Edición 2474: Jueves, 9 de Febrero de 2017

De la Historia al Atestado

¿La infamia de hoy borra la hazaña de ayer? Y si no, ¿acaso la edita o la interpreta? El deprimente personaje que niega haber pedido y luego recibido una coima a plazos de 20 millones de dólares ¿es el mismo que pocos años atrás convocó la esperanza de un pueblo en su lucha por la libertad?

El líder de la lucha contra una dictadura cleptócrata y mafiosa, ¿solo esperó su turno para robar?

Cuando, en medio de las larguísimas y peligrosas jornadas de una lucha cuesta arriba, su discurso, por repetido que fuese, enardecía y exaltaba multitudes ¿prometía entregar la vida por la democracia con la convicción con la que un estafador vende un tumi de oro? ¿O fue un camaleón de tantos colores que se acostumbró a vivir con convicción cada momento cromático, por más que se contradijera con los otros?
Para unos mucho más que para otros –y me cuento entre los primeros– las preguntas son a la vez amargas y fascinantes. También, y hay que admitirlo, dolorosas. No porque hayamos sido ingenuos sino porque en los meses decisivos de lucha el año dos mil, no dejamos de percibir los defectos pero vimos a la vez virtudes, reforzadas por la energía de la gente, que pensamos iban a prevalecer. Aunque fuera por las consideraciones más crudamente utilitarias.

Porque si el destino coloca en tus manos la posibilidad de trascendencia histórica, de reemplazar un gobierno criminal por otro republicano, austero, eficiente, justo, que será largamente recordado con respeto y con cariño, ¿se puede pensar en un proyecto mejor de vida?, ¿se puede ser tan imbécil como para emporcar esa promesa robándole a tu pueblo como lo hicieron aquellos que supuestamente combatías?

Bueno, sí se puede, claro que se puede. Es siempre un error subestimar la imbecilidad, sobre todo cuando se alucina astuta.

Pero hay otras preguntas más importantes. Si Alejandro Toledo termina de pasar de la Historia al atestado, ¿sucederá lo mismo con los tiempos de lucha por la democracia que protagonizó? ¿Sus robos como Presidente envilecen la Marcha de los 4 Suyos, las fervorosas movilizaciones del año dos mil, la formidable oposición de un pueblo frente a una autocracia poderosa y sin escrúpulos?

En lugar de haber sido, como lo vio el mundo, una lucha entre democracia y dictadura, ¿se trató de una confrontación de bandas?

Si además el resultado inminente de las investigaciones sobre el caso Lava Jato demuestra, como es muy probable, que en sus robos y sus cutras estuvieron implicados en el Perú por lo menos tres gobiernos del siglo XXI, ¿significa que la Democracia vale igual o menos que una dictadura y que se trata simplemente de otro estilo de cleptocracia, uno en el que elegimos a los ladrones mientras que en dictadura se eligen a sí mismos?

Preparémonos para la decepción, alistémonos para el desencanto, pero no permitamos que derroquen la razón. Por lo contrario, sepamos encontrar los beneficios del desengaño.

Primero: la infamia de hoy no borra la hazaña de ayer. Permite, quizá, interpretarla mejor. La colaboración con los ocupantes nazis durante el régimen de Vichy convirtió en traidor al mariscal Philippe Pétain, pero ello no borró sus proezas militares en la Primera Guerra Mundial, que llevaron a llamarlo el “León de Verdún”. ¿Existía en el “León” la semilla que años después produjo el vasallo de los nazis? Acaso sí, pero es probable que ni Pétain la haya sentido germinar.

El caso de Toledo es diferente, puesto que medió poco tiempo –unos años apenas– entre los meses estelares de su existencia y los del robo que probablemente pensó (como los otros) que nunca iba a ser detectado. Sin embargo, con lo caótico y contradictorio que fue incluso en sus mejores tiempos, no cabe duda de que cuando las circunstancias lo pusieron a la cabeza de la oposición democrática en la lucha contra el fujimorato, supo desempeñar, en general, con solvencia, energía, carisma y hasta inspiración ese papel.

Fui testigo cercano, a la vez que protagonista, de esos meses y no tengo duda de que fue así. No temo que haya una distorsión de la memoria pues llevé un diario de los complejos eventos y personajes de esos días que he releído ahora. Ahí está Toledo, en su irritante desorganización, contradicciones, terquedad frecuentemente necia, impostación, lugares comunes y astucia que se cree inteligente. Pero antes que eso está el político infatigable en campaña; el orador, aunque repetitivo, apasionado, en galvánica relación con las masas; el dirigente respetuoso de la constelación de partidos y movimientos que conformaron la oposición democrática.

El infecto desenlace de esa trayectoria es, todo indica, un hecho. Pero también es un hecho su liderazgo el año dos mil. Aunque, a diferencia del caso Pétain, el pasado ilustre no es, en mi opinión, un atenuante sino un agravante. Para mí, aunque no lo sea para la ley, por esa razón la culpa es doble.
Ahora bien, si en los siguientes meses se les encuentra a Toledo y a otros presidentes las pruebas puntuales de cutra, como es muy probable que suceda, no deberemos lamentar sino celebrar la Democracia.

Porque aunque hayamos elegido consistentemente el mal menor, y aunque nuestros votos hayan servido para enriquecer corruptos, la posibilidad de investigarlos, descubrirlos, exponerlos, juzgarlos y castigarlos solo es viable gracias a la Democracia precaria pero real que hemos mantenido por 17 años.

¿Se imaginan qué hubiera pasado en una dictadura? Miren, por ejemplo, lo que sucede en repúblicas del Asia central profundamente corruptas, como Uzbekistán o Kazajstan, donde la represión mantiene el poder y ahoga los heroicos esfuerzos de sus periodistas de investigación.

O miren cómo fue en la época de Fujimori, cuando saltaron evidencias de la corrupción de Montesinos. ¿Recuerdan los esfuerzos de encubrimiento del gobierno entero, particularmente los de la entonces Fiscal de la Nación, Blanca Nélida Colán?

Gracias a la Democracia podremos no solo juzgar a los corruptos sino corregir nuestros errores y buscar a quienes sean dignos de nuestro mandato.

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