Admiradores y críticos se cuentan por igual.  Fidel Castro ha muerto, pero el balance de lo que significó para Cuba aún agita el cotarro.
Admiradores y críticos se cuentan por igual. Fidel Castro ha muerto, pero el balance de lo que significó para Cuba aún agita el cotarro.
Edición 2465: Jueves, 1 de Diciembre de 2016

La Partida del Comandante

Por: Luis F. Jiménez | Y el desmoronamiento de la utopía revolucionaria.

Admiradores y críticos se cuentan por igual.  Fidel Castro ha muerto, pero el balance de lo que significó para Cuba aún agita el cotarro.
Admiradores y críticos se cuentan por igual. Fidel Castro ha muerto, pero el balance de lo que significó para Cuba aún agita el cotarro.

Ocurrió lo que muchos consideraban imposible: murió Fidel Castro. Algunos de ellos prolongarán su vida, intentando repetir su obra y su ejemplo. Serán los que aún viven bajo el influjo emocional de aquel muchachón machazo y locuaz de la Sierra Maestra, el justiciero implacable que cambiaría, para mejor, la vida de los pobres de este mundo; el barbudo desaliñado con una elegancia y vitalidad arrolladoras; el rebelde  que enfrentó al imperio más grande que existió sobre la faz de la tierra; el que sobrevivió más de 600 atentados criminales de la CIA y de sus innumerables enemigos. El épico, el mítico Fidel Castro; aquel rodeado por un aura de seductor invencible. No hubo muchacho adolescente de mi época que alguna vez no quisiera ser como él para ingresar a ese Olimpo en compañía de Lenin y Mao Tse Tung.

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Sus adoradores, sin embargo, son tantos como sus detractores. Para estos, los delirios de grandeza de Fidel tenían como propósito compensar las carencias emocionales de su origen familiar. En el altar de su megalomanía fueron sacrificados miles de soldados cubanos que su patrón soviético requirió enviar a África en pago de sus abundantes subsidios. Miles de presos políticos pasaron por sus mazmorras donde fueron sometidos a “tratos crueles, inhumanos y degradantes”. Millares de familias fueron diezmadas por decisiones de Fidel que dirigía con mano de hierro al régimen; muchos padres nunca más volvieron a ver a sus hijos. Pensar distinto fue un crimen personal contra él.

Ese huracán despiadado que fue Fidel, siguen sus detractores, azotó América Latina y azuzó la violencia so pretexto de superar la injusticia social. La crueldad de sus seguidores armados fue idéntica a la de los dictadores militares que combatían. Literatos, poetas y artistas en general se sometieron voluntariamente a la insaciable necesidad de alabanzas de Fidel. Fue, además, un tirano devenido en mendigo imperioso que vendió la independencia de Cuba a la URSS satisfaciendo las exigencias estratégicas de esta y luego, cuando el imperio soviético cayó por obra de su ineptitud y corrupción, supo seducir a su otro “salvador”, Hugo Chávez, a quien hermanó una ideología tan turbia y oscura como el petróleo que la sustentaba.

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Miles de cubanos desfilaron por la Plaza de Revolución y llegaron al Memorial José Martí para despedir a Fidel.
Miles de cubanos desfilaron por la Plaza de Revolución y llegaron al Memorial José Martí para despedir a Fidel.

El balance de tendencias tan dispares tardará en llegar a conclusiones definitivas. El ser humano todavía no sabe manejar la emotividad que las sustenta. Fidel y el estado en que deja Cuba ratifica, sí, que el fin (la justicia social) no justifica el medio de la violencia política. Es el gran aprendizaje de América Latina.

La implacable realidad, seguramente, le susurraba últimamente a Fidel que su hermano confraternizaba con el enemigo (el imperio), que los presos políticos seguían en huelga de hambre, que el éxodo migratorio se había incrementado mientras la infraestructura continuaba derrumbándose y que su ahijado Nicolás Maduro, en Venezuela, se hundía en una crisis de consecuencias insospechadas. Mientras las FARC, herederas de su prédica revolucionaria, enterraban en La Habana su sueño del “hasta la victoria siempre” firmando un acuerdo de paz con el gobierno colombiano, tras ocultar los cuantiosos recursos obtenidos del narcotráfico. O quizá el triunfo de Trump fue demasiado. El infierno comienza en la Tierra.

Ya Fidel estará reunido con su amigo Hugo Chávez. ¿Qué conversarán? ¿Reconocerán sus errores o seguirán echándole la culpa al imperio? ¿O habrán comenzado ya los preparativos para derrocar a Satanás?