Edición 2588: Viernes, 3 de Mayo de 2019

Contradicciones Pontificias

Escribe: Fernando de la Flor Arbulú * | “¿A quién le cree? ¿En cuál pastor confía, en Cipriani o Barreto? ¿Qué mensaje acoge?”.

Un ciudadano español asistió a su esposa, quien padecía de una enfermedad degenerativa desde hacía décadas, a que se quitara la vida. Como el sufrimiento –según su declaración– era insoportable para él y su familia, y el dolor de su mujer inaguantable, la ayudó a suicidarse. Fue ella quien se quitó la vida por su propia voluntad; no él, quien solo lo hizo posible. Ahora está detenido, esperando ser enjuiciado. Interesante destacar que al momento de ser intervenido,  el policía que lo detuvo le confesó que él hubiera hecho lo mismo en su situación. Por cierto que la Iglesia fue la primera que exigió justicia, pues nadie tiene derecho a quitarse la vida ni ayudar a hacerlo.

En efecto, el quinto mandamiento de los católicos ordena no matar, ni al prójimo ni a uno mismo. La doctrina de la Iglesia proclama que no somos propietarios de  nuestra vida; por eso es que no debemos quitárnosla. Es Dios quien decide cuándo debemos partir de este mundo.

Las reflexiones anteriores son propicias a propósito de las conductas, radicalmente contradictorias,  que han manifestado los más altos jerarcas de la Iglesia católica en el país, respecto el dramático suicidio del expresidente Alan García.

Mientras que el cardenal Juan Luis Cipriani asistía al velatorio llevado a cabo en el local partidario del Apra, y rezaba un responso en memoria del exgobernante, sin hacer referencia alguna al hecho de haberse quitado la vida por mano propia, nuestro otro cardenal, Pedro Barreto, afirmaba que el suicidio no es un acto heroico  ni encierra valor alguno.

La contradicción es notoria y resulta desconcertante. El mensaje unívoco derivado de la fe religiosa, brilla por su ausencia. La desorientación de la feligresía no necesita acreditarse. ¿A quién le cree; en cuál pastor confía: en Cipriani o en Barreto?; ¿qué mensaje acoge, finalmente, el de la vida o el de la muerte?

Y es que cuando la autoridad religiosa interviene en los quehaceres terrenales, los equívocos y contrasentidos son altamente probables.  

Otro ejemplo: el obispo de Piura denunció por difamación al periodista Pedro Salinas, por haber hecho públicos los abusos del movimiento Sodalicio, que lo implicaban personalmente, logrando que se le condene. Inmediatamente después de conocida dicha sentencia, la Conferencia Episcopal –nada menos– emitió un pronunciamiento apoyando la libertad de expresión, en clara referencia al periodista indebidamente denunciado y, al mismo tiempo,  reiteraba el llamado del papa Francisco para apoyar decididamente todo esfuerzo destinado a descubrir y denunciar los abusos sexuales de los miembros del clero.

No obstante que el obispo de Piura ha anunciado el desistimiento de su denuncia, lo cierto es que la planteó, originando un doble discurso inentendible.

La Iglesia tiene, por ello, un enorme desafío: afinar su mensaje, concordar sus contenidos, practicar la coherencia, y lo fundamental, decidir si tratará del mensaje de Dios o de la conducta humana y sus pecados.

*Abogado y fundador del Foro Demócratico