Edición 2579: Jueves, 28 de Febrero de 2019

¿… y Fujimori?

Escribe: Fernando de la Flor Arbulú * | “Las multitudes que lo aclamaban y bailaban la cumbia del chino, no están, lo han abandonado”.

La justicia es ciega: recordemos la imagen que la representa con los ojos vendados. No debe saber a quién juzga, sino los hechos que procesa. Si todos somos iguales ante la ley –conquista que costó mucho obtener– entonces, tiene sentido que la justicia no sepa de quién se trata.

Alberto Fujimori gobernó el Perú durante una década. Hay quienes consideran, entre sumas y restas, que fue positivo para el país. Hay quienes, como quien escribe estas líneas, creemos exactamente lo contrario: que Fujimori y su forma de gobernar, desde que asumió el poder hasta que lo dejó, abandonándolo, constituyó una secuela de agravios para el Perú. Basta recordar su actitud autoritaria, la corrupción estructuralmente organizada por Vladimiro Montesinos desde el propio Estado, las sistemáticas violaciones a los derechos humanos y la apariencia de legalidad de su régimen, para confirmar la apreciación.

Ahora, Alberto Fujimori está nuevamente en la cárcel. La justicia, con los ojos vendados, ha hecho su trabajo. El hecho, sin duda relevante, ha pasado desapercibido.

Las multitudes que en su momento lo aclamaban y quienes junto a él bailaban la cumbia del chino, no están, lo han abandonado, lo han dejado solo.

Keiko Fujimori, su hija y heredera política, también está en la cárcel. No lo está porque hubiese hecho algo impropio desde el gobierno (que no ha ejercido porque perdió las dos elecciones presidenciales que disputó), sino por haber mal utilizado el mandato que el pueblo le concedió al darle mayoría absoluta en el Congreso, obstruyendo la acción de las investigaciones a las cuales se encuentra sujeta. La justicia, nuevamente, ha hecho su trabajo, con los ojos vendados, sin considerar de quién se trata. Tampoco, en su caso, el fervor popular de otros tiempos ha estado presente.

El caso de Alberto Fujimori, sin embargo, es distinto al de su hija. El padre cometió delitos desde el gobierno, infringió la ley, fue sometido a juicio, se defendió con todas las garantías y fue encontrado culpable. Y ha regresado a la cárcel, después de un breve receso derivado de un cuestionado indulto humanitario, porque la justicia ha seguido haciendo su trabajo.

Quién sabe lo que sucederá con Keiko Fujimori. Dependerá de la potencia probatoria de las imputaciones fiscales y de la solvencia persuasiva de su defensa legal.

Pero lo importante de destacarse, a partir del repaso de ambos casos, es que cuando la justicia actúa sin mirar de quién se trata, como a cualquier ciudadano, limitándose a ponderar los hechos y a aplicar la ley, los resultados terminan aceptándose, cumpliéndose, pese a quien le pese.

Se trata de una manera pedagógica de entender la trascendencia de la justicia: con los ojos vendados.   

*Abogado y fundador del Foro Demócratico