, estaba más convencido que nunca, quería que escriba su historia, la vida de un cholo que iba a llegar a la presidencia del Perú.

Le expliqué por primera vez, que me era imposible escribir ese libro, al menos como él lo imaginaba, yo era un profesional, en el mejor de los casos un escritor, y no podía ser un adepto. Poco después me volvió a buscar con dos propuestas en la mano: un pago más bien modesto por el trabajo, y quince días en el Japón, donde vivía por entonces, para contarme su vida completa. La historia era interesante y el gancho del Japón tentador. Acepté, con una condición: mi nombre no aparecería en el libro, sería un escritor fantasma. Cedió momentáneamente, a regañadientes, y trató de hacerme cambiar de opinión hasta el final, pero esa vez, increíblemente, gané yo.

Recuerdo largas tardes en un parque de Tokio. Él hablaba y caminaba, ya en plena posesión de su personaje, yo tomaba notas sentado en una banca. Algunos episodios eran conmovedores, como el día en que la familia cerró con un alambre la puerta de la vieja casa en la sierra de Áncash, para irse a vivir a Chimbote. Toledo era muy pequeño pero recordaba que un perro lo siguió parte del camino, hasta que un adulto lo espantó. La mitología norteamericana ha hecho de la primera visión brumosa de la estatua de La Libertad, un símbolo fundador. Pensé que los peruanos teníamos ese acto terrible, cerrar la puerta de la casa y marcharse a vivir en una ciudad.

Otras historias que contó se me venían a la mente años después, contemplando al personaje público, y adquieren ahora la categoría de alegorías, como cuando tenía diez años y salía por las noches a vender tamales en los bares y cantinas del puerto. Los pescadores borrachos, que ganaban más dinero que nunca en la nueva y aparentemente infinita pesca de la anchoveta, lo recibían con simpatía, “yo era como sus hijos” me decía emocionado. Los hijos que los pescadores tenían en una o varias casas, pero que un niño de diez años podía personificar. Lo paraban encima de las mesas llenas de botellas, le compraban toda la canasta de tamales, le llenaban los bolsillos de billetes.

La imposibilidad de estar a la altura que la historia le señaló.
La imposibilidad de estar a la altura que la historia le señaló.

Escribí ese libro en menos de un mes, más que escrito fue dictado. Ni siquiera tuve la precaución de guardar un ejemplar, no lo he vuelto a ver. Se ha dicho que el libro fue desaparecido, pero fue presentado y repartido por centenares entre sus seguidores. Además, un libro solo desaparece con el último ejemplar. Confieso que fui yo el que puso en palabras algunas de las historias que después se harían famosas, y que más tarde serían un chiste. No es fácil reconocer a tiempo el peso y el poder de las palabras, lo digo para mí mismo, que he sido biógrafo de dos personas que terminaron fuera de la ley.

Cosa curiosa y significativa: cuando llegó al poder no me buscó ni yo me acerqué a él. Lo observé a la distancia cada vez más consternado. Solo en los últimos meses de su gobierno me llamó para que edite un libro oficial, y más tarde, a lo largo de los años, para que corrija algunos de sus libros. Todos trabajos rentados y difíciles de cobrar en su integridad. El duro pan del escriba. Supongo que si lo hubiera hecho sin paga y me hubiera afanado un poco más, habría obtenido una agregaduría cultural, o quién sabe, la embajada en Lisboa. Más no aceptaría de ninguna manera.  

Nunca habría contado esta historia, era un secreto profesional que en cierta forma me gustaba guardar. Las últimas evidencias judiciales cambian los términos del acuerdo y exigen mayor claridad. Más aún si la recomendación es regresar y confesarlo todo, a la espera quizás de una pena benigna.

Acostumbrado a ser un observador lejano y libresco, me sorprendo en este caso como un pequeño engranaje, un engranaje más bien simbólico, en el disparatado aparato de la historia. Esta opinión ya se la había dado un año antes de las últimas elecciones. Nadie cruza el Rubicón antes de haber llegado, la palabra Odebrecht todavía no significaba nada, pero sí eran evidentes las muchas fallas, personales y políticas, que pesaban sobre su gobierno. El desorden, la indolencia, la imposibilidad, casi hasta la inconsciencia, de estar a la altura que la historia le había concedido. Todo dicho de buena fe, sin rastros de acrimonia o superioridad moral y con un último comentario: si quería tener alguna posibilidad en las próximas elecciones, tenía que morir y renacer, debía hacer “examen de conciencia” y mostrar “propósito de enmienda”, como decían los jesuitas en el colegio. Me escuchó con atención, nunca ha sido tonto, y ni siquiera los años en el poder y sus alrededores han podido enterrar del todo la antigua disposición del que nada ha tenido. Sin embargo, mientras hablaba, su paciencia se iba acabando. En un momento creyó que me refería al caso Zaraí y me interrumpió seguro de su defensa.

Pero yo no tenía en mente a su hija, que después de todo era parte de su vida privada, sino fallas políticas, como el haber dejado casi intacta la maquinaria de la televisión nacional, que había implosionado bajo el peso de su propia corrupción.

–Lo pude hacer en 24 horas –dijo como si fuera un sueño–, Vargas Llosa lo había propuesto, tendría apoyo internacional y en seis meses tendríamos otra televisión.

Acusó al Primer Ministro de la época, Roberto Dañino, de haberse entendido con los dueños o de no haber querido enfrentar el problema. Pero era demasiado tarde, la televisión que había protegido con su inacción, se había encargado de lapidarlo con las piedras que él mismo les había entregado. Historias pasadas.

Entre los escombros de su ruina política, aún le queda sin embargo un camino: regresar y confesarlo todo, incluso lo que los jueces no preguntan. Así al menos conoceríamos las oportunidades que se perdieron. Podría negociar su entrega con el gobierno peruano, a cambio de que se le permita leer una declaración en la que reconoce su culpa y pide perdón. Al terminar la lectura, podría responder algunas preguntas de la prensa, atribución que le asiste como personaje público, un minuto antes de ser formalmente arrestado. De esa manera, se diferenciaría de su colega en prisión, y el penoso acto del día adquiriría un cierto brío cívico que tanta falta nos hace.

Es más que dudoso que esta vez me quiera escuchar. Sus grados de confusión e impostación parecen haberse exacerbado con el paso de los años. Es una lástima, habremos ganado otro corrupto acorralado, pero perdido una voz de la experiencia que nos recuerde lo que no se debe hacer.