Dependencias del aeropuerto reciben al visitante osado con patética declaración de principios.
Dependencias del aeropuerto reciben al visitante osado con patética declaración de principios.
Edición 2578: Jueves, 21 de Febrero de 2019

Venezuela Fantasma

Escribe: Rafael Zevallos | Crónica sobre el terreno de la calamidad en la que el régimen de Nicolás Maduro ha sumido a sus compatriotas.

Dependencias del aeropuerto reciben al visitante osado con patética declaración de principios.
Dependencias del aeropuerto reciben al visitante osado con patética declaración de principios.
En los aeropuertos de nuestra morena región es usual encontrar publicidad de hoteles, restaurantes, telefonía o taxis, por más modesto que sea el campo de aterrizaje. Sin embargo, el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, en La Guaira, Venezuela, es uno de esos casos que nos recuerda que siempre hay excepciones.

Tras descender del avión, camino a migraciones, el pasajero encontrará solamente imágenes de Hugo Chávez, de Nicolás Maduro y alguno que otro paisaje natural de la hermosa Venezuela, refiriendo siempre el carácter inquebrantable de La Revolución. No hay anuncios de hoteles, restaurantes, telefonía celular o empresas de taxis que desde el aeropuerto ofrezcan sus servicios. Tampoco agua o papel en los servicios higiénicos; al menos no la mañana del pasado jueves 7. Si hay un oratorio dedicado al fallecido exgobernante y el hashtag: “aquí no se habla mal de Chavez”, inscrito en paredes y columnas, y sobre las máquinas de rayos X que escanean el equipaje para pasar el control aduanero.

Salvados los controles, una de las siguientes obligaciones de todo viajero es adquirir moneda local. En el aeropuerto que sirve a Caracas esto no es posible, porque no hay donde cambiar dólares. El personal de mantenimiento puede conseguir moneda, pero como aún es temprano habría que esperar. Felizmente el taxi que en treinta minutos llega hasta Caracas, por una buena autopista, acepta los veinticinco dólares que cuesta la carrera.

Maduro sigue sostenido en el poder por la cúpula militar.
Maduro sigue sostenido en el poder por la cúpula militar.

En la ciudad, los bancos no están autorizados para cambiar dólares por bolívares soberanos. Y cuando uno va a las casas de cambio autorizadas, no hay papel moneda disponible. Un chamito, jocoso por mi ingenuidad, me copia su número de celular para que le escriba al día siguiente vía whatsapp, por si pudo conseguir billetes y así cambiarme unos cuantos dólares. Empero, unos minutos después de caminar, conseguí, en lo que sería una tienda de artículos fotográficos, cambiar diez dólares a tres mil bolívares por dólar. El Sol brillaba aquella mañana sobre Caracas. El precio oficial está entre tres mil cuatrocientos y tres mil seiscientos soberanos, pero era más que los dos mil ochocientos soberanos por dólar que pueden ofrecer en las casas de cambio.

A la entrada de tiendas, restaurantes; en kioskos, bodegas o puestos ambulantes; reza un anuncio: “hay punto”. Punto de venta o point of sale, POS, traducido al inglés. Como no hay papel moneda disponible para comprar hasta lo más insignificante que uno pueda imaginar, el comercio se realiza utilizando tarjetas de débito o mediante transferencias bancarias. La Revolución Bolivariana, conducida por el supremo Nicolás Maduro, inspirado siempre en el pajarito, ha conseguido bancarizar buena parte de las operaciones comerciales del país. Tanto que, cuando el cliente establece una relación de mayor confianza con el casero, puede llevar lo que encuentre, antes que lo que necesite, y transferir el pago unas horas después. Pero solo unas horas después porque a la mañana siguiente los precios pueden haber aumentado.

En los supermercados de Sabana Grande, Chacaito o Chacao –zonas de las más desarrolladas de la ciudad–, hay productos para comprar. Por ejemplo, hay pan de molde importado de México que reemplaza a la harina que antes se empleaba para preparar arepas y ahora no se importa. El problema es que los dieciocho mil bolívares de ingreso mínimo vital alcanzan para comprar una bolsa de pan de molde, tres bolsas grandes de hielo, un kilo de queso o seis gaseosas chicas en botella de vidrio. Y dieciocho mil bolívares es el sueldo oficial de los trabajadores, establecido mediante decreto por la Revolución. Claro está que hay gente que percibe menos, como la joven que atiende una tienda de helados revolucionaria y recibe cinco mil bolívares cada quincena. Para atacar la crisis, el régimen dispondrá en los siguientes días una nueva alza de sueldos.

Cuando no hay protestas, las calles pueden estar desiertas.
Cuando no hay protestas, las calles pueden estar desiertas.

En el Petare, zona popular, barrio al este de Caracas, el Comité Local de Abastecimiento y Producción -CLAP- es responsable de distribuir unas cajas que contienen alimentos de primera necesidad, distribuidas mensualmente. La concentración de los pobladores en algunos puntos del barrio anuncia la llegada de las cajas CLAP. O del camión repartidor de gas.

El sábado por la tarde, dando algunas vueltas hacia el este de la ciudad busqué, en los centros comerciales al pie de enormes edificios heredados hace más de treinta años, alguna novela de Arturo Uslar Pietri o algún cuento de Rómulo Gallegos. Encontré patios de comidas completamente vacíos. Y en el baño de un centro comercial en la residencial zona de Altamira, solo uno de dos urinarios fuera de servicio -el otro había sido birlado, según me explicaban- y un lavadero sin grifo ni llaves, con unos baldes plásticos con agua y una jarra también plástica para atender el enjuague de manos.

Patios de comida en centros comerciales lucen vacíos. Sueldo mínimo alcanza para pan de molde, hielo, algo de queso y gaseosas.
Patios de comida en centros comerciales lucen vacíos. Sueldo mínimo alcanza para pan de molde, hielo, algo de queso y gaseosas.

Esa misma tarde ingresé a la estación Miranda y bajé al metro. La gente avanzaba hasta los vagones sin que pudiera identificar en qué momento pagaban su boleto o pasaban tarjeta alguna por los molinillos. Desorientado me acerqué a la taquilla para preguntar por el sistema de funcionamiento del metro y como pagar mi boleto. Me indicaron que podía pasar, que no había cobro por el servicio puesto que no había papel para imprimir boletos.

En veinte años de Revolución Bolivariana los resultados son evidentes: una auténtica tragedia a la que no podemos darle la espalda.