Edición 2500: Jueves, 10 de Agosto de 2017

El Desafío Coreano

Por: Carlos Alzamora (*) | El presidente Donald Trump amenazó esta semana con un ataque nuclear a Corea del Norte y advirtió que se arriesgan a la destrucción.

 Desde que Estados Unidos perdió la guerra con Vietnam, la preeminencia que en el mundo de la postguerra le otorgaba su poderío militar, político y económico empezó a  mermar. La absurda invasión de Irak y los destructores efectos de políticas como el  “regime change” en Afganistán, Siria, Libia, Yemen,  Somalia, contribuyeron a ese desgaste, aunque las presidencias de Bill Clinton y Barrack Obama  devolvieron al país autoridad y prestigio, y también  confianza en el equilibrado esquema de seguridad mundial que comparte con  Rusia y China y su potencial nuclear.

En ese panorama relativamente controlado, aparece de pronto la amenaza nuclear de Corea del Norte y sus misiles intercontinentales potencialmente capaces de alcanzar el territorio de EE.UU., como culminación de un veloz programa nuclear  que se creyó poder neutralizar con sanciones económicas que no funcionaron, aunque acaban de ser vigorosamente reforzadas, y con la capacidad de  presión de China, que no se quiere prestar al juego por razones de su propia  estrategia geopolítica. 

Parece ahora tarde para resolver el  problema con riesgosas medidas de fuerza. Cuando, durante la presidencia de George W. Bush, Norcorea se aprestaba a lanzar su primer misil, de corto alcance, sus asesores militares le aconsejaron destruirlo en  la propia rampa de lanzamiento, para liquidar en la cuna el programa nuclear norcoreano, pero Bush no se animó. Hoy la capacidad de retaliación inmediata de una Corea del Norte, erizada de misiles de todo alcance, reviste de una peligrosidad letal la viabilidad de un ataque nuclear preventivo estadounidense, porque los respectivos potenciales nucleares o se neutralizan o se destruyen recíprocamente.  

Aún sin la perspectiva de un ataque a territorio estadounidense, una conflagración nuclear en la península coreana arrasaría con Seúl, la capital de Corea del Sur y causaría millones de víctimas, entre ellos los 30 mil soldados americanos acantonados en su territorio, y colocaría al Japón –el otro aliado de EE.UU. en la región- en una posición de riesgo insostenible.

En esa situación de tensa peligrosidad, cualquier movimiento en falso podría provocar una catástrofe de dimensiones gigantescas  para todos los beligerantes. Y, en ese trance, todo parecería indicar que la salida racional reside sólo en una negociación de vasto alcance. Al fin y al cabo, Corea del Norte se armó hasta los dientes porque, a la vista de lo ocurrido con otros países y la persistencia de un hostil aislamiento internacional, temía que EE.UU. la atacase para destruir su régimen  comunista. Y, en consecuencia, la negociación tendría que girar en torno a una garantía válida de que Norcorea no será atacada y que tampoco ella atacará a sus vecinos, Surcorea y Japón, una premisa sobre la que, en fin de cuenta, también descansa la relación de EE.UU. con Rusia y con China.

 Pero la perspectiva de negociar de igual a igual con la menospreciada Corea del Norte debe repeler a Donald Trump, sus reacciones intempestivas y su predilección por las posiciones de fuerza, que sustentan su ascendiente y popularidad en la mitad del país, y tal pareciera ser el caso por las medidas de amedrentamiento que  ha optado por adoptar –sobrevuelo de bombarderos y lanzamiento  de un misil intercontinental de precisión- pero que no están aún a la altura de la magnitud del reto nuclear norcoreano y su capacidad de ataque.

Complica el panorama la reciente elección en Corea del Sur de un  mandatario liberal y progresista como es el Presidente Moon, partidario de la reconciliación con Norcorea y de negociones bilaterales y directas que puedan conducir a la reunificación de Corea, como  presuntamente lo quiere también  la mayoría que lo eligió, pero que bajo la presión de la estrategia militar de EE.UU. –su aliado y protector-  ha debido aceptar la instalación de un sistema de escudo antimisiles e incluso la eventual provisión de armas nucleares, a más de ejercicios militares conjuntos con EE.UU., todo lo cual resulta para Norcorea una provocación adicional.

Por el momento, el Secretario de Estado Rex Tillerson  ha dicho que EE.UU. no persigue un cambio de régimen en Norcorea sino un “diálogo constructivo”, pero ha sido contradicho de inmediato por el vicepresidente Pence, opuesto a las negociaciones directas y para quien Corea del Norte debe renunciar previamente a su programa nuclear, condición difícil  de obtener desde que el poder nuclear es la  única carta de negociación con la que cuenta Norcorea para sobrevivir.

Cuál de estos caminos -la negociación o la confrontación militar-  de  los que hoy depende en mucho la paz y la seguridad del mundo, elegirá el impredecible mandatario estadounidense lo sabremos muy pronto, para bien o para mal.

(*) Tres veces Embajador en Naciones Unidas, Embajador en Washington, Sub-Secretario General de Naciones Unidas, Presidente de la Primera Misión Comercial a la China y Negociador del Pacto Andino, la ATPDEA y el TLC.  

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