Las gemelas Carol y Darlene Bernaola protagonizaron la edición de enero del 2000.
Las gemelas Carol y Darlene Bernaola protagonizaron la edición de enero del 2000.
Edición 2508: Jueves, 5 de Octubre de 2017

El Fauno Desnudo

Escribe: Eloy Jáuregui | Hugh Hefner, el creador de Playboy, muerto en su cama con 91 años envidiables, deja buen periodismo, sábanas y conejitas.

Las gemelas Carol y Darlene Bernaola protagonizaron la edición de enero del 2000.
Las gemelas Carol y Darlene Bernaola protagonizaron la edición de enero del 2000.

Darlene Bernaola está triste y en su cuenta de Instagram escribió: “Gracias Hugh Hefner. Mi corazón está roto. Gracias por abrir la puerta al mundo a esta chica peruana.” ¡Ay, Darlene, tú siempre tan cariñosa! Tú y tu gemela Carol, ahijadas del maestro Hefner, desnudas para el recuerdo. En el 2014, tú siempre tan señora, cuando acompañándote en Lima en la presentación de tu libro, El símbolo, me confesaste que sin Hefner no serías nada. Y el libro así lo decía: “Basado en una historia real, una historia de amor, tragedia, supervivencia y triunfo”.

Hefner fue un descubridor. Hoy lo afirmo y agrego que de esa materia, el de las mujeres vulneradas, está hecha la vida de Darlene. Ahí picó el arpón Hefner, “Papá conejo”. Su emporio descubrió –como a miles–, a las gemelas Bernaola en la discoteca Caos de Los Angeles y así, reconstruidas, salieron elegidas ‘playmates’ del milenio entre cerca de 18 mil candidatas. Galardón sin perdón. Hefner no tenía bandera. Igual con una colombiana o dos peruanas. Pero un censo erótico arroja que la peruana Olinda Castañeda también salió sin tela aunque en la versión rumana y Ania Gadea, paisana radicada en México, fue de las convocadas. La anhelada Tilsa Lozano no llega a ser conejita, pero el sello lo lleva en una nalga.

Decidió sacar su revista luego de que Esquire le negara un aumento de U$ 5.
Decidió sacar su revista luego de que Esquire le negara un aumento de U$ 5.
A Hefner se le puede decir que fue un rufián ilustrado pero que jamás olvidó a las peruanas. Hefner resulta así  una suerte de Ricardo Gareca pero al revés. No obstante, su grandeza riñe con lo que pensarían las damas nacionales moteadas de feministas: luchar contra la opresión, dominación, y explotación de varones en el seno del patriarcado. Pero eso es una lectura parcial. Al difunto Hefner hay que agradecerle más bien el ejemplo de ser un periodista valiente e  innovador que desnudó las miserias medrosas del tiempo más jodido de la prensa norteamericana, el macartismo y el conservadurismo. Un peruano, el maestro en pin-up, el arequipeño Joaquín Alberto Vargas y Chávez, habría de sufrir de esos hervores bajoventrales de la moral.

Pero Playboy fue un objeto diferente a pesar que matronas y magistrados decían que Hefner era un ser atrapado en la concupiscencia, un esclavo de la sensualidad, un anciano vicioso que muy probablemente, si Dios no lo perdona, ardería en el infierno. Otro objeto, digo yo, el del gran periodismo. De calatas, sí, pero de los grandes reportajes y mejores entrevistas. Eso, para algunos, fue obsceno como obsceno siempre fue el universo de los orgasmos.

El escritor Gay Talese, amigo de Hefner, escribió en los años 80 un libro que hoy es de culto: «Thy neighbor’s wife». En él documenta esta dialéctica de la opresión sexual, de la censura, de la aversión al sexo.

Video de la sesión de las Bernaola.
Video de la sesión de las Bernaola.
Cuando apareció el primer número de Playboy en EE.UU. recrudeció la censura a niveles paranoicos. La administración de Eisenhower no recomendaba, castraba. Novelas como “El amante de Lady Chatterley”, “Ulises” o “Trópico de Capricornio” publicadas en Europa, estaban prohibidas en norteamérica. Con esa temperatura a Hefner se le ocurrió publicar Playboy con el toque añadido de la desnudez femenina. Pero era más. Hefner, que fue un periodista de gustos exquisitos y que disfrutaba la literatura y el arte, concibió su revista con un contenido cultural de primer orden. Cierto, el hombre sabía que los imbéciles tienen recato pero que sufren contra la inteligencia.

Hefner fue nuestro preceptor del erotismo del pobre. La mirada como quilla, el pincel hecho a la modelo, las manos amasando la lujuria de lo imposible. Su revista, Playboy, resulta la biblia hereje del cielo de los deseos. Una religión para el devoto de los quioscos. Un universo del erotismo policlasista construido con las carnes de la concupiscencia más intensa. Una guía evangelizadora que propagaba el gozo a lo largo y ancho de aquella América puritana y conservadora de los 50. Con un mesías que muerto, vale más que un cristo resucitado.

Los varones del Perú la comprábamos en ciertas librerías. Los limeños, en algunos huariques de la excitación. A partir de los 18 años dejé de pegar en mi dormitorio los poster de Universitario de Deportes y derrapé a las páginas centrales –ese tríptico de la salacidad escolar– donde rubias, asiáticas y morenas, como flores, construyeron mi jardín regado con mis sudores.

A nadie le debía más que a mi guía Hugh. Luz de mi soledad, faro de mi erecto desconcierto. Ahora, muerto Hugh, veo que le han escrito valses y otras confesiones. Que en los diarios de nuestra América se lucen sus memorias funerarias. Yo solo le dedico esta oración: ‘Hoy que yaces junto a Marilyn Monroe en Westwood Village, la eternidad son los polvos de la vida’. 

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