Edición 2520: Jueves, 28 de Diciembre de 2017

Del Susto al Engaño

Escribe: Gustavo Gorriti | Ese es el factor común. Kuczynski asustado. En su caso la relación es clara. Cuanto más asustado más demócrata. Y un susto realmente épico lo hace más demócrata que Pericles.

Este martes 26 recibí la noticia de la muerte del general EP (r) Luis Soriano. Fue uno de los militares que el 13 de noviembre de 1992 intentaron levantarse para recuperar la democracia perdida meses atrás, por el golpe de Estado que se perpetró el 5 de abril de 1992.

Lo conocí después del 5 de abril, en los meses previos al fallido alzamiento. Luego lo volví a ver, preso en el Real Felipe, junto con sus camaradas de armas que enfrentaron con valor estoico el infortunio de la derrota. Sabían haber comprometido su suerte en la lucha por valores superiores y ello les dio la fuerza y tenacidad para no doblegarse en los años de prisión.

Ocho años después, las cosas cambiaron parcialmente para ellos. Cayó el fujimorato y la cleptocracia hasta entonces gobernante, uniformada o no, huyó o fue a la cárcel. Pero para los militares del 13 de noviembre, el reconocimiento a su esfuerzo y sacrificio, fue limitado y más bien mezquino.

Uno de los rasgos que mejor define la entereza de esos militares fue el hecho de no haber revelado nunca quiénes fueron sus colaboradores –militares y civiles– que no fueron capturados ese día. Hubo un número de personalidades civiles en el grupo de conjurados. Unos, los mejores, siguieron luchando luego por la libertad hasta el día que lograron conquistarla. Otros, en cambio, terminaron como colaboradores de la dictadura e inquilinos de la sala del SIN, con un trémulo secreto que ocultar.

Ninguno fue revelado por el general Jaime Salinas o por los otros militares con conocimiento de quién hizo qué.

Uno de los mejores entre los civiles fue, y espero que no objete que eso, sabido a medias, se conozca bien ahora, Alberto Borea. La decisión con la que Borea enfrentó la dictadura hizo que su colaboración con los militares constitucionalistas fuera lógica y que, fracasado ese empeño, prosiguiera en la lucha política durante los años oscuros, dentro y fuera del país.

Me pregunto si Lucho Soriano, hombre bueno y noble, llegó a ver, en los días finales de su vida, a su amigo Tito Borea en el Congreso, defendiendo otra vez con inteligencia y elocuente brillo, los principios de la democracia amenazados de nuevo por el fujimorismo zafio y sus cómplices de ocasión.

El talento de Borea estuvo empeñado en defender al presidente de la República, sentado a su lado, de la vacancia que era poco más que un linchamiento disfrazado.

Rubén Darío lo dijo bien: “Ser sincero es ser potente”. Borea lo fue, Kuczynski no.

A Tito Borea lo llamaron para pedirle que se hiciera cargo de la defensa del presidente Kuczynski poco después de que el mototaxi fujimorista y sus tropas auxiliares plantearan el proceso de vacancia. Como he escrito ya, PPK había sido virtualmente abandonado por la mayoría de sus ministros y sus primeras respuestas fueron torpes y penosas.

Entonces, personalidades democráticas como Pedro Cateriano, Rosa María Palacios y Alberto Borea fueron llamadas para ayudar a un Presidente en agonía funcional. Su ayuda cambió todo con rapidez, en forma parecida a lo que sucedió en la segunda vuelta de las elecciones de 2016. Yo también visité a Kuczynski en una ocasión, a petición de este, y le sugerí lo que debía hacer y decir. El consejo de todos fue retomar el lenguaje, el programa y las acciones de un Presidente que defiende la democracia de sus enemigos.

Tuvimos ese tipo de Presidente desde el miércoles por la noche, en su mensaje a la nación, hasta el bailecito idiota del jueves en la noche, luego de derrotar el intento de vacancia.

El viernes 22 PPK llamó, como se ha dicho, a Cateriano, Palacios y a mí, no solo para agradecer sino para reafirmarse en las lecciones aprendidas y sostener enfáticamente que no iba a haber indulto a Fujimori.

Dos días después Kuczynski cambiaba su discurso en forma que bordea lo psicótico y nos lleva a la realidad actual.

¿Qué pasó? ¿Vale la pena tratar de averiguarlo? Quizá sí.

Por lo que he visto, PPK no actuó una comedia ni protagonizó una burla elaborada cuando pidió la ayuda de Borea, Palacios, Cateriano. Los necesitaba. Estaba virtualmente solo, desertado por los suyos, sin ideas, sin reflejos pero, lo dijo, con muchas desilusiones. En términos apenas metafóricos, la sombra del cadalso se proyectaba hacia él y le hacía ver, unas horas por delante, una expulsión infamante de la presidencia, por una supuesta incapacidad moral permanente.

Estaba asustado, con la derrota a un paso de distancia, como sucedió en la segunda vuelta de 2016.
Ese es el factor común. Kuczynski asustado. En su caso la relación es clara. Cuanto más asustado más demócrata. Y un susto realmente épico lo hace más demócrata que Pericles.

Cuando se le pasa el miedo, PPK vuelve a su zona de comodidad y a la ecología humana que la puebla. La familiaridad le hace olvidar sus defectos, quizá porque él los comparte.

Pero eso no es todo lo que sucedió. Hay evidencias crecientes de que la fractura de la votación fujimorista y el proceso posterior de justificación médica del indulto fueron parte de una negociación de PPK con Kenji Fujimori con el conocimiento y activa participación de su padre. Ello ocurrió en paralelo a su búsqueda de ayuda de las personalidades democráticas.

La necesidad puede haber justificado la colaboración con Kenji para socavar la fuerza de Keiko. Lo injustificable es la forma en que condujo esos esfuerzos paralelos, engañando a unos y entregándose sin reparos a otros.

Creo que buena parte de las fuerzas democráticas hubiera aceptado que Alberto Fujimori pase a un régimen de arresto domiciliario luego de una petición clara e inequívoca por parte de este de perdón a sus víctimas y a la sociedad. Hubiera habido discrepancias, sin duda, pero un porcentaje importante de personas hubiera aceptado esa solución, aplicable además a muchos otros presos de edad avanzada.
Para hacerlo, hubiera sido necesaria una sencilla y rápida modificación legal.

En lugar de eso, PPK perpetró (o resbaló en) el indulto sin limitaciones, el manejo deshonesto y semiclandestino del proceso previo y el engaño a quienes fueron por lo menos igualmente decisivos en salvarlo.

Es verdad que Tito Borea sabía que no estaba defendiendo a la versión peruana de Thomas Jefferson, pero tampoco suponía que se trataba del campeón panamericano del autosabotaje.

Ahora, uno ve en retrospectiva esa escena e imagina al noble general Soriano en sus horas finales, orgulloso de ver a su amigo defendiendo una vez más la democracia. Y aunque haya que citar poesía feudal para explicar las crisis de hoy, el saber del Cid trasciende tiempos y jerarquías: “¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!”. Cámbiese vasallo por defensor y señor por presidente y se tendrá un buen cuadro de lo que pasó.

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