Andina
Edición 2515: Jueves, 23 de Noviembre de 2017

La pelea es entre Bachelet y Piñera

Por José Rodríguez Elizondo | La segunda vuelta en Chile entre Sebastián Piñera y Alejandro Guillier será el 17 de diciembre.

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Una foto de las elecciones en Chile muestra al centroderechista ex Presidente Sebastián Piñera como ganador en la primera vuelta. Pero, visto su ajustado 36.6 % , lo tiene difícil en la vuelta que viene. No le bastará con sumar el 7.9 % de José Antonio Kast, testimonial candidato de la derecha “dura”.

La explicación de todo está en el laberinto de las izquierdas gobernantes chilenas. Esas que iniciaron la transición, envejecieron en el poder y están desgastadas. Como las penas con cargos son menos, sus dirigentes se resignaron al “ninguneo” que Michelle Bachelet les propinó en su primer gobierno. Para sobrevivir, en el segundo gobierno, aceptaron un cambio de alto riesgo: enviar a la banca a la Democracia Cristiana, centrocampista tradicional; incorporar al siempre disciplinado Partido Comunista y coquetear  con los jóvenes jacobinos del Frente Amplio (FA).

Los gastados dirigentes quisieron creer que el objetivo único del cambio era derrotar a Piñera. Es decir, se hicieron los zonzos o no asumieron que el PC chocaría con la DC y que el FA llegaba para “sanear la política”, tras auscultar la mala opinión sobre los incumbentes y mirarse en el espejo español del Podemos. De hecho, sus fundadores llegaron al Congreso denunciando las altísimas remuneraciones que se hacen pagar  todos los honorables.

El objetivo de parar a Piñera está funcionando. Al 22.7 % del ex periodista Alejandro Guillier –candidato oficialista- puede sumarse la notable votación de la  candidata del FA y ex periodista Beatriz Sánchez (20.2%), y también la escuálida votación (5,8%), de Carolina Goic, la candidata de la DC. Este otrora poderoso partido superó, apenas, a las candidaturas izquierdistas juguetonas de Marco Enriquez-Ominami (5.7%), Eduardo Artés (0.5%) y Alejandro Navarro (0.3%), quedando al borde de un colapso italiano.

Aritméticamente,  las izquierdas siguen pesando más. Pero,  políticamente, el FA es una izquierda diferente y su actual musculatura está infundiendo susto a moros y cristianos. Hoy son una fuerza parlamentaria y tienen la llave tanto de la victoria de Guillier, como de la derrota de Piñera.

La duda de Aylwin

Es un lindo pasatiempo para historiadores definir si en el origen del proceso hubo o no una decisión estratégica de Bachelet. Los políticos del establishment -derechas e izquierdas unidas-, tienden a creer que no. Que los estropicios sistémicos y el auge del FA se deben sólo a falta de oficio. En esto los acompaña el patriarcal Aylwin, desde el más allá.  En 2005 dijo que “Michelle es una mujer enormemente simpática, pero tengo dudas de su formación para un cargo como la Presidencia”.

Los opinólogos, tienden a confirmar esa dulce condena. Al efecto , mencionan un largo prontuario presidencial: desinformación sobre problemas importantes, opción por los leales sobre los inteligentes, equipos técnicos de bajo nivel, corrupción en la administración pública, reformas desprolijas, ausencia en los temas estratégicos de la política exterior, decisiones que se postergan sine die y, como remache, los  “gustitos” que Bachelet se ha dado. Aquí mencionan su controvertida visita de homenaje a Fidel Castro y su política hacia las Fuerzas Armadas. 

En síntesis, no  se concibe que exista método en la chapuza. Es decir, que desde el fondo de su alma ideológica, a Bachelet le importe un bledo dañar el sistema “neoliberal” que recibió. Sin embargo, es muy posible que, en este mundo de mercados invasivos, corrupción insidiosa e ideologías fracasadas, ella asumiera un modelo de estirpe bochevique, tal vez rústico, pero por cuenta propia. Manejándolo con terquedad y guiada por su intuición –o “mi sentido”, como dice ella-, ha  desplazado a los políticos más cuajados y ha prescindido de los tecnócratas más conspicuos.

Sabe que sus reformas, aunque desprolijas, amarrarán el desempeño de cualquier futuro gobernante. En paralelo, si bien toleró la captura del Estado por los operadores de sus partidos, tal vez previó que así se  debilitarían ante la opinión ciudadana. Por algo, su primer gobierno marcó el fin de la Concertación y el segundo está siendo el del fin de la Nueva Mayoría, sucesora de la anterior. En esa línea,  quizás piensa que los jóvenes del FA vienen al rescate de su modelo, como la caballería de las viejas películas norteamericanas.

El dilema de Piñera

La clave estaba en la lealtad bacheletiana con las ideas, héroes y memorabilia de las izquierdas sesentistas. Junto al tema del género –con el “todos y todas” como gancho semántico- configuran la base de su legado en trámite. Ese legado será interesante, pero a su manera. Más por default que por tesis  o por destino manifiesto. Y, si se agregan los datos dramáticos de su biografía personal, lo seguro es que  su entrada en las enciclopedias tendrá más caracteres y espacios que la de Ricardo Lagos, su ex jefe y creador.

Por lo señalado, hoy suena ridículo ese mantra indulgente de los veteranos de la Concertación, cuando trataban de enterrar sus errores: “Hay que cuidar a la Presidenta”, decían. Era un proteccionismo machista y desubicado, para sugerir que ahí estaban ellos, los políticos de verdad, para guiarla y rectificarla. Nunca captaron que Bachelet se cuidaba sola ni que, como Presidenta, era ella quien debía cuidarnos a los chilenos.

Piñera, cuya inteligencia y rapidez mental se reconocen, hoy debe saberlo mejor que nadie: el adversario que siempre tuvo al frente fue Bachelet. Quizás resienta que no se considere la asimetría existente, en cuanto a “formación para el cargo”. Pero así es la vida y su rivalidad mutua ya está pasando a la historia.

Concluyendo: la segunda vuelta electoral sólo aparentemente será un duelo entre un ex destacado periodista y un ex Presidente de la República. El duelo real y al mismo tiempo simbólico, será entre Piñera, un político pragmático y sistémico y Bachelet, una romántica de la revolución.

 

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