Edición 2595: Jueves, 20 de Junio de 2019

La Improvisación Como Principio Humanitario

Escribe: Rafo León | “El Perú, un país acostumbrado a la improvisación trivial y al freno brusco”.

Lima, 16 de junio de 2019

Los principios humanitarios son innegociables, como la democracia y los Derechos Humanos. Pero, ¿es igual de innegociable el principio del asilo humanitario en Berlín y en Lima? ¿Se pueden medir de idéntica manera los fenómenos de migración compulsiva que parten de África hacia Europa, con lo que viene ocurriendo con los varios millones de venezolanos que salen de su país en condiciones muy precarias y buscan acogida en territorios vecinos?

A partir de 2016 una ola de venezolanos comenzó a entrar al Perú por nuestra frontera con el Ecuador, amparados en que el gobierno peruano les ofrecía permisos temporales de trabajo. Los del grupo inicial fueron en promedio jóvenes y muchachas de una clase media ferozmente golpeada por Maduro, desempleados y sin futuro,  a pesar de tener estudios superiores y calificaciones para puestos de buen nivel. Con discreción y sin quejarse comenzaron a trabajar en su mayoría de manera informal en restaurantes, tiendas, atención de ancianos, servicio doméstico. Con el tiempo el perfil del migrante y la cantidad cambiaron, aparecieron familias completas de traza muy pobre, indigentes y, según se decía, delincuentes mandados por el propio Maduro para desprestigiar a los que se fueron.

El Perú había aplicado el principio de asilo humanitario con fidelidad, pero sin orden ni concierto. En el CEBAF de Tumbes los funcionarios se han limitado a registrar el ingreso. Nunca se hizo siquiera un censo. Rápidamente Aguas Verdes se convirtió en una coladera en la que no se aplicaba ningún filtro, todo el mundo ingresó hasta sumar más de ochocientos mil migrantes que ahora hegemonizan la venta ambulatoria de una serie de rubros, el transporte tipo GLOVO, la construcción civil, en Lima y en todas partes. He encontrado a jovencísimos y chicas del país de Bolívar sirviendo en pensiones de muy bajo estándar, en poblados remotos de Áncash, de Tacna, de caseríos amazónicos, cobrándose con un plato de comida y un colchón en el piso.

En el norte costero un voluminoso complejo agroindustrial empleaba a cuatrocientos lugareños. De pronto comenzaron a aparecer muchachos venezolanos dispuestos a hacer lo mismo y más por 15 soles al día, frente a los 45 estipulados como jornal formal. Obviamente hubo un reemplazo masivo que ocasionó una fuerte pero pacífica reacción contra los extranjeros, a la que no es tan sencillo calificar de xenófoba.

En Europa y EE.UU. la xenofobia se basa en la desconfianza y el miedo; a la delincuencia, a la obligación de convivir con personas con las que ni siquiera hay una lengua en común. Terror a la pobreza y a las religiones asociadas falazmente con el terrorismo. En casos extremos este rechazo se encarama en partidos políticos de ultraderecha que abominan de quienes no pertenecen a la Nación: Francia, Italia, España, Hungría y diversos estados de EE.UU. exigen la deportación inmediata de esas masas de gente abusada en sus derechos más elementales en sus territorios, y en los nuevos, encerradas en campamentos que hacen pensar en otros campos de muy mala connotación.

Entre nosotros no se da aún una reacción xenófoba alarmante, sí en cambio se aprecia descontento por la competencia en el trabajo. Pero en el trabajo informal, que define al 70 por ciento de nuestra PEA. Como en el caso del complejo agroindustrial citado, muchas empresas contratan ahora por lo bajo a venezolanos que les cuestan la tercera parte. Y las ocupaciones como ambulante de chicles en el semáforo, malabarista de cruce o paseadores de perros, simplemente no se registran, se hacen a cambio de lo que caiga.

Toda la actuación del Perú en el tema ha estado mal. Desde abrir indiscriminadamente la frontera sin empadronar y permitir que se embolsen migrantes en Tumbes, hasta evadir una vigilancia hacia quienes comenzaron robando. Y como es nuestra costumbre, solo cuando las papas hirvieron se tomó la medida de exigir visa humanitaria con fecha anunciada, de modo que en los días previos a la aplicación de la medida, Aguas Verdes colapsó. Más de ocho mil ciudadanos venezolanos pasaron al Perú por día. Ante la protesta de activistas de derechos humanos frente a una medida que además de  xenofóba es un parche tardío  y ligero, el gobierno cedió permitiendo el ingreso libre de menores y personas con discapacidad, a quienes ofreció atención gratuita en salud.

Son innegociables los principios humanitarios cuando las cosas se hacen bien. Ya no tanto si es que se afecta el empleo en el país receptor, donde además la atención en salud es deficiente e insuficiente, aún para quienes tienen un trabajo formal. El Perú, un país acostumbrado a la improvisación trivial y el freno brusco.