Angie (21) llegó desde Iquitos. Ejerce la prostitución hace un año. Derecha, Casandra (23) posa para la cámara mientras espera a su próximo cliente.
Angie (21) llegó desde Iquitos. Ejerce la prostitución hace un año. Derecha, Casandra (23) posa para la cámara mientras espera a su próximo cliente.
Edición 2475: Jueves, 16 de Febrero de 2017

Caballeros de la Noche

Por: Silvia Crespo | Encabritada polémica sobre la ideología de género en el Puente Quiñones.

Angie (21) llegó desde Iquitos. Ejerce la prostitución hace un año. Derecha, Casandra (23) posa para la cámara mientras espera a su próximo cliente.
Angie (21) llegó desde Iquitos. Ejerce la prostitución hace un año. Derecha, Casandra (23) posa para la cámara mientras espera a su próximo cliente.

"Esta es la zona rosa más rentable de Lima”, dice Melissa (23), chica trans o travesti, mientras saluda coquetamente a una camioneta negra de lunas polarizadas, manda un beso y dice hola papi. Melissa es estilista de día y ejerce la prostitución de noche en el límite de San Isidro con La Victoria. “Es un ingreso extra”, cuenta. Melissa es una travesti completa. Se puso busto y se hizo también una liposucción.

“Tengo todo tipo de clientes”, cuenta Melissa. “Jóvenes y algunos más mayorcitos”. Ella cobra S/ 70 por un “servicio completo”. Ejerce la prostitución desde hace cuatro años. Es un trabajo duro. “A veces vienen los serenazgos y nos botan, se quieren aprovechar y nos tocan”. Melissa viste un top diminuto y un pantalón jean ajustado. “Vienen chicos borrachos, nos arrojan basura, botellas de vidrio y hasta balines”, recuerda. Es pelirroja.

Muy cerca al Puente Quiñones, a partir de las ocho de la noche de  un día cualquiera, la calle, donde funcionan tiendas de venta de autos durante el día, se convierte en la zona rosa de los travestis. Existen dos espacios claramente delimitados. En uno están los travestis como Melissa. Ella es de las más antiguas. Por eso no paga ningún “peaje” por trabajar ahí. Sí: como en la política, acá también el negocio está en el peaje. En cambio, los travestis que no se han hecho arreglos físicos completos trabajan bajo la mirada de sus cafichos. Los de esa zona pueden cobrar S/ 50 o S/  30 por servicio.

Los autos se detienen. El servicio completo cuesta hasta S/ 70.
Los autos se detienen. El servicio completo cuesta hasta S/ 70.

“Acabo de regresar de Argentina. Allí casi me opero, pero solo me saqué los testículos porque el médico me dijo que podía quedar loca”, cuenta Thalia (21). Ella estuvo a punto de cambiarse de sexo en tierras gauchas. Regresó de Buenos Aires hace un par de meses. Lleva seis años en las calles.

Una amiga le recomendó que trabajara en la calle. “Sí, era menor de edad, pero tenía que trabajar para mi mamá. Ahora ella tiene una tienda y un edificio gracias a mi trabajo”, dice Thalia mientras oculta su rostro de la cámara fotográfica. Su familia piensa que trabaja en una discoteca de ambiente. “Aquí vienen hombres de familia, con hijos y esposa, pero les gusta estar con nosotras”, narra mientras habla con uno de sus clientes recurrentes, un hombre mayor en auto. Un caserito. “Date una vuelta, papi”, dice y continúa conversando. “Me siento sucia por tener que acostarme con varios hombres. No voy a ser joven para siempre, así que a los 30 me quiero retirar y poner mi peluquería.”, dice Thalía desde su esquina del mundo.  

En la zona rosa de travestis hay chicas de Loreto, Piura y Lima. Angie (20) llegó desde Iquitos. Lleva trece meses trabajando. “Hay mucha discriminación y no hay trabajo para los travestis”, explica, como disculpándose. “Algunas chicas tienen enfermedades venéreas, pero nadie dice nada”, agrega Melissa. “Yo me hago la prueba de Elisa cada tres meses y siempre uso preservativo”.

Melissa (23) es estilista de día. Ejerce la prostitución solo de noche.
Melissa (23) es estilista de día. Ejerce la prostitución solo de noche.

La mayoría tiene una doble vida.  No reciben visitas en casa. Ni hablan demasiado frente a la grabadora.

Desde hace casi veinte años el Puente Quiñones es el punto de encuentro. “Antes nos perseguían, tenía que salir corriendo con los tacos en la mano, perdía la peluca y las extensiones se me caían”, rememora Casandra. Y de reojo mira la acera. El que viene podría ser el próximo.