Edición 2590: Jueves, 16 de Mayo de 2019

La Paradoja Que Zenón no Vio

Escribe: Rafo León | “¿Por qué en el Perú existe tanto rechazo y desconfianza hacia el sector privado?”

Lima, 12 de mayo de 2019

A mediados de los años ochenta le compré a mi hermano su línea telefónica. Pagué seis mil dólares por la tan ansiada línea, una cantidad que en ese momento podría ser fácilmente cinco veces más potente que seis mil dólares de ahora. Luego me tocó esperar sentado a que trabajadores de la Compañía Peruana de Teléfonos fueran a mi casa a instalar la línea y entregarme un equipo. Dos muchachos con sus mamelucos agujereados aparecieron tres años después. Fue uno de los momentos más felices en la vida de mi familia.

A los pocos años me tocó trabajar en la agencia de publicidad que manejaba importantes cuentas de empresas que Fujimori había privatizado con furor, entre ellas las telecomunicaciones, que  pasaban a manos de Telefónica de España. Por esos tiempos también se había creado en el Perú el sistema de las AFP, con una pobreza de información a la población sobre su significado, inversamente proporcional a los cientos de millones que las flamantes administradoras privadas de pensiones invertían en una propaganda que ofrecía el cielo en la tierra.

Los mensajes publicitarios sobre esta nueva situación debían cimentarse  —sin decirlo para no herir susceptibilidades— en que el Estado como empresario es un desastre y que ya llegó el momento de confiar en la gestión privada de servicios básicos non profit, como la salud, la educación, los fondos de pensiones, el crédito, la energía eléctrica, la telefonía. Cada campaña era el resultado de una estrategia sofisticada de investigación de mercado en la que mediante focus, encuestas y entrevistas, había que encontrar en la audiencia los argumentos que esta necesitaba para aceptar el mensaje.

En paralelo, la telefonía enloquecía a la gente con una verdadera revolución en las modalidades de fija, pública y rural. La móvil tardó un poco más en ingresar, pero con ella llegó el genuino trastorno, pues como señaló uno de los altos directivos de Telefónica pasada la transferencia, el verdadero negocio de la empresa no serían los teléfonos de mesa sino todo aquello que significara echar a andar al mundo sin un cordón que te ate a nada. Celulares, televisión por cable y lo que vino después.

En la agencia seguíamos haciendo estudios con abnegación porque la tarea en ese momento ya no era la de lograr el awareness positivo hacia las privatizaciones, sino mantener a los clientes satisfechos con los cambios operados por las nuevas empresas. Y allí fue que encontramos una paradoja que veinte años después sigue en pie con la misma fuerza. Es decir, los usuarios de las telecomunicaciones de hoy admiten que no sobrevivirían un solo día sin sus computadoras y sus equipos de bolsillo, pero a la vez detestan a las operadoras privadas y, en porcentajes nada desdeñables, señalan que si se pudiera volver al sistema público, lo apoyarían a ojos cerrados.

Con las APF el asunto es un tanto más transparente. La información que viene de Chile acerca de que el fondo está desfondado, además de lo opaco de la información acerca de las utilidades que estas empresas reclutan en nuestro mercado, hace que el deseo de regresar a un sistema público resulte comprensible. Recuerdo a una señora en un focus group de los noventas cuando dijo: “el Seguro nos daba muy poquito, pero al menos nos daba”.

Vamos ahora a un nivel más general de la misma paradoja, con una pregunta: ¿por qué en el Perú existe tanto rechazo y desconfianza hacia el sector privado? Por supuesto que no hay una respuesta única, pues el fenómeno es muy plástico, se expresa tanto en los reclamos ante el Indecopi como en las tomas de carreteras e incluso en conflictos, como el Baguazo, que reeditan los tiempos de los caucheros. Sin duda que en el trasfondo de esa fobia al negocio privado hay sólidas explicaciones. La calidad de los servicios de telefonía es infame, mientras que las tarifas suben y el organismo regulador respectivo no tiene idea de si existe o no. El incremento exponencial del monocultivo en los valles de Ica ha reducido a cero el desempleo, pero los trabajadores viven más guiados por la necesidad que por el bienestar laboral, además de la sobre utilización del agua, que no debería ser parte del patrimonio de los nuevos terratenientes. La desconfianza del afiliado hacia las AFP ha llegado a tal punto que ha sido necesario mediante leyes recientes modificar el sistema desde sus raíces, permitiendo que en ciertas condiciones se puedan retirar los fondos para poner una bodeguita.

¿Por qué esta nueva versión de la lucha de clases? ¿No será que muchos empresarios peruanos opinan que los que más contaminan el planeta son los pobres?