Edición 2590: Jueves, 16 de Mayo de 2019

De Mujeres y Hombres

Escribe: Fernando de la Flor Arbulú * | “Si algo no debiera olvidarse es la conquista, el flirteo y el poema henchido de pasión”.

Todavía recuerdo mis inicios como abogado de estar obligado a decir que la señora tal, esposa del señor cual, podía hacer algo (trabajar, contratar, entre otras cosas), con autorización de su marido. La mujer no estaba facultada legalmente para celebrar cualquier acto jurídico, sin permiso de su esposo. Se trataba de un mandato de la ley.

Dicha incomprensible situación tuvo un antecedente de excepción: en 1956, hace sesenta y tres años,  por primera vez en el Perú, la mujer pudo ejercer su derecho al voto. Antes no podía (aún con autorización del marido).

Claro, no estando facultadas para elegir autoridades –privilegio exclusivo reservado a los hombres– tampoco podían ejercer sus derechos personales de contratar sin permiso. El típico machismo de aquellos tiempos.

Adviértase lo siguiente: no estamos hablando de la edad media ni de épocas inmemoriales; se trata de severas restricciones vigentes durante la primera parte del siglo XX.

El tiempo y las luchas de valientes mujeres en todo el mundo, incluyendo al Perú, cambiaron radicalmente las cosas. Hubo una profunda revolución en las relaciones humanas. Las jóvenes mujeres de hoy en día, simplemente, no pueden entender cómo sus abuelas, o antepasadas más lejanas (difícilmente sus madres), pudieron haber aceptado tales situaciones de marginación y sometimiento injustificados.

Ocurre, sin embargo, que ahora ha surgido un fenómeno que marca una diferencia ahí donde no la hay, o no debiera haberla. Hoy en día, está mal interpretado el cortejo amoroso, amenazada la seducción sentimental, casi proscrita la invitación romántica.  Y es que puede considerarse un acto machista (y hasta un acoso), enviar un ramo de rosas, escribir un poema de amor o cantar con mariachis en una serenata ante el balcón de la mujer amada. Es verdad que los maltratos y el feminicidio han contribuido con creces a ello.

Este tema es sensible, está plagado de aristas sin pulir, puede herir susceptibilidades, pero habrá que buscar juntos, mujeres y hombres, un punto de encuentro.

Pongámonos de acuerdo: mujeres y hombres tenemos los mismos derechos y debemos ejercerlos igual; ser participes, en similares situaciones, de los mismos beneficios, pero si algo no debiera olvidarse es la conquista romántica, el filtreo y el poema henchido de pasión.

En síntesis, hombres y mujeres no debiéramos renunciar, en ejercicio de nuestros mismos derechos e irrestrictas libertades, a la aproximación de los sexos, sin dominio de ninguno, porque ahí caducan nuestras defensas, rescatamos la belleza de nuestros cuerpos y la autenticidad de una entrega sin restricciones.

Es en ese ámbito, en el del amor y la pasión genuina, que se borra esa intelectualidad entre lo masculino y lo femenino. ¡¡Y vaya que la pasamos bien cuando ocurre¡¡