Edición 2551: Jueves, 9 de Agosto de 2018

El Tío Vladi, Don Bieto y el Dotito

Escribe: Fernando de la Flor Arbulú * | “Vladimiro fue un genuino innovador maléfico de la política”

Vladimiro Montesinos –el tío Vladi como se le llama en confianza– fue un genuino innovador maléfico para hacer política en el Perú. Durante la década de 1990 - 2000, en que junto a Alberto Fujimori cogobernó el país, aportó los ya mundialmente famosos vladivideos, aquellas grabaciones en las que filmó los diversos delitos que cometió. Pero su contribución más original fue la que se dio en denominar los vladicontratos: con los fajos de billetes de dólares entregados en bolsas, los dueños de los medios de comunicación suscribían contratos en los que se obligaban a cumplir las instrucciones del gobierno fujimorista. Lo singular era que no había contratante, o sea, no se identificada quién hacía el encargo, solo existía la parte que se comprometía. Varios siglos de derecho quedaron fulminados con esta fórmula contractualmente disparatada.

El tío Vladi, a su estrepitosa caída, dejó escuela. Durante el segundo gobierno de Alan García, estalló el conocido escándalo de los petroaudios: las conversaciones telefónicas interceptadas por los pupilos de Montesinos (marinos retirados que habían quedado en el desempleo) a varios personajes, entre políticos, ministros y congresistas, y entre ellos destacó el popular don Bieto, que inspirara diferentes programas cómicos, para hacer célebre la frase qué tal faenón; originándose por ello una profunda crisis de gobierno.

Actualmente, más de dos décadas después, seguimos escuchando los audios del dotito, diminutivo del juez supremo César Hinostroza Pariona, una especie de gran capitán de una red de magistrados, jueces, fiscales, políticos y empresarios, destinada a producir componendas a cambio de favores, cuya magnitud e implicancias aún se desconocen.

Ahora bien, esta apretada síntesis de nuestro histriónico acontecer político, tiene un sobreentendido: que el sistema de justicia no alcanza a la política. En efecto, no obstante sus peculiaridades, entre los vladivideos, los vladicontratos, los petroaudios y las grabaciones del dotito, todos cruzados por la política, existe un supuesto barniz de impunidad, un desprecio por la ley, algo semejante a que la justicia (la de a verdad) les es inmune.

Entre el primer y el último fenómeno han pasado más de veinte años. Sin embargo, nada ha cambiado sustancialmente, tanto es así que el anormal mecanismo ha sido capaz de retroalimentarse, a pesar de que la justicia ha actuado una que otra vez. Algo está fallando para que esta patología se repita.
No creo equivocarme en decir que mientras la política y la justicia se mantengan endogámicamente implicadas, estos fenómenos rebrotarán. La reciente historia lo acredita. Diferenciar radicalmente una cosa de la otra, como sucede en cualquier sistema democrático sano, es el desafío del futuro.       

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